La IA sólo puede ser culpable de haber llegado tarde

La IA sólo puede ser culpable de haber llegado tarde

Hay algo reconfortante en tener un culpable con pantalla táctil. Cada vez que se desploman los resultados educativos, sube la ansiedad adolescente o cae el coeficiente intelectual promedio, el veredicto social llega antes que la pericia: fueron los celulares, fueron las redes y ahora, para modernizar la sentencia, fue la inteligencia artificial.

El juicio es rápido, unánime y tiene una sola falla procesal: cuando se revisan las fechas, el acusado todavía no había nacido cuando se cometió el crimen.

Es una causa que sigo hace años; un resumen expediente por expediente de la causa. La conclusión incomoda a todos los bandos: la tecnología no creó ninguna de nuestras crisis cognitivas. Llegó tarde a la escena y amplificó lo que encontró.

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Expediente uno: la lectura. En mayo, investigadores de Harvard, Stanford y Dartmouth publicaron el análisis de 35 millones de estudiantes estadounidenses: los puntajes caen sostenidamente desde 2013, siete años antes de la pandemia y una década antes de ChatGPT. En América Latina el panorama es peor: según PISA, el 54% de los adolescentes argentinos no alcanza el nivel mínimo de lectura, contra el 26% del promedio OCDE.

Incluso en el cuartil más favorecido del país, tres de cada diez no llegan. La IA no destruyó la comprensión lectora, la presupone. Quien no entiende un texto no puede formular una buena pregunta ni evaluar la respuesta. Sin lectura previa, el chatbot no es un asistente intelectual: es una coartada para copiar con mejor presentación.

Expediente dos: la matemática. Cuando los puntajes se hunden, el sistema receta más horas de cálculo y fórmulas. El diagnóstico está errado desde 1977, cuando la australiana M.A. Newman midió dónde se equivocan los alumnos: casi la mitad de los errores ocurre antes de la primera cuenta, al comprender el enunciado y traducirlo a una operación.

El declive empezó una década antes de internet masiva y veinte antes del smartphone”

La OCDE lo confirma con una correlación de 0,80 entre lectura y matemática. El 72,7% de los argentinos de quince años no supera el mínimo en matemática, pero el 54% tampoco lee: no son dos tragedias, es la misma con otro nombre. Recetar más aritmética a un problema de lenguaje es curar la fiebre con ventilador.

Expediente tres: la inteligencia. El famoso Efecto Flynn, esa suba del CI que celebramos todo el siglo XX, se revirtió. El estudio más robusto, 730.000 jóvenes noruegos, ubica el pico en los nacidos en 1975: chicos que atravesaron su ventana de plasticidad cerebral jugando en la calle y leyendo en papel.

El cerebro no se averió; se optimizó, con eficiencia admirable, para un entorno que dejó de pedirle pensar largo”

El declive empezó una década antes de internet masiva y veinte antes del smartphone. La comparación entre hermanos descarta la genética: la causa es ambiental. Lo que se rompe no es la inteligencia en bloque sino su armonía interna: se dispara la velocidad de procesamiento visual mientras colapsan el pensamiento formal y la abstracción sostenida. El cerebro no se averió; se optimizó, con eficiencia admirable, para un entorno que dejó de pedirle pensar largo.

La ansiedad y la depresión infantil suben desde mediados del siglo XX, con la pendiente más pronunciada en los años ochenta, cuando se recortaron el recreo, la calle y el juego libre”

Expediente cuatro: la salud mental, el corazón del best-seller de Jonathan Haidt sobre la “generación ansiosa”. El psicólogo Peter Gray, socio de Haidt en la ONG Let Grow, había publicado en 2011 los datos que arruinan la tesis: la ansiedad y la depresión infantil suben desde mediados del siglo XX, con la pendiente más pronunciada en los años ochenta, cuando se recortaron el recreo, la calle y el juego libre.

Reconstruir un entorno, devolver la calle, el juego y los textos largos, es lento, político y no tiene botón de apagado”

Francesco Tonucci pedía devolverles la ciudad a los chicos en 1991, cuando la única pantalla era la del televisor. La evidencia sobre prohibir celulares en las escuelas: mejoras modestas en atención y notas, ninguna en salud mental. Si sacar el teléfono no baja la ansiedad, es porque la ansiedad nunca dependió centralmente del teléfono.

Debería reconstruirse lo que el entorno ya no exige: lectura profunda, pensamiento formal, autonomía”

Cuatro instrumentos distintos, lectura, matemática, psicometría y psicopatología, midieron el mismo fenómeno y coincidieron en la fecha de origen: décadas antes de la pantalla. Aun así, la condena al dispositivo sigue firme, y se entiende por qué.

Prohibir un objeto es barato, inmediato y fotografiable. Reconstruir un entorno, devolver la calle, el juego y los textos largos, es lento, político y no tiene botón de apagado. Elegimos el chivo expiatorio con cargador porque el culpable verdadero somos nosotros, y a nosotros no nos podemos confiscar en la puerta del aula.

Nada de esto absuelve a la economía de la atención, que agrava con precisión industrial todo lo que encontró roto. Pero un agravante no es una causa, y un diagnóstico equivocado no cura: apenas posterga la pregunta correcta. La salida no es prohibir la herramienta sino reingenierizar la escuela para entrenar, deliberadamente, lo que el entorno ya no exige: lectura profunda, pensamiento formal, autonomía.

El aula puede ser el último espacio diseñado para la lentitud analítica. Hasta la IA puede ayudar, si se la usa al revés: no como máquina de respuestas, sino como espejo de la calidad de nuestras preguntas. Absolver a la pantalla no es absolvernos. Es, por fin, empezar el juicio que importa.

*Dra. en Ciencias Físicas, Ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis y Rectora de la Universidad de La Punta (2015-2023), Pres. Fundación Naos.