Entre el 8 y el 11 de julio en Luque, Paraguay, se disputó el playoff del Grupo Mundial IV de la Zona Americana de la Copa Davis, en el que Aruba fue uno de los grandes protagonistas, al superar invicto la fase de grupos y vencer a Cuba por 2 a 0 en la serie por el ascenso, para asegurar su regreso al Grupo III. Y el festejo de los caribeños tuvo un toque de sabor albiceleste. Porque el capitán de ese seleccionado es Claudio Martínez, un argentino de 61 años con una historia peculiar, que llegó a la “Isla de la Felicidad” hace más de veinte años a jugar un torneo y hoy es referente del tenis en ese país. Y porque el equipo formado por Patrick Sydow, Kyle Frankel, Ibian Hodgson y David Zuleta hizo la preparación final para la eliminatoria en Argentina, donde vivió una experiencia que lo sacó de su zona de confort pero también lo enriqueció y fortaleció.
Martínez quería que sus jugadores, habituados a las canchas duras, pudieran hacer una adaptación al polvo de ladrillo junto a tenistas formados y acostumbrados a la superficie anaranjada, en la que se iban a disputar los partidos en Luque. El Club Atlético Monte Grande, donde trabajó un tiempo y aún tiene viejos conocidos, les abrió las puertas. Y confirmado el lugar de entrenamiento, al coach planteó una idea diferente para el alojamiento: una pequeña casa que él construyó en un contenedor en un campito en Cañuelas.
“No teníamos mucha plata para pagar un hotel… No teníamos plata para pagar un hotel, en realidad. Así que les propuse ir a Cañuelas. Ellos viven en Aruba, donde es todo como una maqueta, tienen más hotel y aeropuerto que tomarse un colectivo. Entonces me pareció que era una buena experiencia. Les dije ‘Esta forma de vida no la van a experimentar nunca y les va a hacer bien’“, recordó Martínez en charla a la distancia con Clarín.
“Prendíamos la salamandra para calentar la casita, porque en esos días hizo un frío de locos allá. Una noche tuvimos -5°. Salíamos a buscar madera para la estufa, nos hacíamos el desayuno, íbamos a caminar por el campo, compartíamos un baño entre todos. Cocinábamos al calor del fuego. Ellos no habían prendido un fuego con leña en su vida”, relató el entrenador.
Y continuó: “Vivimos con la incertidumbre de que podía quedarse el auto en medio de la ruta, porque yo acondicioné un auto que tenía allá, que era de mi hijo, y lo usábamos para ir y volver del club. De que si había tormenta en Cañuelas se podía cortar la luz, aunque ahora puse un panel solar en la casa para poder al menos cargar los celulares si se corta. Y les encantó”.
“En el club Monte Grande me dijeron inmediatamente ‘Las canchas son de ustedes’. Y pudimos entrenar con la primera del club, que tiene jugadores que juegan muy bien. Quería que los chicos tuvieran tres días para entrar en ritmo de polvo de ladrillo, con gente que tiene la capacidad de jugar mejor en ese tipo de canchas, que experimentaran cómo es jugar y moverse en esta superficie. Además así les sacamos ventaja a los rivales con los que jugamos en Paraguay, que fueron todos países del Caribe o de Centroamérica, que tampoco están acostumbrados al polvo”, agregó.
De Banfield a Aruba
La historia de Martínez con Aruba es tan curiosa como la experiencia que les hizo vivir a sus jugadores en la previa de los playoff de Paraguay. Arranca en Banfield, donde Claudio comenzó a jugar al tenis de casualidad. Y sigue con una serie de eventos “afortunados” que marcaron su destino.
Los jugadores del equipo arubiano de Copa Davis cocinando en la casa de Cañuelas. Foto Copa Davis/Gentileza Claudio Martínez“Fue como una falla en la matrix, porque en ese momento, un chico del nivel económico de mi familia no podía jugar al tenis en ningún lugar del mundo”, afirmó tras recordar sus comienzos. “En mi casa nunca llegábamos a fin de mes o llegábamos arañando. Si le pedía a mi viejo que me comprara un par de zapatillas para jugar, me iba a mirar como diciendo ‘Estás loco, no alcanza para comer y vamos a comprar zapatillas’. Pero bueno, se fue dando. Y a veces en la vida se dan las cosas y uno tiene que aprovecharlas”.
