El peronismo tiene una profunda identidad con lo militar. Esto fue resaltado en el primer Congreso sobre Defensa realizado por el Partido Justicialista (PJ) el 15 de mayo, en donde se expuso el pensamiento clásico del peronismo sobre soberanía y geopolítica, doctrina e industria y tecnología. Ninguna idea ni cara nueva. Y la pregunta es ¿por qué?
La respuesta es simple. Porque lo que se dijo representa lo que quiere escuchar el destinatario del mensaje: la corporación militar argentina. Es decir, que le sostengan una fuerte reivindicación de la cuestión Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida Argentina, que le mantengan conceptos doctrinarios históricos como “la nación en armas” y el rol central del Estado en el instrumento militar y en el bienestar de los uniformados (con un salario de élite); que le pongan énfasis al desarrollo autónomo y a la producción nacional con las empresas estatales existentes, y que le den más impulso a la ciencia y la tecnología aplicadas a la defensa por medio de los canales tradicionales, sin importar de dónde sale el capital para llevar a cabo todo esto.
En síntesis, una promesa de más gasto militar a cualquier costa, sin importar para qué ni contra quién y sin contraposición alguna con la experiencia internacional comparada o con las enseñanzas que arrojan los principales conflictos en curso.
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¿Y por qué le habla así el peronismo a las Fuerzas Armadas? Porque quiere disputarle el voto militar a Javier Milei repitiendo lo que ha hecho toda la élite política argentina (salvo en algún breve interregno) en cuatro décadas de democracia: no definir una línea de gobernanza moderna en el área de la Defensa, lo que los lleva a declamar, otra vez más, el populismo militar como única opción política para la defensa del país.
Esta propuesta se hace ante un gobierno que ejerce un populismo militar conservador, porque el presidente Milei no despliega en defensa ni liberalismo clásico ni escuela austríaca de economía. Sigue la misma línea de gobernanza pre y post Segunda Guerra Mundial en materia militar; claro está, desde una gestión democrática y con fuertes limitaciones presupuestarias producidas por el recorte del gasto público y la búsqueda de superávit fiscal que esta administración le impone al Estado y —por ende— a la cartera de Defensa.
Sin embargo, es muy difícil competirle a Milei porque no hay mayor acto de populismo militar que la entrega del ministerio de Defensa a un general en actividad; a pesar que una gobernanza bajo este formato no garantiza éxito y, lo más probable (por las tensiones que genera entre las tres fuerzas), es que sean los propios militares quienes pidan un siguiente ministro empoderado en el 2027 para arreglar los descalabros acumulados.
Entonces, ya sea para asegurarse fidelización o para la conquista del voto militar que le falta, el Presidente le dio a las Fuerzas Armadas: una «no» política ni estrategia de Seguridad Nacional y ninguna política de Defensa que los moleste y les imponga alguna prioridad o dirección restrictiva a lo que quieren; viáticos y presencia militar en la frontera norte (tal como hizo el kirchnerismo); más desfiles y paradas en celebraciones patrias; abrazos a granaderos y alabanzas públicas; presencia presidencial en actos institucionales y en ejercicios militares; más compras de armas a pago con más deuda para el país y —sobre todo— con poco control; más ejercicios militares con tropas y presencia militar de los EE.UU.; más agregadurías y comisiones de servicio en el exterior; una nueva obra social, sacándose de encima a la Prefectura Naval y a la Gendarmería Nacional, todo más manejable desde cada fuerza, manteniendo la pesada estructura hospitalaria existente, incluyendo hoteles, clubes de polo, golf y náuticos; ninguna privatización de las empresas estatales de la Defensa, pero poca plata para ellas; nuevas funciones en inteligencia; y ninguna “motosierra”, manteniendo todas las redundancias intactas (burocráticas, logísticas, operativas, etc.). Ni los jardines de infantes ni los colegios primarios y secundarios militares se tocan, se cambian o se transfieren. Nada de desregulación y transformación del Estado para la Defensa, excepto lo poco que se hizo en el Servicio Meteorológico Nacional.
Hoy, el populismo militar tiene por delante un escenario de continuidad. Tal vez, la única diferencia importante que el peronismo mostró fue la presencia de los agregados militares de la Embajada China en Buenos Aires en este evento mencionado. Toda una señal política. Pero el populismo militar, venga de quien venga, es dañino para el país y para los militares. Esto aún no es visto claramente por las Fuerzas Armadas porque en la política argentina no hay nadie que plantee dejar atrás este populismo y avanzar seriamente hacia una modernización del Sistema de Defensa Argentino. Ni siquiera un Presidente de la Nación que se dice libertario.
*Ingeniero. Magíster en Defensa Nacional.









