Quizás estas líneas comenzaron a enhebrarse cuando en el Espacio Callejón estaba presenciando un viernes de este año La noche dos veces, una bella obra de teatro, donde aparece como un fantasma que la recorre, las horas previas al trágico desembarco en Malvinas de la siniestra dictadura, en 1982 y como en un pliegue del tiempo, los personajes 10 años después.
Y allí se muestran descarnadamente los efectos trágicos de la guerra, los mecanismos de negación y de nuestra imaginación que nos hacen no ver lo que está pasando, cuando esa aventura desoladora provocó más suicidados en ambos bandos que caídos en batalla durante el conflicto.
Pero como en la obra de teatro de la calle Humahuaca, también hubo dos noches que enhebraron el recuerdo de nuestras islas arrebatadas por los ingleses en 1833, cuando fueron desalojados las autoridades legítimas del Río de la Plata, que las habían heredado del Virreynato español en 1810.
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Y la segunda noche fue muy simbólica, transcurrió cuando nuestra selección de fútbol mostró una imagen blanca con una inscripción en letras negras que rezaba simplemente “Las Malvinas son argentinas”, luego de un partido increíble, qué en 2026, como en el momento maradoniano del 86, derrotaran a los británicos por 2 goles a 1,con una épica inolvidable.
Esta selección es de lo mejor que puede mostrar la Argentina en su conjunto, por su silencio ante el odio y la crueldad, por su dignidad permanente en el juego, por la amistad irrevocable entre sus integrantes, por el ejemplo de prudencia y de sencillez y por el cuidado en sus palabras y en sus hechos, de ese entrenador ya histórico que es Lionel Scaloni.
Pero no solamente él y sus ayudantes, sino Lionel Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, que sigue con una vigencia extraordinaria a sus 39 años, luego de una carrera que ya abarca más de 20 años de virtuosismo artístico, calidad humana como capitán de nuestra selección mayor y unas palabras que cada vez están más cerca de la gente.
Porque esa imagen, que había sido hecha por unos muchachos argentinos con la sábana de un hotel y una leyenda; se mostró al mundo, que allí se enteró que Gran Bretaña, poseía por la fuerza unas tierras a 13000 Kms de distancia, mientras las islas y las riquezas del mar que las rodea, están en la plataforma continental que pertenece a nuestra Patria y a nadie más.
¿Y cómo es la luz de la Asamblea del XIII luego de la noche de Malvinas?
Porque Pablo Helman en el Diario Perfil, nos recuerda el pronunciamiento de la Asamblea Constituyente de 1813 en sus notables frases que dicen: “Siendo tan desdoroso, como ultrajante a la Humanidad, el que en los mismos pueblos que con tanto tesón y esfuerzo caminan hacia su libertad, permanezcan más tiempo en la esclavitud”.
“Los niños que nacen en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sean considerados y tenido como libres; todos los nacidos desde el 31 de enero de 1813 inclusive en adelante, día consagrado a la Libertad, por la feliz instalación de la Asamblea General, bajo las reglas y disposiciones que al efecto decretará la Asamblea General Constituyente”.
Se trata nada menos que de la Ley de vientres de la Asamblea del año XIII…
De esta manera, con esa luz abierta y consagrada en 1853, las Provincias Unidas se adelantaban a la Guerra de Secesión norteamericana desde 1861 a 1865 y al Papado que condenaría explícitamente a la esclavitud recién en 1888; el mismo año que concluyera aboliéndose en Brasil.
Es cierto, como afirmara el ministro histórico de Salud Pública, el Dr. Ramón Carrillo; en Argentina, que nunca había sido país colonizador en África, los negros que iban quedando en el siglo XIX, fueron diezmados hasta casi desaparecer por las guerras de la Independencia, las civiles y la del Paraguay:”Quedaron dos negros”, afirmaba tragicómicamente el ministro.
Sin embargo, los estudios genéticos permiten afirmar que hay por lo menos 4% de sangre africana en nuestros genes y como han mostrado hasta ahora los estudios antropológicos, los más antiguos restos humanos provienen del África meridional, o sea, en realidad todos somos africanos en el origen.
Pero creo, que como afirma Lucrecia Martel en su documental Nuestra Tierra y el psicoanalista Sergio Zabalza en Diario Perfil; lo negado y que aparece como una sombra en la Historia Argentina es la desaparición casi total de nuestros pueblos originarios, los primeros habitantes han sido y son invisibilizados en la historia oficial y la negación de su existencia, un clisé.
Apoyado en la falsedad que todos hemos descendido de los barcos, cuando basta mirar la tez de la mayoría de los argentinos, para percatarse de que somos marrones, como lo son también la mayoría de los jugadores de nuestra ya histórica selección de fútbol. Es decir, no somos negros, pero somos marrones, por la mezcla incesante de colonizados y colonizadores.
Y volviendo al tema de la guerra, hay que referirse al último film de Christopher Nolan, la excelente Odisea, que como sus películas anteriores: Interestelar y Oppenheimer, no dejan de efectuar permanentes preguntas sobre la condición humana y qué decimos, pensamos y hacemos en nuestro transcurrir como viajeros temporales en el planeta Tierra.
En este último trabajo, el director nacido en Londres en 1970, además de mostrar en sus casi tres horas de duración las aventuras mitológicas de Ulises, el griego, supuestamente escritas por Homero,provoca sobre el final de la obra, una reflexión del héroe, que repetidamente recuerda las imágenes de muerte y destrucción de Troya, que agitan su mente.
Y se encaminara al Hades, donde se encuentran sus muertos, para hablar con ellos, muertos que nunca muestran las imágenes contemporáneas y en Ulises se hacen carne los sufrimientos feroces de la guerra, mostrando en todo su horror a Thanatos el Dios de la Muerte, que acompaña en toda su historia al ser humano. Como su opuesto complementario: Eros o el Amor.
Cuando Ulises deja en el trono a su hijo Telémaco y parte con Penélope hacia el Hades, muestra esa sabiduría de la que hablaba Carl Jung; nadie es completamente humano, sino se apropia y hace suya su sombra.
Quizás porque el poder cuando genera sólo miseria y guerra, como afirmó el filósofo Gilles Deleuze, nos quiere tristes.
Si estamos condenados a elegir, como sostenía Jean Paul Sartre y si el Indio Solari decía que “Vivir cuesta Vida”; que no nos cueste sólo muerte.
Y si es cierto también lo del Indio cuando en su canto dijera: “Sin Amor que no haya nada, Alma Mía”…
Quizás nuestra creencia más auténtica, como dice la famosa actriz Marilú Marini, podría ser: en el amor, en amar y en el mar, fuente de toda vida.








