Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma seríe, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Mi querido convaleciente, no sabes cuánto celebro tu mejoría. Y celebro también que quisieras mejorar el rendimiento de tu equipo febril y alemán pero que, en cambio, no malgastaras tiempo de delirio imaginando que ganabas o perdías.
En mi lejano país, como imaginarás, toda la discusión se basa en estos dos extremos que se tocan: los que dicen que se dicen muchas cosas pero el equipo, si llegó hasta aquí, no debe ser tan malo, y los que dicen que se lo debemos a la debilidad de nuestros contrarios y la fuerza de nuestra fortuna —o la ayuda de las Fuerzas del Mal vestidas de Infantino.
Y entonces la cuestión deriva hacia un debate dizque filosófico que resulta, como todos los que despierta el fútbol, interesante e insoluble: ¿enfrentarte a un enemigo mejor aumenta tu potencia o tu impotencia? ¿Será que fuimos malos porque jugamos contra equipos malos y que ahora, cuando nos encontremos con uno algo mejor, vamos a ser mejores?
Sí, ya sé; me dirás que son maneras de entretener la espera, disimular los nervios. Alguien puede creer que pasarse dos días esperando un partido decisivo puede ser tremendo, si consigue olvidarse de todos esos momentos en que esperar dos días algo decisivo es tremendo. No quiero decir —lejos de mí— las horas lentas de espera hospitalaria, cuando se está jugando la final y, aunque esta vez el campo sea tu cuerpo, tampoco puedes hacer nada —y no hay VAR que valga.
Pero volvamos a la vieja pelota, que siempre es más fácil. Un Argentina-Inglaterra es el mejor y mayor ejemplo de esta confusión entre fútbol y realidad social, histórica, política: los argentinos proclaman que juegan por los “pibes de Malvinas”, y ayer incluso el infinito Haaland –ya declarado Buenazo Oficial del Mundial 2026– dijo que prefería que ganara Argentina porque “Inglaterra aun ocupa su territorio de forma ilegítima”.
(Aclaración posterior: tomé esta declaración de un video de un minuto en X, conferencia de prensa donde el noruego lo decía en noruego y unos subtítulos lo traducían al castellano; mi noruego ya no es lo que era. Y ahora, al chequearlo por segunda vez, me encuentro con que Haaland nunca dijo eso, que los subtítulos mentían. Lo dejo como ejemplo del engaño constante, el valor de tomar todo con pinzas.)
Y no son solo las Malvinas. También está el 40º aniversario de aquel partido en el estadio Azteca y un presidente argentino que se proclama admirador de la señora Thatcher y tantos compatriotas a quienes esto importa mucho mucho y la muerte del gran jefe Rattín.
(Te cuento rápido, es un Antonio más: Antonio Ubaldo Rattín era el cinco y capitán de Boca —alto, flaco, implacable— cuando yo “me hice” de Boca, en los sesentas. Y también fue el cinco y capitán de Argentina en el Mundial ’66, en Inglaterra. Allí nos tocó un cuarto de final contra los anfitriones, que estaba cero a cero cuando el árbitro alemán lo expulsó vaya a saber por qué; dijo que le había dicho algo ofensivo, pero El Rata apenas hablaba en argentino básico. El capitán no quería irse, dijo que no entendía. Obligado a salir, terminó sentado sobre una alfombra roja que habían puesto al costado del campo para que Su Majestad Isabel Dos no se ensuciara los zapatitos de muñeca. Eso lo volvió un Héroe de la Patria, por un lado. Y, por otro, la causa de que la FIFA inventara las tarjetas rojas y amarillas para evitar problemas con las lenguas. Rattín, después, se los buscó: ya mayor, fue diputado de un partido de derecha; hay partidos que es mejor no jugarlos. Rattín murió este sábado, a sus 89: su fantasma se agrega a tantos otros).
Pero, más allá de espectros y estandartes, si este miércoles la Argentina juega como está jugando, nuestra única esperanza es la mediocridad inglesa —que este año también es estridente. Messi y compañía podrían acordarse de jugar, resucitar, miraculear, y entonces volveríamos a caer, durante tres días larguísimos, en una discusión que tuve con un amigo hace semanas. Él, muy argentino y muy argentinista, me decía que, aunque le doliera, no quería que Argentina ganara el Mundial porque no quiere que pase nada que pueda favorecer al inverosímil impostor Javier Milei.
Me asustó la posibilidad de estar de acuerdo: yo tampoco querría. Los mitos tienen la piel dura Y éste —el viejo mito del Mundial-te-salva— especialmente. Gobernantes de todas partes y partidos, alguno incluso inteligente, se lo creen: que si su país gana ellos ganarán, y que si pierde lo pagarán con su cabeza o al menos con unos cuantos diputados.
Preocupado, me dio por revisar la historia: tú sabes que yo creo en esos ritos. Lo chequée en Argentina: tres copas del mundo ganadas, tres gobiernos perdidos. La primera era más fácil: en 1978 nadie iba a querer más a esos militares y, de todas formas, no había modo de medir efectos. Pero en 1986 los radicales de Alfonsín se prometieron grandes cosas cuando el Diego las hizo tan grandes y fue a la Casa Rosada y se hicieron las fotos con la copa. Y sin embargo al año siguiente hubo elecciones y las perdieron por goleada. Peor: en 2022, bajo el gobierno del peronista Fernández, la mayor manifestación de la historia argentina reunió a cinco millones de felices festejando el triunfo. A los pocos meses, en 2023, sus candidatos fueron barridos por el monstruito inverosímil. Que ahora, por supuesto, cree que lo que pase en el Mundial puede definir su gobierno y no la pobreza, los sueldos por los suelos, los hospitales traicionados, el odio que destila.
Sí, estos triunfos parecen producir más euforia nacional que casi cualquier otro pero, gracias a algún dios, no se vuelven apoyo al gobierno de turno. Se diría que el Aparato, tal como ellos lo imaginan, falla.
Lo que no falla, Granjuán, es la rara maldad de ciertos malos, la historia que me cuentas sobre Gaza. No sabes cómo me duele que el Estado de Israel quiera destruir en unos años todo lo bueno que hicieron los judíos durante varios miles: tanta búsqueda, tanta creación. Y que haya además países e idiotas, como ese argentino que me dices, tan dispuestos a ayudarlos a autodestruirse. Ojalá pocos lo copien.
Porque Borges no solo inventó, como bien dices, al copista absoluto, sino también a un cardumen de copistas relativos, tanto menos hábiles, que nos dejamos llevar por la tonta tentación de imitarlo. Pero tú me hablas de Pierre Menard y de cómo lo copió Julian Álvarez con su gol suizicida. Recordarás que Messi fue Menard de su Cervantes Maradona, aquella noche frente al Getafe en que copió letra por letra el segundo gol del Diego a los ingleses. Ojalá todavía le quede aquel instinto: copiar es la consigna, mi querido, a los pocos que se lo merecen.
Y a los sanos, sobre todo, más temprano que tarde.
Te abraza,
m.
PD: este martes juega España su partido más difícil. Yo solo quiero, antes, rendir un homenaje a Lamine Yamal. Yamal nos salva: si no fuera por él la horda de racistas que cada vez se esconde menos nos estaría atronando con sus diatribas nacis. Debe ser muy humillante tener que depender de un ser que creen despreciable. Por eso, por su confusión y su amargura y su silencio, muchas gracias.









