“La memoria debe ser una persistencia frente al negacionismo”

“La memoria debe ser una persistencia frente al negacionismo”


Presentado por primera vez en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de La Plata en 1996, en las primeras páginas de Atravesando la noche, de Andrea Suárez Córica, en esta nueva edición a cargo de Corregidor se lee: “En un aula colmada por 200 personas, mi familia reunida allí me escuchó hablar en público sobre mi madre por primera vez. De algún modo, las palabras pusieron ciertas certezas a décadas de silencio, odio mal dirigido, discusiones interminables”.

Quien escribe es Andrea Suárez Córica. Artista visual, poeta, archivista, performer y ambientalista urbana. Cofundadora de la Agrupación HIJOS La Plata. En este libro condensa una serie de sueños y testimonios alrededor del asesinato de su madre, Luisa Marta Córica, en manos de la triple AAA en 1975. Su madre, también poeta y delegada gremial, había actuado en la película Boquitas pintadas de Leopoldo Torre Nilsson.

“A veces siento que viví una vida donde no sabía muy bien quién era”, le cuenta a Clarín en esta charla en donde repasa el camino que recorrió con el libro, que la llevó a descubrir una faceta desconocida de su madre, analiza el presente y la importancia que según ella implica el hecho de transmitir a las nuevas generaciones el valor de la democracia.

–Treinta años después de la primera edición de Atravesando la noche, ¿qué encontrás hoy en ese libro?

–Una experiencia de vida marcada por la toma de la palabra, lo colectivo, la militancia. En ese sentido, cualitativamente mis primeros treinta años de vida fueron muy distintos a las tres décadas posteriores. A veces siento que viví una vida donde no sabía muy bien quién era y creo que tiene que ver con que no sabía muy bien quién había sido mi madre y qué había sucedido con ella. La culpa y la vergüenza predominaban en mis sentimientos. Si bien escribo poesía desde los 11 años y, muchas están vinculadas a mi madre, todo quedaba en lo familiar. Recién en 1993, a los 27 años, empiezo a escuchar los testimonios de los compañeros de mi madre y a armar el rompecabezas. Luego comienzo una militancia en DDHH en la Facultad de Humanidades de la UNLP en donde mi madre estudiaba Filosofía que deriva directamente en la creación y militancia en HIJOS La Plata. Eso me permite pasar a la esfera pública a través del testimonio colectivo y hermanado, los escraches, la continuidad de los homenajes institucionales y, más tarde la reparación de legajos estudiantiles o laborales de las víctimas del terrorismo de Estado. También mi propia maternidad va a enfrentarme nuevamente a la ausencia física de mi madre. Tuve que lidiar con la escena tan temida de una madre y su hija separadas violentamente de un día para el otro.

Andrea Suárez Córica presentó Atravesando la noche (Corregidor). Foto: redes sociales.

–En el libro los sueños ocupan un lugar central y aparecen como una forma de conocimiento y de memoria. ¿Cómo surgió la decisión de registrarlos y convertirlos en parte de una narrativa histórica?

–Siempre creí que había comenzado a registrar los sueños en 1987 porque en ese momento era estudiante de la carrera de Psicología en la UNLP y me había impactado el trabajo sobre los sueños de Sigmund Freud. Fue amor a primera vista con el mundo onírico. Pero, esta propia mitología tuvo una revelación en 2024 cuando, preparando un trabajo para un encuentro en Rosario se me ocurrió revisar en mi sueñoteca (sic) la fecha del primer registro: fue en abril de 1987. Se me puso la piel de gallina, coincidía con el levantamiento militar de los Carapintadas que se oponían a ser juzgados y buscaban su impunidad. Tenía 22 años en ese momento, vivía sola y me aterraba cuando escuchaba las noticias. Entonces comprendí que mientras “la casa estaba en orden” a mi se me revolucionaba la cabeza. Registré los sueños durante nueve años hasta que, en 1996, cuando estaba por cumplir 30 años, que era la edad que tenía mi madre cuando es secuestrada y asesinada, entro en una crisis existencial. La imagen de mi misma era que estaba sentada en un banquito en medio de un páramo sin ninguna dimensión de futuro. El encuentro azaroso con los sueños me da la idea de que publicar ese material, hacerlo público, compartirlo con otros, me iba a salvar la vida. Y así fue, más de 200 personas acudieron sin saber que se convertirían en la red humana que frenó mi caída.

–En el libro relatás el impacto de acceder al Legajo 15.511 de la DIPPBA sobre tu madre y la decisión de intervenir ese lenguaje policial con tu propia escritura. ¿Qué sentiste al confrontar la violencia burocrática de esos documentos con la poesía?

–Leer los informes sobre mi madre me generaron un enorme sentimiento de injusticia. ¿Qué derecho tenían de meterse con la vida de mi madre a través de la inteligencia policial que desarrollaban y a través de ese lenguaje de semejante indigencia? No soporté esa intromisión. Y a esa injusticia policial sólo podía oponérsele una justicia poética. De allí que intervine un poema propio “Hubieran sido cosas de mujeres” de 1996, que destila amor, ternura y preguntas sobre mi madre con ciertos pasajes del informe para evidenciar su bajeza. Sin dudas fue un duelo, una disputa, donde el lenguaje policial fue derrotado por el poético.

–En otro momento recuperás las cartas originales de tu madre después de haber conocido durante años solo sus fotocopias. ¿Qué cambió en tu relación con ella cuando pudiste encontrarte con esas huellas materiales de su presencia?

