La Scaloneta no sólo es el mejor equipo del deporte argentino de todos los tiempos, como bien sostiene Maximiliano Uría desde Atlanta en su análisis en tiempo real del triunfo épico que volvió a depositar a la Selección en la final de un Mundial.
Tampoco es simplemente el equipo que conduce un legendario Lionel Messi que, a los 39 años y mientras sigue haciendo historia al andar, alcanzó otra dimensión en una carrera irrepetible al llevar a la Argentina a la final del Mundial tras dejar de rodillas a Inglaterra, como cuenta Diego Provenzano, nuestro otro enviado especial a Estados Unidos.
La Scaloneta es algo más.
Lionel Scaloni construyó una obra extraordinaria. Un equipo de autor, como sintetizó Marcelo Bielsa, que reúne todo lo que debe tener un ciclo destinado a marcar una era en la historia del fútbol. Tiene juego, tiene personalidad, tiene corazón, tiene inteligencia y le sobran agallas. Nunca abandona.
Y, además, posee una virtud todavía más valiosa: gracias a todas esas cualidades consigue reducir al mínimo la influencia del azar, ese factor que siempre encuentra la manera de meter la cola en el fútbol.
Son ya 103 los partidos que lleva Scaloni al frente de este fenomenal equipo, que apenas perdió nueve veces en casi ocho años de recorrido. Pero, más allá de los traspiés, son contadas con los dedos de una mano las veces que uno pudo haber sentido que este Selección Argentina no estuvo a la altura de las circunstancias. Y eso también la hace única. Es un ciclo virtuoso por donde se lo observe.
Sin embargo, hay que ir un poco más allá de lo que sucede dentro del campo de juego. Porque lo que se ve los 90 o 120 minutos tiene una explicación que empieza mucho antes. Está en los entrenamientos, en los vestuarios, en las concentraciones y en una manera de entender el liderazgo.
Este grupo construyó una comunión poco frecuente. Aprendió a convivir sin egos, entendió que el todo siempre vale más que las partes y que las individualidades sólo alcanzan su verdadera dimensión cuando se ponen al servicio del colectivo. Es una frase hecha. Pero también es exactamente lo que transmite esta Selección cada vez que sale a jugar.
Ahí aparece, quizás, el legado más profundo de Scaloni y su cuerpo técnico notable que complementan Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala. No sólo armó un equipo extraordinario. También consiguió desactivar discusiones que parecían eternas. La primera fue futbolística. Ya no tiene demasiado sentido seguir hablando de menottismo y bilardismo. La Scaloneta tomó lo mejor de cada escuela y construyó una identidad propia. La “nuestra”, si es que todavía hace falta ponerle un nombre, se parece bastante a este equipo: inteligencia para leer cada partido, valentía para asumir riesgos, solidaridad para correr por el compañero y humildad, con Messi a la cabeza, para entender que siempre hay algo por mejorar.
Pero hay otra grieta que, al menos durante un rato, también consigue volver irrelevante. En una Argentina acostumbrada a discutirlo todo, donde casi cualquier tema termina dividiendo, la Selección se convirtió en uno de los pocos lugares capaces de convocar a todos sin preguntar de dónde vienen ni qué piensan. No resuelve los problemas del país, que son muchos y sería un enorme absurdo afirmarlo. Pero recuerda algo que muchas veces olvidamos: que todavía existen causas comunes capaces de reunirnos alrededor de una misma emoción.
Tal vez no sea casualidad. Scaloni jamás buscó convertirse en un líder por fuera del fútbol. Nunca levantó la voz para ocupar un lugar que no le correspondía. Condujo desde la serenidad, la coherencia y el ejemplo. Y justamente por eso terminó construyendo algo que trasciende el fútbol. Un equipo que gana, emociona y que, mientras está en la cancha, consigue que todos los argentinos estemos, por fin, orgullosos de ser argentinos.








