En los viejos talleres mecánicos solía verse un cartel que decía: “Lo atamos con alambre”. La frase resumía una confianza nacional en la improvisación, una especie de orgullo por aquello que funciona pese a estar mal hecho. El alambre era la versión industrial de la viveza criolla: permitía llegar hasta la esquina, a veces hasta Rosario, y en ocasiones extraordinarias hasta una final del mundo. Después se rompía.
La selección argentina llegó hasta el último partido gracias a una mezcla considerable de talento, experiencia, oficio, resistencia y esa familiar capacidad para convertir cada encuentro en una emergencia nacional. España ganó 1 a 0 en el alargue, luego de imponer durante largos pasajes una superioridad técnica y colectiva que la Argentina compensó cuanto pudo con sacrificio, revoleos y aguante.
El reproche principal debería dirigirse menos hacia los jugadores que hacia cierta idea argentina del fútbol. Esa idea afirma que los partidos decisivos se ganan poniendo huevos, corriendo hasta desgarrarse, chocando contra el adversario y pronunciando antes de comenzar alguna frase relacionada con la muerte. El jugador ideal de esa doctrina tiene dos piernas, dos pulmones y una voluntad funeraria. Saber jugar aparece después, como una extravagancia ornamental.
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Durante años confundimos el carácter con el esfuerzo desesperado. El carácter también consiste en recibir bien una pelota, levantar la cabeza, elegir el pase conveniente y conservar la posición cuando alrededor todos empezaron a correr como si persiguieran el último tren. La disciplina se advierte en esos detalles modestos. Cada jugador ocupa el lugar que corresponde, el equipo conserva las distancias, la pelota circula con una velocidad pensada y el cansancio del rival empieza antes que el propio.
La garra tiene prestigio porque resulta visible. Un futbolista se tira al suelo, traba con la cabeza, vuelve rengueando a su campo y recibe una ovación. La técnica trabaja en una zona más discreta. Consiste en orientar el cuerpo medio segundo antes, controlar hacia el lado correcto, reconocer una ventaja que todavía permanece invisible para la tribuna. El pase que evita una corrida heroica rara vez obtiene el aplauso reservado para quien debe remediar con valentía el error anterior.
También la disciplina tiene mala fama entre nosotros. Suena a cuartel, a obediencia, a pérdida de espontaneidad. En el fútbol significa otra cosa: dominar los propios impulsos. El delantero espera. El defensor calcula. El mediocampista administra. El equipo acepta que cada partido tiene un ritmo y que la ansiedad del público carece de valor táctico. España llevó esa paciencia a la final. La Argentina respondió con su repertorio de resistencia, épica y supervivencia. Llegó lejos, muchísimo más lejos de lo que llega un conjunto sostenido únicamente por el coraje. En el último peldaño, sin embargo, la diferencia quedó expuesta.
Ser subcampeón del mundo constituye una hazaña. Precisamente por eso merece algo mejor que el elogio automático de los huevos. Reducir una campaña semejante a la entrega equivale a despreciar el trabajo de los futbolistas, los entrenamientos, el estudio de los rivales, los movimientos ensayados y las decisiones tomadas durante meses. También equivale a preparar la próxima derrota, porque transforma una virtud complementaria en un sistema de juego.
La superstición se extiende bastante más allá de una cancha. En la vida cotidiana celebramos al que duerme tres horas, trabaja al borde del colapso y resuelve a último momento aquello que podría haber organizado una semana antes. Llamamos pasión al desorden, compromiso al agotamiento y talento a la capacidad de reparar catástrofes domésticas. El disciplinado inspira cierta sospecha: parece frío, calculador; demasiado europeo, demasiado analítico. Preferimos al que llega jadeando con los papeles arrugados y anuncia que dejó todo para terminar el trabajo.
Dejar todo suele ser una mala manera de administrar lo que uno tiene. El verdadero mérito consiste en disponer de fuerzas para el instante decisivo, conocer el oficio, repetir hasta que el movimiento se vuelva natural y sostener la lucidez cuando la multitud reclama una carga de caballería. La emoción empuja. La técnica conduce. La disciplina decide cuánto dura el viaje.
La selección argentina merece el reconocimiento de quien alcanzó otra final del mundo y cayó frente a un adversario superior. Sus jugadores pusieron el cuerpo, soportaron la presión y defendieron una camiseta que suele pesar como una armadura. Ahora corresponde aprender algo de la derrota. La pelota aprecia el coraje, aunque obedece sobre todo a quien sabe qué hacer con ella.
Los huevos sirven para jugar una final. Para ganarla, además, conviene jugar al fútbol.









