1982. William Gibson concurre al estreno de Blade Runner, adaptación cinematográfica de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, escrita por Philip K. Dick, dirigida por Ridley Scott. No termina de ver el film, estaba terminando su primera novela y lo que encontró ese día en la pantalla fue un reflejo de lo que estaba escribiendo. Demasiadas similitudes estéticas, arquitectónicas e ideológicas; por tanto, decidió reescribir parte de esa novela, Neuromancer, luego ganadora de los premios Hugo y Nebula, los más importantes en ciencia ficción.
Dicho texto desarrolla una trama complejísima, con una prosa que nos remite a Dashiell Hammett y a Raymond Chandler, pero con frases secas sosteniendo ideas. Un electro noir donde el antihéroe, Case –un vaquero virtual–, tiene una premisa: el viaje al ciberespacio, lugar que Paul Virilio describe como la aniquilación del espacio-tiempo por la velocidad de la luz, una implosión del aquí y ahora en un presente perpetuo. Para Gibson es una alucinación consensual, geografía sin lugar, experimentada colectivamente, pero sin sustrato físico perceptible. Hay distancia, arriba y abajo, exhibe una arquitectura, y también un espacio narrativo, territorio que existe para los cuerpos que lo habitan.
Ciberespacio, como término, aparece por primera vez en el cuento Quemando cromo, escrito por Gibson en 1982 y que forma parte de la Trilogía del Sprawl (ensanche); el concepto continúa en Neuromancer y Mona Lisa acelerada. Cuenta el autor que una tarde, en Vancouver, observó a los niños jugar arcade games. Le llamó la atención no la tecnología en sí, sino la fe corporal depositada en la máquina, acaso metáfora de una relación; tampoco la descripción de una arquitectura de sistemas: Gibson nunca había tocado una computadora, pero había inventado el soporte donde es muy probable esté leyendo esto, internet.
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En 2020, en una presentación de su nuevo libro, Agency, Gibson comentó algo al público: el ciberespacio que describió en Neuromancer en nada se parecía al internet que hoy habitamos, acaso banal y tonto. Los misterios corporativos, la complejidad para ingresar al sistema poniendo en riesgo la vida, las reminiscencias al “viaje” con drogas duras como la heroína, hoy no existen. La arquitectura virtual que imaginó viendo a los chicos jugar en los fichines, que escribió en una máquina de escribir mecánica –analógica–, es algo que naturalizamos y no implica riesgo ni aventura.
El ciberespacio de Neuromancer se recorre con los rumbos que Case puede elegir. Los edificios de datos tienen forma y color –hoy tenemos el scrolling–, una máquina de Skinner premiando dopamina, la metáfora de la conexión de Case en la interfase, como viaje de heroína o de ácido. Esto último se transformó en miles de millones de personas moviendo el pulgar en búsqueda de agentes –personas, influencers que bailan, cantan, sonríen o se pasan crema por la cara–, mientras en la novela de Gibson todo está poblado de corporaciones zaibatsu, IAs opacas, personas modificadas corporalmente, en una partida de ajedrez inasible.
¿Hay guerras en la internet actual? ¿Existe el misterio? Claro que sí: en la red X una continua guerrilla virtual se da entre feministas post me too, de shitposting continuo sobre el género masculino, y su contraparte, la manósfera, con jóvenes célibes involuntarios, ultramachistas, denigrando al género femenino. También hay miles de bots operando para campañas políticas, trolls, haters, una catarata de basura virtual incesante, ¿cuál es el misterio corporativo aquí? La autonomía del algoritmo para mayor consumo de publicidad en línea, la adicción a las redes sociales.
Virilio era trágico en su definición del ciberespacio, la aniquilación de lo real que predijo también quedó libre de drama: la muerte de la realidad es algo aburrido. En cambio, el ciberespacio de Gibson –con corporaciones japonesas al acecho de hackers, antihéroes modificados corporalmente, IAs en búsqueda de libertad, la vida en peligro de los protagonistas–, resulta una aventura. Hoy tenemos scroll y algoritmos que nos idiotizan, ¿qué sentido tiene este viaje? Esta es la pregunta del contraste que invoca otra, ¿las nuevas audiencias apreciarán las ideas o enfrentarán el propio tedio de la experiencia cotidiana?
La ficha técnica adjunta revela que una empresa tecnológica presenta una serie de plataformas sobre la novela que conjetura su propia esencia. ¿La adaptación será una forma de esterilizar su mensaje?
Lo virtual como ficción
El 22 de enero de 2027 se estrena la serie Neuromancer en la plataforma Apple TV, adaptación de la novela homónima de William Gibson publicada en 1984. Calificada como “inadaptable al cine”, en 1985 dos surfers pagaron a Gibson 100.000 mil dólares para una adaptación de Earl Mc Rauch, frustrada por falta de socios. En 1990 los derechos vuelven a Gibson, quien los vende a Alliance Communications, esta fracasa en 2007 con Joseph Kahn, director de videoclips. Dos fracasos más –2011 y 2013–, y Peter Hoffman, dueño de la productora, es acusado de fraude. En 2017 la 20th Century Fox contrata a Tim Miller (director de Deadpool), quien finalmente desiste.
La serie cuenta con un tráiler donde el actor británico Callum Turner encarna a Henry Case, quien dice: “Soy el mejor operador de consola que existe; robo datos en el ciberespacio”.
Los diez capítulos los produjo Graham Roland –con series como Lost y Fringe-, junto al director J.D. Dillard. El mismo Gibson, con 78 años, participa como productor ejecutivo y asesor creativo.
Suerte o coincidencia, Turner se casó recientemente con la estrella pop Dua Lipa y es uno de los principales candidatos a ser el nuevo James Bond. Una manera de asegurar la atención del público joven, adicto a las pantallas y videos breves.









