Javier Navarro descansa sobre una montaña de botas de hule. Tiene los ojos rojos por el polvo, la falta de sueño que amortigua con un cigarro tras otro y los momentos en los que llora de rabia y dolor, como cuando reclamó a quienes operan las maquinarias que no avanzaran en las demoliciones de los edificios colapsados. Perdió a nueve familiares en una de las enormes torres de la Misión Vivienda en Caraballeda que cayeron tras los sismos del 24 de junio. Esta semana esperaba las cenizas de su madre, la última que lograron sacar, pero aún le quedan cuatro cuerpos dentro.










