Desde que recuperó, parcialmente, su libertad, Brenda Quevedo se ha sentido como un “niño chiquito”. Se ha dedicado a pasear por Chapultepec, el pulmón verde de la capital mexicana, y ha disfrutado hasta de los empujones del metro capitalino. Tal es la alegría, el alivio, la fiesta. Este viernes, tras un larguísimo calvario de casi dos décadas, el juez levantó la medida cautelar que la mantenía en prisión domiciliaria desde hacía dos años; habían sido 17 años más presa en distintos reclusorios y sometida a torturas brutales, siempre sin condena y sin pruebas que demostrasen el supuesto delito que había cometido: el secuestro y asesinato del empresario Hugo Alberto Wallace en 2005. Este lunes, tras un fin de semana de estirar las piernas fuera de las cuatro paredes que la tenían recluida, ha hablado por primera vez en libertad. “A partir del viernes, empecé a creer otra vez en el sistema. Todavía hay gente que la sigue, que la procura y que la consigue”, ha respondido triunfante en una conferencia de prensa a la que ha acudido arropada por su madre, “la guerrera más grande” de su vida, de su extraordinario equipo legal y de los periodistas Ernesto Ledesma y Ricardo Raphael, este último, autor del mayor trabajo periodístico sobre el caso, el libro Fabricación. Las palabras de Brenda importan por lo que esconden detrás: que la tropelía mayor no fue la que cometió la familia Wallace con su cacería, sino la connivencia del Estado mexicano, que permitió y alimentó una injusticia largamente padecida.








