un festival literario junto a la frontera más peligrosa del mundo

un festival literario junto a la frontera más peligrosa del mundo


Después de un viaje de más de treinta horas, con un stopover en Frankfurt, llegamos al aeropuerto de Seúl, en Corea del Sur. Una red internacional (“La red global de escritores por la vida, la paz y la convivencia”) y la Sociedad Coreana de Escritores (Korean Writers’ Association), junto a otras instituciones y organizaciones, me habían convocado en marzo a este encuentro, el DMZ World Literature Festa 2026, en el que sería la única invitada del mundo hispanohablante. Las expectativas me desbordaban: descubrir el milenario y ultramoderno país de las antípodas, patria de Han Kang, la reciente Premio Nóbel; conocer a un variado elenco de escritores internacionales y locales; alcanzar nada menos que la DMZ (Zona Desmilitarizada), el límite que separa, desde hace 73 años, las dos Coreas.

La famosa zona propiamente dicha es en realidad una franja de unos 4 kilómetros de ancho por 250 de largo, cercada por armas y alambrados a uno y otro lado de esa herida vacía.

Para verla de cerca tuvimos que esperar a la clausura del evento. El Festival no comenzó allí, desde luego, sino en sus inmediaciones: la línea de control civil en la DMZ, donde se halla la antigua base estadounidense Camp Greaves, convertida en museo y memorial, y donde había instalaciones adecuadas para celebrarlo.

Recién el último día, por la mañana, nos llevaron hasta los observatorios de Odusan y Dora, desde donde pudimos avistar esa peligrosa y vigilada “nada” entre los dos países que fueron uno, y también adivinar lo que hay del otro lado, más allá de los cercos.

Aunque se conmemoraba el dolor de la desgarradura, también se celebraba la esperanza, encarnada en Pungmulpae Teoullim, un grupo de Pungmul, antiquísima música folklórica rural coreana que combina danza, percusión y canto.

Una danza en común

Mujeres y hombres vestidos con sencillos trajes blancos, cruzados por franjas de colores vivos, danzaban y tocaban instrumentos de percusión en torno a una especie de palo de piñata, del que bajaban cintas también coloridas. Todos nos aferramos de alguna y bailamos con ellos.

En Pungmulpae Teoullim,  los participantes del DMZ World Literature Festa 2026 bailarin al son de un grupo de Pungmul. Foto: gentileza.

Escribimos mensajes en otras cintas que colgaríamos del alambrado. ¿Alguien desde la otra orilla de las púas y los fusiles los estaría viendo? A pocos metros, se pronunciaban discursos frente a un monumento para los caídos en la guerra de Corea (1950-1953).

Las devastadoras matanzas de civiles, inmolados en el enfrentamiento de las potencias que se disputaban el territorio, se multiplicaron, antes y después de la gran contienda. Hubo armisticio, pero no paz. El puente de la Unificación, sobre el que caminamos, sigue aguardando esa paz nunca alcanzada.

La gran apertura se hizo el 27 de marzo, en Camp Greaves, a las 11 de la mañana. Los principales oradores fueron la bielorrusa Svetlana Alexievich (Stanislav, 1948), Premio Nóbel 2015, y el coreano Hwang Sok-Yong (1943, Changchun, Manchuria), sobreviviente de la masacre de Gwangjiu (1980), que padeció la cárcel y el exilio.

Mientras que la memorable escritora de La guerra no tiene rostro de mujer (1985) ya es un nombre familiar de nuestro lado del mundo, conocemos mucho menos la obra del coreano, monumental creador de ficciones históricas, testimoniales y poéticas (El huésped o Bari, la princesa abandonada, entre otras).

Los discursos de ambos inauguraron el Festival “con el lenguaje de la vida”. Nos hablaron del silencio, el terror, la represión, la persecución, pero también de la resistencia, la resiliencia, la esperanza y la luz.

Svetlana Aleksiévich pronunciando su discurso de apertura del el DMZ World Literature Festa 2026. Foto: gentileza.

Alexiévich rememoró el silencio forzado durante su infancia y juventud, bajo la Unión Soviética; después de su caída, la apertura de los años 90 y las promesas de libre expresión y autonomía, que pronto se ahogaron bajo la dictadura de Lukáshenko en Bielorrusia; por fin, la masiva revolución popular pacífica (2020-21), liderada por mujeres, contra ese régimen que seguía perpetuándose mediante elecciones fraudulentas, y la feroz represión ejercida sobre civiles desarmados.

Con su potente estilo cronístico literario, enhebró en su disertación los testimonios de tres víctimas. Como opositora amenazada, ella misma se vio forzada a abandonar su patria en 2020 y vive actualmente en Berlín desde donde sigue su lucha: el silencio, dice, la aterroriza mucho más que “levantar la voz”.

Hwang sok-yong eligió titular su exposición “¡Hay una luz brillante ahí enfrente!”. Su camino, sin embargo, transcurrió durante muchos años entre claroscuros y tinieblas. Algunas no se han disipado, como el duelo de diez millones de familias separadas por la guerra de su tierra natal. La primera generación ha muerto ya, aunque el “han” persiste en sus descendientes. “Han” es una palabra de complejos matices, similar a la saudade galaico-portuguesa, que incluye el dolor lacerante, la añoranza, el deseo inextinguible de lo perdido, sublimados en la obstinación creativa.

