“Cien años de soledad ayuda a entender este presente”

“Cien años de soledad ayuda a entender este presente”


Cuando el público vuelva a Macondo, ya no encontrará el pueblo suspendido entre la maravilla y el asombro, eso que presentó la primera temporada. En los nuevos episodios de Cien años de soledad, que llegan a Netflix pronto, el 5 de agosto, el universo creado por el colombiano Gabriel García Márquez se adentra en su tramo más oscuro: esta vez, la guerra y la violencia política ocupan el centro del relato.

La utopía de Macondo empieza a resquebrajarse con la irrupción de la tragedia en un pueblo que hasta entonces parecía vivir al margen del mundo. En ese recorrido aparecen algunos de los pasajes más emblemáticos de la novela, como la masacre de las bananeras, mientras el destino de los Buendía se entrelaza cada vez más con las heridas históricas de América Latina.

La directora Laura Mora (45) sabía que esta segunda mitad implicaba un desafío distinto. Tras dirigir tres episodios de la primera temporada, asumió cuatro capítulos y el gran final con la convicción de no suavizar la carga política y simbólica de una obra considerada durante décadas “inadaptable”. Confesa admiradora de la segunda mitad de la novela, encontró la oportunidad de llevar a la pantalla el tramo que más le apasionaba.

La primera vez que me comentaron del proyecto dije: ‘Están locos, ¿cómo se van a meter con ese libro?

En diálogo con Viva, mientras termina la postproducción del último episodio en Buenos Aires, la directora colombiana reflexiona sobre varias cuestiones: el peso de adaptar el clásico de García Márquez, la vigencia de Macondo como espejo de América Latina y la decisión de filmar la violencia desde la memoria antes que el impacto.

Adaptar lo “inadaptable”

Durante décadas, Cien años de soledad cargó con la fama de ser una novela imposible de adaptar: decenas de personajes, saltos temporales, episodios que rozan lo fantástico y una historia que atraviesa generaciones de la familia Buendía. Laura Mora tampoco estaba convencida de que pudiera hacerse.

Cuando le propusieron participar de la serie, su primera reacción fue de incredulidad. No importaba que ya hubiera codirigido Pablo Escobar, el patrón del mal o que llegara con el respaldo de una Concha de Oro en el Festival de San Sebastián por la película Los reyes del mundo: enfrentarse a la novela más emblemática de la literatura colombiana era otra escala de desafío.

“Ha sido un viaje increíble, un viaje al que yo me resistí inicialmente. La primera vez que me comentaron del proyecto dije: ‘Están locos, ¿cómo se van a meter con ese libro?’”, rememora. La resistencia, sin embargo, terminó convirtiéndose en fascinación.

Después de dirigir tres episodios en la primera temporada, Mora pasó a ocupar un rol mucho más central en la segunda, con cinco capítulos bajo su responsabilidad, incluido el desenlace.

Parte de ese proceso consistió en volver una y otra vez al libro. “Lo más hermoso es que siempre se revela distinta, como todos los grandes libros o películas. Me pasa, por ejemplo, con un clásico, el 8 1⁄2 de Fellini: cada vez que veo esa película, siento que la estoy viendo por primera vez”, dice. Es una novela que, admite, no había logrado descifrar del todo cuando la leyó siendo más joven. Para la directora, la experiencia de leer Cien años de soledad cambia con el lector: “Entre más has vivido y más has leído, más fascinante se vuelve”.

Antes de tomar decisiones detrás de cámara, hubo otro trabajo menos visible: explorar el material hasta encontrar nuevos sentidos. “Es una novela muy misteriosa. Cada lectura te da una pista nueva, una clave más”, explica. Confiesa además que siempre sintió una debilidad especial por la segunda mitad de Cien años de soledad, la que narra el ingreso de Macondo al convulsionado siglo XX y que ahora le tocó adaptar. “Haber estado tan a la cabeza creativa de toda esta parte de la novela ha sido una posibilidad creadora inmensa.”

Es una novela muy misteriosa. Cada lectura te da una pista nueva, una clave más

La responsabilidad de adaptar a García Márquez se hizo sentir incluso fuera del set. Durante la presentación del primer adelanto de la temporada en Cartagena, donde descansan las cenizas del escritor, sintió el peso simbólico de la tarea: “Había un busto con su cara y todo el rato sentía que me estaba mirando”. Si pudiera conversar con él, dice, solo le pediría una cosa: “Que al final me dijera: ‘Hiciste lo que pudiste’”.

Macondo = América Latina

Laura Mora no duda cuando se le pregunta si Cien años de soledad sigue hablando del presente. “Está más vigente que nunca”, sostiene. Esa relectura constante de la novela, dice, también le permitió “entender el país, Latinoamérica y entendernos como sociedad”.

Al escucharla, queda claro que para la directora colombiana el cine difícilmente pueda reducirse a un mero entretenimiento: en su filmografía, la cámara funciona como una herramienta para hacer preguntas sobre la tragedia, la memoria y las heridas de su país y el continente.

