“Los problemas de las familias son los mismos en todas partes”

“Los problemas de las familias son los mismos en todas partes”


Cuando era apenas una adolescente, la escritora francesa Violaine Bérot (Bagnères-de-Bigorre, 1967) les dijo a sus padres que lo que deseaba para su vida era dedicarse a criar cabras en la montaña. “No es posible”, le respondieron. Entonces, ella buscó un trabajo posible. Y aunque la literatura ocupaba un lugar central en su vida, no sabía que alguien podía vivir de eso. De manera que estudió filosofía e informática y hasta los 30 años se dedicó a trabajar con la incipiente inteligencia artificial. Pero poco antes del año 2000 se cansó y dejó todo atrás. Tenía cuatro novelas publicadas y un buen trabajo, pero se fue a la montaña, con los animales que había imaginado. “Y me di cuenta de que no era posible seguir escribiendo”, dice esta mañana en Buenos Aires, adonde vino para participar de la Feria de Editores y de la presentación de sus dos novelas traducidas al castellano: Como bestias y Caída de las nubes, ambas publicadas por Las afueras.

Este lunes, Bérot asistirá al teatro para ver la puesta de Como bestias que realizaron la escritora Claudia Piñeiro y el dramaturgo y director Marcelo Moncarz. Es una experiencia singular para la francesa, no solo porque en este caso, además, el idioma impone la distancia de la traducción, sino porque, cada vez, dice ella a Clarín: “Veo con frecuencia mis libros en el teatro y trato de tomar distancia, porque siempre hay momentos en los que pienso: ‘están las palabras correctas, pero no lo pensé así’, junto con otros momentos en los que pienso: ‘Es extraordinario, es exactamente eso lo que pensé’”.

Las dos novelas traducidas al castellano de Violaine Bérot se le parecen en muchos sentidos. Aunque podrían hermanarse a muchas obras actuales, que apuestan a la fragmentación, a la oralidad y que enfocan el sinsentido de la vida “normal” desde una mirada extrañada. Y, sin embargo, lo que en muchos de esos libros es artificio, aquí funciona de manera orgánica. Hay una coherencia evidente en los temas que la autora elige (la maternidad, la violencia de la mirada social, las tensiones de la vida en una pequeña comunidad, la sabiduría de los animales, el punitivismo sobre las mujeres) y el abordaje plural y polifónico que ella les construye.

Son libros breves, que reclaman una lectura activa. No se cuenta una historia. Quien lee debe construirla a partir de fragmentos, de pistas evidentes y escondidas, seleccionando (intuyendo) qué decide creer y qué no. En esa elección, por supuesto, hay mucho más del lector que de la obra. Eso también lo dice Violaine Bérot en este diálogo.

Como bestias es un libro muy abierto, de modo que cada uno puede tomar lo que quiera. Es un trabajo sobre las emociones en el que cada lector encuentra algo en relación con él mismo, con su subjetividad.

–¿Usted había pensado en eso antes de escribir la novela o es algo que descubrió después, a partir de las lecturas?

–Yo busco deliberadamente contar historias abiertas, con pocas explicaciones. Mis libros son muy diferentes de una novela policial, por ejemplo, donde todo está explicado. Yo no explico nada. Eso es voluntario. También es voluntario poner varias voces diferentes en estos dos libros. No todos mis libros son así, pero estos dos sí: tienen varias voces que ofrecen diferentes puntos de vista, porque eso también empuja al lector a moverse. Al principio, quien lee le cree a la primera persona que habla, pero luego aparece una segunda persona y piensa que tal vez las cosas son distintas. Todo eso es intencional. Pero más tarde, sucede que yo descubro que la gente encontró en el libro otros sentidos que no sé analizar, que no veo. No sé si quienes escribimos somos conscientes de todo lo que hacemos. A mí, en ocasiones, la devolución de los lectores me ayuda a comprender cosas sobre mí misma o a descubrir obsesiones que vuelven constantemente en mis libros y que yo no percibo.

–Esto me lleva a preguntarle por la idea de verdad. Vivimos atravesados por noticias falsas, identidades falsas, conspiraciones. ¿Existe una verdad en sus libros?

–Creo que no existe una sola verdad. Hay tantas verdades como personas. Y digo esto pensando que las personas son sinceras, que creen conocer la verdad, pero siempre se trata de una interpretación de la realidad. Entonces, en Como bestias, por ejemplo, la policía busca la verdad de lo sucedido, pero esa verdad no existe: hay una verdad y otra verdad y otra verdad. Y eso es importante para mí en la vida. En la Argentina, me parece, este es un libro político y es interesante porque, cuando los escribí, desde el principio, fueron pensados como libros políticos, sobre todo Como bestias. Sin embargo, en Francia nadie los ve así. Allá, dicen que es una novela sobre la diferencia, sobre los niños diferentes o sobre la violencia contra las mujeres. Todo eso está bien, pero no dicen que es un libro político. Y en países como la Argentina, donde la situación política es difícil, ustedes leen el libro con una mirada política, más que nosotros que vivimos en un país donde todavía no gobierna la extrema derecha, aunque existe el riesgo de llegar allí. Es algo que está muy cerca y, si sucede, entonces el libro se volverá cada vez más político.

