Mientras millones de argentinos viven cada partido del Mundial con la ilusión de ver la cuarta estrella, la pasión futbolera también activa la preocupación de los pediatras.
En medio del fervor por acertar algún pronóstico, y en la previa de lo que se va a vivir el sábado frente a Suiza, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) advirtió que las apuestas online ganan terreno entre chicos y adolescentes.
Impulsadas por una combinación de fútbol, redes sociales e influencers, convierten al juego con dinero en una práctica cada vez más viralizada entre ellos.
En un documento oficial, los pediatras marcan que la Copa Mundial de la FIFA 2026 abre el campo a un escenario especialmente sensible, porque multiplica la exposición a contenidos vinculados con resultados deportivos y apuestas.
La publicidad asociada a futbolistas y a clubes, la participación de figuras influyentes por fuera del fútbol y la posibilidad de apostar desde el celular hacen que esa oferta esté presente a toda hora.
Para los especialistas, el fenómeno excede el crecimiento de una industria. Hablan de un cambio cultural.
La clave es que acerca a chicos y chicas, de una manera que aparenta “pasión”, a una actividad que en realidad está prohibida para sus edades y en una etapa de la vida en la que todavía está madurando el autocontrol.
“El riesgo aparece cuando la pasión por el deporte se transforma en una puerta de entrada fácil a las apuestas para los chicos. Se naturaliza esa conducta cuando la capacidad para controlar los impulsos, evaluar los riesgos y anticipar las consecuencias de las propias decisiones aún está en proceso de maduración“, explica a Clarín Silvina Pedrouzo, pediatra y presidenta de la Subcomisión de Tecnologías de Información y Comunicación de la SAP.
Las cifras muestran que el problema ya dejó de ser una excepción. Según la encuesta Kids Online Argentina 2025, realizada por UNICEF y UNESCO en base a 5.910 chicos y adolescentes de entre 9 y 17 años de áreas urbanas de todo el país, uno de cada tres reconoció haber apostado dinero por internet alguna vez.
La frecuencia aumenta a medida que crece la edad y alcanza especialmente a los varones de entre 12 y 17 años.
Más del 90 por ciento empezó a apostar porque un amigo lo hacía. Foto: Martín BonettoOtro dato que los pediatras consideran revelador es que el 64% de los jóvenes aseguró buscar maneras de ganar plata fácilmente a través de Internet.
Para la SAP, ese resultado refleja hasta qué punto circulan en este grupo promesas que muchas veces funcionan como puerta también a estafas digitales u otras modalidades que presentan el dinero como una recompensa inmediata y sencilla.
El documento de los pediatras también recuerda investigaciones del CONICET que ayudan a entender por qué las apuestas captan con tanta rapidez a los jóvenes.
Más del 90% de los adolescentes consultados contó que comenzó a apostar por un amigo que lo hacía. El componente grupal, la sensación de adrenalina y la posibilidad de ganar o perder plata aparecen como algunos de los principales factores de atracción.
Para Pedrouzo, el crecimiento de este consumo no puede entenderse únicamente por la existencia de plataformas cada vez más sofisticadas. También influye un ecosistema digital que mezcla entretenimiento, videojuegos, redes y deporte hasta volver casi imperceptibles los límites entre jugar y apostar.
“Lo más preocupante no es sólo su expansión por la publicidad constante y las redes, sino que se han incorporado al mundo digital de muchos adolescentes como si fueran una forma más de entretenimiento”, subraya.
Hoy las apuestas ya no son una actividad aislada o marginal, “sino plataformas diseñadas para captar la atención de manera permanente de niños y adolescentes”, señaló.
La preocupación comienza incluso antes de que un adolescente ingrese dinero a un app.
Según explica la SAP, muchos videojuegos incorporan mecanismos que reproducen elementos característicos de los juegos de azar. Las conocidas cajas de recompensa, los sobres virtuales, las ruletas, los premios sorpresa y otros sistemas de gratificación inmediata acostumbran a los chicos a “dinámicas donde siempre existe la expectativa de obtener un premio mejor con un intento más”.
Un cerebro joven que apuesta
Ese aprendizaje se da durante una etapa especialmente vulnerable del desarrollo cerebral. Los especialistas explican que en la adolescencia los circuitos relacionados con la búsqueda de recompensas y las emociones alcanzan elevados niveles de actividad antes de que terminen de desarrollarse las áreas encargadas del autocontrol, la planificación y la toma de decisiones.