Martínez agarró por primera vez una raqueta (rota, que le habían regalado) cuando tenía 12 años. Por entonces jugaba al fútbol, pero también peloteaba a veces en la calle con chicos del barrio. Y trabaja para ayudar a sus padres; primero, vendiendo cosas -como biromes y pela papas- en la calle; y después, pintando casas. Uno de sus primos abrió un club de tenis en Banfield y le propuso que fuera a trabajar allí.
“Al principio hacía cualquier cosa, desde limpiar el baño hasta barrer la cancha. Un domingo faltaba uno para un torneo, lo jugué y gané el dobles. Yo ni sabía contar, me decían parate acá, parate allá, pasá la bola y corré. Pegaba slice de revés con continental y no sabía lo que era. Pero era muy jovencito, tenía buen estado físico y corría como un animal, entonces pasaba todas. Ahí me empezó a gustar, arranqué a pelotear con la gente y después, a ayudar en las clases de tenis”, contó.
Fue en ese club en el que tuvo su primera “lección” de tenis, cuando Martín Errecalde, un entrenador y ex jugador que trabajaba en la AAT, le corrigió algunos detalles técnicos y le acomodó la empuñadura. Unos años, tras hacer el servicio militar obligatorio en la Infantería de Marina y cuando ya trabajaba en Monte Grande con 19 años, empezó a ir dos veces por semana a San Martín, donde Toto Cerúndolo -reconocido entrenador y papá de Francisco y Juan Manuel– daba clases. “Ahí traté de mejorar más, porque yo había aprendido casi solo. Tenía cierta facilidad y mucha garra, pero golpes poco pulidos”, aseguró.
Martínez trabaja con la federación de tenis de Aruba para el desarrollo del deporte en la isla caribeña. Foto Gentileza Claudio MartínezVarios años más tarde, en un momento político, social y económico complicado en Argentina, un triunfo en un torneo que se jugó en un country de Moreno le cambió la vida.
“Yo daba clases de tenis en el Club Italiano de Caballito. Me invitaron a jugar y, con mi compañero, ganamos el dobles. El premio era un viaje a Aruba. Fue en pleno 2001, cuando explotó todo. Ese año viajamos a competir allá con un grupo de como 20 jugadores. Había equipos de siete países. Les caí bien a los que organizaban el evento, que era para promocionar la isla, y me preguntaron si quería organizar los preliminares el año siguiente, porque tenían muchos problemas con la gente de los countries. Lo hice por tres años seguidos, conocí una chica de acá, empezamos una relación y después nos casamos; y me vine definitivamente, a probar suerte. La primera vez que fui, lo único que conocía de Aruba era un afiche que había visto en una agencia de turismo en al que trabajaba como cadete. Jamás había pensado vivir fuera de Argentina, pero se dio”, relató.
El desafío del tenis arubiano
Cuando se instaló definitivamente en la isla caribeña, Martínez -quien no llegó a ser profesional, pero sí representó a Argentina en tres Mundiales Senior– empezó a trabajar como entrenador, pero no tardó en sumarse a la Federación de Tenis de ese país. Y desde 2015, tras una modificación del estatuto de la ITF que lo habilitó a viajar como coach del seleccionado nacional sin sacar el pasaporte neerlandés, es el capitán de Copa Davis y trabaja para el desarrollo de ese deporte.
El argentino Claudio Martínez, capitán del equipo de Aruba que consiguió el asenso al Grupo III de la Zona Americana. Foto Copa Davis-¿Cómo es vivir en Aruba?
Es un lugar lindo para vivir. Es caro, porque acá no se produce nada. Pero no me puedo quejar, vivo de mi trabajo y bastante bien. La gente es muy amable y me tratan muy bien. De lo único que tenés que cuidarte mucho es del calor y el sol, que condicionan todo. Hace calor todo el año, tenés un poquito más o un poquito menos, pero siempre calor. Hay horarios en los que nadie va a jugar al tenis porque es como si te pusieran una lupa en la cabeza, te prendés fuego.
-¿Cómo es el tenis de ese país?