–También Caída de las nubes puede leerse como un libro político porque problematiza las exigencias sociales en torno a la maternidad, lo que debe ser, lo que se espera de una mujer embarazada.

–Totalmente. Para mí hay política en todas partes. Todas mis novelas son libros sobre la familia, sobre las relaciones humanas, sobre lo íntimo. Pero lo íntimo también es político.

–Un aspecto interesante de su carrera es que durante años sus libros convivieron con su trabajo en informática. ¿Qué lugar ocupaba la literatura en la vida de la adolescente que usted fue?

–Me gusta leer desde que soy muy pequeña. Siempre leí muchísimo, todo el tiempo. Generalmente, novelas en francés, no muchas traducciones, y muchos géneros diferentes. Necesito leer desde siempre. No sé explicar por qué, pero es una presencia permanente. Es importante y tiene que ver con la emoción. Un libro me produce emoción. Soy sensible a la lengua, a la escritura. Tomo un libro al azar y empiezo a leer. No leo la contratapa, sino que empiezo el libro y, si después de treinta páginas, veo que no es bueno, lo vuelvo a dejar y tomo otro. Para mí, lo importante no es el tema ni el contenido del libro: es la lengua lo que importa. Necesito no poder soltarlo, que me sacuda a través de la emoción.

–¿Por qué no eligió la literatura al momento de decidir una carrera universitaria, en lugar de filosofía e informática?

–Yo no sabía que escribir era un trabajo. Creía que un escritor era un hombre muerto, como Victor Hugo, el gran autor francés. Y además, ser publicada me parecía imposible, increíble. De hecho, mis padres también escribieron libros, sobre todo mi madre. Pero fíjese que mi madre y yo fuimos publicadas por primera vez el mismo año y ambas lo logramos después de mandar nuestros manuscritos por correo a una editorial. Pero antes de eso, busqué una profesión para trabajar y ganarme la vida. No era una pasión. Yo, desde los quince años, les decía a mis padres: ‘Quiero trabajar en la montaña con animales, quiero ser ganadera’. Pero mis padres me lo prohibieron porque, en la familia de mi padre, la vida en la montaña había sido sinónimo de mucha pobreza. Así es que estudié filosofía e informática. No trabajé en filosofía, pero sí en informática y, a los treinta años, pensé que todo eso no era para mí. Lo dejé y me fui a vivir con los animales.

La escritora francesa Violaine Bérot en Buenos Aires. Foto: Federico Lopez Claro.

–Algo interesante es que usted, en ese momento, trabajaba en informática vinculada con la inteligencia artificial. Viendo la presencia que hoy tiene la IA, podemos pensar o bien que usted entendió muy tempranamente lo que pasaría o que tomó una decisión equivocada. ¿Cuál de las opciones es la correcta?

–La inteligencia artificial me interesaba porque era lógica y a mí me gustaba mucho la lógica. Era interesante ese comienzo de la inteligencia artificial. Había proyectos muy buenos y positivos en esa área. Era realmente el comienzo. Pero muy pronto comprendí que se utilizaba para el ejército, para la guerra. Hice seis meses de prácticas en una compañía que fabricaba aeronaves civiles y militares, trabajando para aviones de guerra y sin hacerme preguntas. Después pensé que eso no era lo que quería y a los treinta años, cambié de vida. Me dije: ‘Quiero que mi vida tenga sentido. Voy a producir alimentos, a mantener el paisaje, trabajando con una raza rústica de cabras y en muy buenas condiciones para los animales, con un rebaño muy pequeño, lo contrario de la agricultura intensiva que se promueve. Fue extraordinario y muy difícil físicamente porque mi manera de vivir es muy extrema. En Europa tenemos algo que se llama Política Agrícola Común, con primas y subsidios, pero yo rechazaba todo eso, no quería recibirlos para poder hacer las cosas a mi manera. Lo hice así durante doce años hasta que enfermé gravemente. Mi cuerpo dijo basta y tuve que dejarlo. Pero me encantó hacerlo durante esos doce años. Tenía sentido para mí. La inteligencia artificial no tenía sentido para mí, pero esto sí.

–Y hoy, cuando ve esta presencia generalizada de la inteligencia artificial, ¿la sorprende este desarrollo?