Esa diferencia favorece conductas impulsivas y aumenta el atractivo de experiencias que prometen gratificación inmediata.
“Las apuestas prometen diversión y ganancias rápidas. Los adultos subestiman los riesgos y la creciente normalización hace que muchas veces se pierda de vista un aspecto fundamental. Las apuestas en línea representan una actividad prohibida para menores de 18 años”, advirtió Pedrouzo.
La entidad advierte además que el acceso resulta mucho más fácil de lo que indican las normas: “Muchos adolescentes ingresan a las plataformas falseando datos personales o utilizando documentación de adultos”.
El documento agrega que tampoco existe una ley nacional específica que regule esta actividad y que los mecanismos de verificación de identidad no siempre logran impedir esos ingresos.
Señales de alerta
Los especialistas remarcan que apostar ocasionalmente, desarrollar un uso problemático y padecer una adicción representan situaciones diferentes.
El trastorno aparece cuando la conducta deja de ser recreativa, la persona pierde el control y el juego comienza a afectar la vida cotidiana, las relaciones familiares, el rendimiento escolar y el bienestar emocional. En esos casos, el trastorno por juego de apuestas es reconocido por las principales clasificaciones internacionales dentro de las adicciones conductuales.
Pedrouzo explica que muchas veces las familias creen que los adolescentes manejan naturalmente la tecnología por haber nacido rodeados de dispositivos. Sin embargo, esa familiaridad con las aplicaciones no implica contar con las herramientas necesarias para enfrentar riesgos que fueron diseñados precisamente para captar su atención.
“Muchas veces las exigencias de la vida cotidiana, la falta de información o la falsa creencia de que los adolescentes saben manejar muy bien la tecnología hacen que los adultos relajen el acompañamiento. Sin embargo, saber usar una aplicación no significa contar con la madurez necesaria para hacer un uso crítico y saludable”, sostuvo.
El documento describe una serie de cambios que pueden funcionar como señales tempranas. Aparecen la irritabilidad cuando no pueden jugar o apostar, los cambios bruscos de humor, la ansiedad, las mentiras relacionadas con el dinero o el tiempo dedicado a esa actividad, la imposibilidad de controlar el impulso de seguir apostando y los intentos fallidos por abandonar esa conducta.
También pueden observarse un descenso del rendimiento escolar, pérdida de interés por actividades recreativas, aislamiento social, alteraciones del sueño y del apetito, dolor de cabeza, cansancio, síntomas de ansiedad y depresión, además de movimientos inexplicables de dinero en billeteras virtuales o un interés inusual por los resultados deportivos.
En situaciones más avanzadas, ejemplifican, pueden aparecer pedidos reiterados de dinero.
La pediatra subraya que el verdadero riesgo aparece cuando las apuestas comienzan a desplazar otras actividades que antes ocupaban un lugar importante en la vida cotidiana del adolescente.
“La preocupación aparece cuando la conducta comienza a ocupar un lugar cada vez más importante en su vida y desplaza actividades que antes resultaban significativas. Cuando deja de ser una elección y empieza a convertirse en una necesidad”, afirmó.
Los especialistas destacan que la detección temprana cambia el pronóstico. “Existen mayores posibilidades de intervenir y evitar consecuencias más graves, cuando todavía el problema no está instalado”, aclaran.
Por esa, la SAP plantea que las consultas pediátricas incorporen preguntas sobre hábitos digitales y posibles consumos problemáticos vinculados con las apuestas.
El papel de las escuelas también es central. La SAP cree que las instituciones educativas pueden “fortalecer el pensamiento crítico, las habilidades socioemocionales y la educación para un uso responsable de las tecnologías”. Aunque las familias siguen ocupando un lugar insustituible en la construcción de hábitos.
Para Pedrouzo, la prevención no pasa únicamente por prohibir aplicaciones o instalar controles parentales. El desafío es “acompañar sin juzgar”, para que desarrollen criterios propios frente a un ecosistema digital que ofrece recompensas permanentes.
“Ningún control parental puede reemplazar la presencia de un adulto atento y disponible. Que sepan que pueden recurrir a ellos cuando enfrentan un problema o necesitan ayuda”, concluyó.
Otro punto es que exista una alternativa a las pantallas. Cuantas más experiencias significativas encuentre un adolescente fuera del entorno digital, dice la SAP, “menor será la necesidad de buscar gratificación exclusivamente en plataformas diseñadas para mantenerlo conectado”.