Aruba es una isla que está preparada para el turismo básicamente, está todo hecho para que el turista lo pase bien. Por eso, en término de desarrollo deportivo o de ciencia, todavía tiene para crecer. Cuando llegué me encontré con un tenis muy del estilo norteamericano, pegar palos de todos lados, si entra, entra y si no, no. Pero me di cuenta que el biotipo de la gente que vive acá -hay muchos hijos de latinos- es parecido al de los argentinos. Así que empecé a tratar de darle más impronta de jugador sudamericano: más top spin, pasar más cantidad de pelotas, aguantarla adentro, armar más el punto y lucharla más. Muchos me escucharon, otros no. En el Caribe, la vida es más relajada y les costaba entender el mensaje de que a veces hay pelear dos horas y media para ganar un partido. O el esfuerzo que hay que hacer para mejorar. Pero venimos trabajando y hemos logramos muchos buenos resultados.
-¿Hay una buena estructura para el desarrollo, canchas e infraestructura?
Acá la meta es llegar a alguna universidad de Estados Unidos con una beca. Es muy difícil salir de Aruba y llegar a ser profesional. Primero porque hay un solo club, que es privado y no todos pueden pagar la membresía. Nosotros entrenamos en la cancha del hotel Tamarijn, en el que yo trabajo. Una cancha sola en la que entrenamos con el equipo de la Davis y con los juveniles, doy clases a los adultos y tengo que compartirla con los turistas. Imaginate el grado de dificultad que hay. No existe ese concepto de club social que hay en Argentina. No tenemos canchas públicas, además. Ahora estoy trabajando con el Ministerio de Deportes de acá y con el Loto (como la lotería argentina) para construir dos canchas en un parque público, algo que es muy caro. A veces necesitamos pelotas y no hay porque vienen en barco y a veces no llegan. Y tenés que estar rebuscando pelotas de todos lados o entrenás con las viejas. A veces no llegan zapatillas y si se te rompen es difícil conseguir otras. Cosas que en otros lugares es impensable que pasen. Todo eso frena un poco el desarrollo y hay mucho trabajo por hacer. Pero seguimos trabajando con lo que tenemos. Y siempre hay chicos jugando y tenemos equipos que van a representar a Aruba en el exterior, con buenos resultados.
Los jugadores del equipo de Copa Davis son amateurs, no tiene ranking ITF ni ATP y no viven del tenis. Frankel, por ejemplo, estudió Economía en una universidad de Estados Unidos y hoy trabaja full time en una empresa de marketing móvil. Esa realidad representa un desafío especial para el capitán argentino.
“Trabajamos como podemos, pero bien. Los chicos se dan al entrenamiento cien por ciento. Somos en algún punto como una familia. Ellos entrenan conmigo desde muy chiquitos (NdR: Frankel y Sydow, por ejemplo, formaron parte del equipo que ganó en 2015 un clasificatorio regional sub 16 de la Davis Junior, un triunfo histórico para el deporte arubiano). Conozco a sus familias, sus parejas, sus problemas, todo. Son como otros hijos que me dio el tenis (Tiene cinco propios, de dos matrimonios). Entrenamos temprano a la mañana, para que ellos puedan ir a trabajar. Y sabemos entenderlos cuando están muy cansados, cuando no pueden faltar al trabajo. Porque de qué va a vivir el tipo si no trabaja. Sé que ellos van a dar el cien por ciento y si no lo dan, es porque realmente no pueden más por muchas razones, pero no porque no quieren”, explicó Martínez.
-¿Qué te gustaría dejarle al tenis de Aruba y este equipo?
A todo el equipo le gustaría mantener la categoría el año que viene, quedarnos en el Grupo III, lo que es un desafío enorme. Porque el año pasado, cuando jugamos en esa categoría, enfrentamos a equipos con jugadores profesionales, como Bolivia, que tenía singlistas que habían jugado la qualy de Roland Garros y una pareja de dobles que estaba cerca del 100 del mundo. La diferencia con nosotros es enorme. Personalmente, me gustaría que el trabajo que venimos haciendo no se termine cuando yo no sea más capitán. Que algunos de estos chicos que están ahora jugando, y que son una generación excepcional para el tenis de este país, sigan manteniendo vivo este legado que creo que estoy dejando y lo pasen a las nuevas generaciones. Que los jugadores que viene detrás también dejen todo para representar a este país, por amor al juego, como estamos haciendo nosotros. Yo estoy orgulloso de ser cien por ciento argentino y también de ser capitán de Aruba. Es un honor enorme.