–Fue recomponer algo de aquel espejo estallado cuando yo tenía 8 años y medio. Algo de ella volvía a mí, ese color turquesa de la fibra con la que escribió aquella carta. Ese color que es mi preferido fue como una complicidad con ella, un simple gusto compartido, una tontería de esas que te conmueven. Y, como todo trazo es una huella, sentí la presencia de su escritura en el papel, el dibujo de sus letras, la presión suave sobre la hoja. Es con esos gestos mínimos que mi madre siempre está volviendo y que aprovecho para pasar pequeñas temporadas juntas a través de cosas muy cotidianas. Construir una épica de lo banal es lo que muchas veces nos salva.

–Hay una escena muy fuerte en tu historia: descubrir que uno de los asesinos de tu madre había sido vecino de tu propio barrio. ¿Cómo transformó esa revelación tu percepción de Tolosa, de la vida cotidiana y de los silencios que atravesaron a tantas comunidades durante décadas?

–Durante toda mi infancia en Tolosa, el barrio a donde nos mudamos con mis hermanos para vivir con mis abuelos paternos, fue un lugar que me cobijó con nuevos amigos y nuevos paisajes urbanos, fuera del casco fundacional de La Plata. La casa de esa familia quedaba justo enfrente de la mía y, como cuento en el libro, con la única que había “pica”. Nunca pude comprender por qué sucedía eso, quizá por pura renegación, ya que los adultos de la familia lo sabían. Cuando Daniel Cechini y Alberto Elizalde Leal publican “La CNU. El terrorismo de Estado antes del Golpe” en 2013 y mencionan que uno de los miembros de la patota que asesinó a mi madre vivía en la misma calle que mis abuelos, pero en la casa de enfrente, ahí comprendo todo. Y no sólo eso, sino el silencio que había mantenido otro de mis vecinos que era guarda de tren y había presenciado el secuestro de Luisa en la estación del FFCC de 1 y 44 en La Plata. Nunca me quiso contar, cada vez que le tocaba el timbre para que me cuente, me decía que le hacía mal recordar. Seguramente no era sólo eso, había sido también alcanzado por la “irradiación” por la que actúa el terrorismo de Estado y, como si fuera poco, sabía con total certeza que el asesino vivía literalmente a diez metros de su casa. El silencio se tornaba imprescindible para sobrevivir. El tiempo subjetivo y el contextual deben alinearse para producir las condiciones de posibilidad de narrar, contar. Hay un documental muy interesante, Los vecinos del horror. Los otros testigos, de María Cantino y Graciela Guilis, de 1996 que aborda ese saber y no saber de los vecinos sobre los efectos que produce la violencia estatal sobre toda la comunidad. Hoy, por ejemplo, ante un gobierno nacional negacionista y hasta reivindicatorio del genocidio hablar, poner límites a los discursos autoritarios se torna un imperativo ético para no ser narrados por tan aberrantes posicionamientos y continuar con la disputa de sentidos en relación a nuestro pasado reciente.

Andrea Suárez Córica presentó Atravesando la noche (Corregidor). Foto: redes sociales.

–¿Cuáles creés que son los desafíos actuales en relación a la transmisión de este pasado reciente?

–Una cosa son los nietos, quienes provienen del seno de una familia que fue tocada directamente por el terrorismo de Estado. Si bien esa transmisión no garantiza nada certero e inapelable, el trabajo de posta está hecho. El tema es cómo somos capaces de transmitir esa narración no ya como recuerdo o testimonio familiar sino como historia. Cómo involucrar a los niños y jóvenes en las escuelas, cómo aborda el Día nacional por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Si como un simple feriado, como cuento en el libro, o con un compromiso docente con los valores de la “democracia”. Y, a su vez, cómo no caer en cierta pornografía del horror, que empuje a revivirlo. Cómo mostrar un material que lleve a la reflexión, a la empatía, al deseo de saber más. En un contexto de negacionismo e individualismo la memoria debe ser una persistencia para que, en algún momento, sea eficaz y construya una memoria histórica atractiva, deseosa de transmitirse y reinventarse una y otra vez desde todos las disciplinas y lenguajes tradicionales o inesperados que surjan. En las encrucijadas que aparecen frente a la transmisión del genocidio hay que encontrar un equilibrio entre los sentimientos que se generan y las reflexiones que posibilitan una mayor comprensión. No creo en las grandes revoluciones, sí en estar atentos y confrontar como modos de microresistencias cotidianas. Si no hablamos, seremos hablados por otros. Me interesa ir hacia atrás para ver cómo nos interpela el pasado, con qué mirada lo traemos y con qué palabras lo pensamos en un viaje directo al futuro. Transitamos esa conjunción de tiempos tomando decisiones éticas. Nada de esto es sencillo y lineal. Estar abiertos a que las nuevas generaciones desconfíen de nuestras propias narraciones, idealizaciones y mandatos también nos interpela y, de algún modo, nos aliviana la mochila.

Andrea Suárez Córica básico

  • Nació en La Plata, en 1966 y es artista visual y naturalista. Ha realizado muestras individuales y colectivas en distintas espacios (Museo de Arte y Memoria, MACLA, Facultad de Arquitectura y Urbanismo (UNLP), La Fabriquera, El hormiguero espacio cultural, entre otros).
Andrea Suárez Córica presentó Atravesando la noche (Corregidor). Foto: redes sociales.
  • Desde 2008 lleva la instalación “El Bosque ambulante” a las escuelas de la región para difundir el conocimiento sobre el patrimonio arbóreo de La Plata, fomentar el cuidado y promover el goce estético.
  • Desde 2015 realiza caminatas de reconocimiento de las distintas especies de árboles por diversos barrios de la ciudad para descubrir el potencial poético del patrimonio natural y realiza mapeos de esas “excursiones urbanas”.
  • Ha publicado libros de poemas y sueños y ha participado de residencias para artistas.

Atravesando la noche, de Andrea Suárez Córica (Corregidor).