La caída del muro

Durante su exilio en Alemania, Hwang se unió, llorando de alegría (y de duelo por su propia patria), a las muchedumbres que inundaron las calles de Berlín para celebrar la caída del muro. Pese a todas las frustraciones y los retrocesos, cree que el fin del armisticio y el comienzo de un estado de paz genuina entre las dos Coreas están cada vez más cerca: es cuestión, exhorta, de abrir la puerta por tanto tiempo cerrada y ver del otro lado la luz brillante.

En los dos días siguientes nos mudamos a Paju, la llamada “ciudad editorial”, consagrada a homenajear todas las formas del libro y de la lectura. El Festival convivió con la Feria de librerías y editoriales “Entre Páginas”, en el Asia Publishing Culture & Information Center. Conferencias y paneles se organizaron en la Planta Baja donde se encuentra el “Bosque de la Sabiduría”: un bosque de libros, en estanterías de hasta ocho metros, del piso al techo.

Moderado por la crítica literaria Lee Eunran, el panel del DMZ World Literature Festa 2026 en el que participó María Rosa Lojo estaba integrado además por dos escritores coreanos y una coreana estadounidense.

En un margen, la escultura de un hombre con un traje florido, contra una pared de letras, mira hacia adelante por un catalejo, acaso buscando un futuro poblado de lectores.

Mi panel abordaba la temática de la diáspora. Moderado por la crítica literaria Lee Eunran, lo integraban también dos escritores coreanos y una coreana estadounidense: Jane Jeong Trenka.

A través de ella me asomé a una historia que no conocía y que me estremeció. Como muchos niños surcoreanos en décadas de pobreza, dictaduras y conflictos sociales, ella y su hermana mayor ingresaron a un programa estatal que promovía la adopción en naciones desarrolladas y fueron criadas por una familia de la Minnesota rural.

Jane siempre se sintió una criatura de la diáspora, extrañada y ajena. Y volvió. Con el novelista Park Geunsam, también parte de nuestro panel, dialogaron acerca de la figura del tigre, fundamental en la tradición mítica de Corea y que ambos autores reelaboran como símbolo de identidad personal y nacional.

Mi diálogo con la poeta Kim Soo Woo nos remitió a otras experiencias diaspóricas: la de una nómade (Soo Woo), que vivió entre diversos pueblos y lenguas y pudo extraer, del dolor y la extranjería, la hospitalidad creativa; la mía propia: ser una “exiliada hija” y una “gallega hija”, en un país hecho de seres desplazados de sus orígenes (empezando por los mismos indígenas).

Desde ese exilio heredado que se hizo identidad y carnadura, debí alumbrar mi propia patria existencial y literaria (mi “patria hija”) en el nuevo suelo donde la tragedia colectiva de la Guerra Civil española me llevó a nacer.

En Pungmulpae Teoullim, un grupo de Pungmul, antiquísima música folklórica rural coreana que combina danza, percusión y canto. Foto: gentileza.

Música de fusión

No solo se trató de literatura. Hubo música de fusión: una original y vanguardista “orquesta de señoritas” (el Gugak Group HAN:UL) que reinterpreta roles y mitos tradicionales desde nuevos ritmos e instrumentos: hubo Pansori, antigua ópera popular, reelaborada con temas del presente político y social por el maestro Im-Ji Taek.

Entre todos, guiados por el diseño de Lee Yoon-yup, estampamos nuestras pinceladas en una obra colectiva que se convirtió en otro emblema. En las comidas que compartimos, un abanico de gustos y colores, desplegado en platitos sobre mesas interminables, nos desafiaba a dejar los tenedores cortésmente ofrecidos y tomar los palillos.

El cierre del Festival fue aún más conmovedor que el comienzo. Ya todos nos conocíamos un poco, nos habíamos escuchado y nos habíamos hablado a través del inglés (la lingua franca de estos tiempos). Cómo olvidar a los colegas y espectadores coreanos que llenaron las salas, a los otros escritores provenientes de lugares distantes: Tomoyuki Hoshino (Japón), Ahlam Bsharat (Palestina), Ismael Beah (Sierra Leona), Serge Lacuesta (Filipinas), Zukile Jama (Sudáfrica), Priya Basil (India, educada en Gran Bretaña, residente en Alemania).

La argentina María Rosa Lojo delante de la obra colectiva que los participantes del DMZ World Literature Festa 2026 pintaron juntos guiados por el diseño de Lee Yoon-yup.  Foto: gentileza.

Las palabras finales del Comité de Dirección resplandecieron plenas de sentidos: “En estos tiempos absurdos, en los que el estruendo de la guerra y los gritos sangrientos vuelven a extenderse por distintas partes del mundo, nos hemos reunido aquí para tejer millones de hilos de paz, más suaves y a la vez más fuertes. Nuestros libros son como delicados capilares que corren bajo la piel de todos los seres –vivos y no vivos– que envuelven el planeta Tierra.”

Con estas palabras profundamente grabadas en la memoria del corazón (por algo en inglés “de memoria”, se dice “by heart”), seguiría mi aventura en las ciudades de Seúl y Busan.