–No. Yo sentía que iba a crecer con mucha fuerza. Lo que está ocurriendo ahora es lo que ya presentíamos. Pero esperaba, y todavía espero, que digamos: ‘Tenemos que ser los dueños de la inteligencia artificial’. Porque la inteligencia artificial no es inteligencia. Es lógica y cálculo. Eso es la inteligencia artificial. Es muy buena en lógica, es muy buena en cálculo, mejor que los seres humanos. Pero no es buena en inteligencia. Hay que controlarla todo el tiempo. No hay que dejar que tome el control. Ese es el límite. Si la inteligencia artificial toma el control, ahí sí es peligroso. Y también es peligroso para los trabajos, para la traducción, para la creación. Yo me encuentro con muchos jóvenes en las escuelas secundarias. Trabajo mucho con ellos a partir de mis libros y hablamos sobre inteligencia artificial porque la utilizan para sus ejercicios. Les digo: ‘Sí, pueden utilizarla. Existe, está ahí. Pero sean críticos’. Porque esto no es la verdad. Para volver al tema de la verdad: la inteligencia artificial no es la verdad. Y es muy, muy peligroso creer que sí lo es.

Si la inteligencia artificial toma el control, ahí sí es peligroso.

–Cuando la IA prometía un futuro maravilloso, usted decidió irse a vivir a la montaña. Desde las ciudades, idealizamos la vida fuera de ella. ¿Fue así, logró dedicarse más plenamente a sus libros?

–No, no encontraba tiempo para escribir. Cuando trabajaba en informática, escribía. Tenía tiempo porque tenía horarios de trabajo y horarios de vida privada. Cuando dejé la informática ya había publicado cuatro libros, tenía treinta años y empecé con la ganadería. Y durante doce años no escribí nada. No había tiempo. Era imposible, si tenés en la cabeza que tal animal está enfermo, que hay esto o aquello pendiente… Yo no sabía que sería así. Es decir, tengo dos pasiones: la ganadería y la escritura. Y son incompatibles. Absolutamente incompatibles.

–¿Por qué cree que sus novelas encontraron un público en la Argentina?

–Intento escribir libros que no estén ligados a un lugar. Escribo sobre los seres humanos. Una familia en Buenos Aires o una familia en mi pueblo sigue siendo una familia. Y los problemas de las familias son los mismos. Las mujeres que son violadas viven el mismo problema acá o allá. Son los mismos problemas, no importa dónde.

–Tampoco tiene usted una imagen idealizada de la vida fuera de las ciudades.

–No la idealizo porque la conozco. Eso es todo. Es fácil idealizarla desde afuera. Hay muchos libros que se publican en Francia sobre la naturaleza, sobre la vida en el campo, y son muy bonitos, pero yo pienso: ‘Esto lo escribió alguien que vive en la ciudad. La vida en la naturaleza no es así’. Eso es importante para mí. Y se encuentra claramente en estos dos libros. Son bastante cercanos: tienen varias voces, transcurren en un entorno de montaña y en un pequeño pueblo.

–La vida en comunidades pequeñas es algo que se perdió. Sin embargo, usted no parece ser nostálgica al respecto.

–Es la realidad de la vida rural. No somos muchos. Nos conocemos. Y eso está bien y está mal. Está bien porque, si hay un problema, enseguida alguien nos ayuda. Y está mal porque todo el mundo mira a todo el mundo. Todos nos conocemos.

La escritora francesa Violaine Bérot en Buenos Aires. Foto: Federico Lopez Claro.

–Un aspecto que parece usted conocer muy bien es la maternidad, lo encantador que tiene y también sus tensiones. ¿Cuánto de eso lo aprendió observando a sus animales?

–Yo nunca tuve hijos y nunca quise tenerlos. Es una elección en mi vida. Y escribo mucho sobre la maternidad. Lo que conozco es porque vi nacer muchos animales. Nunca vi nacer seres humanos, pero sí muchos animales. Y me gustaban mucho los nacimientos, muchísimo. Me gustaba observar a la madre con la cría. Conozco bien eso. Y es lo mismo con las personas. Somos animales, somos mamíferos. Ayer, en el avión, pensaba: ‘Es muy largo este viaje, son trece horas de vuelo. Si una mujer embarazada diera a luz en el avión y no hubiera un médico, creo que podría ayudar un poco, porque es lo mismo’. Tuve esa intuición. De hecho, en Francia me piden que intervenga en las escuelas de parteras y hablo delante de los estudiantes. Es extraordinario.

Violaine Bérot básico

  • Nació en Francia, en 1967. Es licenciada en Filosofía.
La escritora francesa Violaine Bérot en Buenos Aires. Foto: Federico Lopez Claro.
  • Su actividad profesional le ha llevado de la ciudad, en donde ejercía como informática, hasta los Pirineos, en donde se dedicó a la cría de cabras durante años. A lo largo de todo ese periplo solo ha habido una constante en su vida: la escritura.
  • Desde su debut literario a mediados de los noventa con la novela Jehanne, Bérot ha escrito una decena de libros que le han valido ser considerada por sus lectores y lectoras como uno de los secretos mejor guardados de las letras francesas.
  • En castellano, se pueden leer Como bestias y Caída de las nubes. En verano, llegará, editada por Las afueras, Del lado de los vivos.

Como bestias y Caída de las nubes, de Violaine Bérot (Las afueras).

La escritora francesa Violaine Bérot dialogará con las editoras Magda Anglés y Malena Rey mañana martes 11 a las 18 en Libros del Pasaje (Thames 1762) con entrada libre y gratuita.