No es una inquietud nueva para ella. En Matar a Jesús, estrenada en 2017 e inspirada en parte por el asesinato de su padre en 2002, ya exploraba los ciclos de violencia en Colombia y el lugar de las víctimas frente a la posibilidad de la venganza. Por eso, cuando asumió la dirección de Cien años de soledad, nunca estuvo en sus planes despojar a la novela de su dimensión histórica y política. La violencia ya atravesaba su cine. También la historia reciente de Colombia. Era imposible dejarla fuera de Macondo.

El actor colombiano Claudio Cataño que interpreta a Aureliano, junto a la directora de la serie, Laura Mora. Foto: Gentileza Netflix.

“Hay una incapacidad absoluta para salir de los ciclos de violencia, y una satanización permanente de los movimientos sociales y de la izquierda, que derivan siempre en nuevas oleadas de violencia”, asegura sobre la realidad de hoy, la cual ve reflejada en las páginas del libro. También menciona la relación conflictiva con los grandes imperios y con la religión como elementos que García Márquez retrató hace décadas y que, a su juicio, siguen dialogando con el presente. “La novela es trágica y hermosamente pertinente para ayudarnos a entender este momento”, dice.

En el libro, ese diálogo entre ficción e historia alcanza uno de sus puntos más fuertes en la masacre de las bananeras. Inspirado en la represión real ocurrida en Colombia en 1928 contra trabajadores de la United Fruit Company, el episodio ocupa un lugar central en la segunda temporada y, para Mora, era imposible abordarlo sin reparar en la memoria histórica. “Es un tema absolutamente tabú en Colombia. Hay muchísimo negacionismo; se ha dicho incluso que era un invento de Gabo, aunque está documentado que no es así”, lamenta. Al día de hoy, no se sabe a ciencia cierta cuántos trabajadores fueron asesinados.

Su objetivo, explica, no era convertir la tragedia en un espectáculo, sino devolverle un rostro humano. “Queríamos recoger esa memoria e imprimirle la poesía necesaria para que nos duela. Porque también es un libro sobre la memoria”, explica. Para Mora, esa capacidad de dialogar con distintas épocas es justamente lo que distingue a los grandes escritores: “Son de esos autores a los que podés volver y que siempre te van a dar luces sobre tu propio tiempo y tu presente. A los argentinos les pasa con Borges, con Cortázar, incluso con Pizarnik. Son escritores que ayudan a entender la complejidad humana”.

Filmar sin traicionar el libro

¿Cómo se convierte una novela como Cien años de soledad en imágenes? Si el desafío de la segunda temporada era contar la parte más política de la obra, también implicaba encontrar un lenguaje capaz de traducir su riqueza literaria al audiovisual. “No buscábamos una imagen plana que te diga todo de frente, sino una imagen con subtexto, que proponga cosas, que te haga pensar”, resume Laura Mora.

Para la directora colombiana, ese proceso también exigía desprenderse de una etiqueta que durante décadas acompañó a la novela. “Tengo una relación un poco conflictiva con el término”, admite sobre el llamado “realismo mágico”. A su entender, se trata de una categoría impulsada por la academia anglófona para encasillar una obra que desborda cualquier clasificación convencional.

Mora prefiere recuperar el concepto de “real maravilloso”, del escritor cubano Alejo Carpentier, y cree que describe mejor el universo de García Márquez. “Eso se acerca mucho más a lo que propone estilísticamente: esta poética de lo cotidiano, de lo absurdo que se vuelve maravilloso”, explica.

Por eso también cuestiona las lecturas que reducen la novela a un catálogo de elementos fantásticos, corriendo el riesgo de ocultar sus dimensiones realistas. “El término ‘mágico’ muchas veces pone la obra en un lugar medio Harry Potteresco, para decirlo de forma contemporánea. Y yo creo que lo que hace García Márquez es un realismo poético que le sirve para contar la tragedia de los seres humanos y de las sociedades”, agrega.

Esa idea terminó marcando la construcción visual de la segunda temporada. Mientras la primera retrata el nacimiento casi utópico de Macondo, esta nueva etapa busca reproducir la complejidad de la novela a través de múltiples capas de lectura. “Sentíamos que algo muy interesante del libro es justamente eso: las capas. Siempre te va soltando líneas, pistas, claves. Queríamos asumir ese reto también con la imagen”, cuenta.

Mora asegura que Netflix acompañó esa búsqueda a la hora de sostener una mirada autoral. “Nos animaron mucho a crear con autenticidad, con fuerza poética, con carga política y tomando riesgos narrativos, estéticos y actorales”, recuerda. La intención era que cada episodio funcionara casi como una película, aún formando parte del relato continuo de la serie. Para Mora, esa búsqueda solo era posible si existía margen para asumir riesgos creativos.

En esa misma línea surgió una conexión argentina: Mora trabajó junto al editor Miguel Schverdfinger y al diseñador sonoro Guido Berenblum, ambos colaboradores habituales de Lucrecia Martel. “Son personas con una mirada y una profundidad estética enormes. Si eso estuviera coartado, no podrían estar ahí“, sentencia.

Pero al final, dice, todo vuelve al mismo lugar: la visión del director. “Cuando llaman a un director autoral como yo, me llaman justamente por mi mirada”, asegura. “Los escritores tienen la palabra; yo tengo la mirada. Y si eso estuviese limitado, entonces yo no serviría para hacer esto.”