retrato del egipcio que puede complicar a la Scaloneta

retrato del egipcio que puede complicar a la Scaloneta


En el Mundial más mirado y documentado de la historia hay una ceremonia a la que ningún teléfono o lente puede acceder: el instante de la conversación de Mohamed Salah con Dios.

El gol ya ocurrió, los compañeros abrazan al delantero de los más de 300 goles, pero él se desprende, corre unos metros y baja la cabeza. Mientras otros convierten cada celebración en una coreografía diseñada para las redes sociales y para el “afuera”, el extremo derecho se mete en su caparazón espiritual, un acto íntimo, privado, del que pocos toman dimensión.

Lleva el nombre más usado de la Tierra, el más “gastado”, que en árabe significa alabado. Como Mohamed Ali (nacido Cassius Clay), Salah flota como mariposa, pero pica como abeja.

El pasaporte de la figura de la Selección de Egipto carga con una cadena de 29 letras, un linaje entero. Su nombre completo es Mohamed Salah Hamed Mahrous Ghaly, aunque algunos compañeros resumen el asunto kilométrico con un apodo brevísimo, “Mo”.

Tal vez sepa que en la Selección argentina utilizan palo santo y agua bendita, pero él tiene su propio método para ayudar al don y acomodar el destino a la planta de su pie. Practica meditación y visualización mental antes de cada partido, un rito que empezó en Italia, cuando jugaba en Fiorentina y Roma.

Bien focalizado, “El Faraón” no cree en brujas, magia ni hechicería. Le alcanza con encomendarse a Alá y dejar que su Dios obre. Sus celebraciones son fruto de esa relación íntima con la religión. La mayoría de las veces que convierte, pone el práctica el Sujud, el acto islámico de postrarse con la frente en el suelo, en sumisión, en señal de absoluto agradecimiento a Alá.

Hubo un gol inolvidable que resume ese sentir de Mohamed. Fue el 8 de octubre de 2017, cuando anotó de penal en el minuto 95 contra el Congo. En ese tanto agónico en una victoria por 2-1 que aseguró el boleto de Egipto para la Copa del Mundo de Rusia 2018 (tras una sequía de 28 años sin clasificaciones mundialistas) el delantero se abraza con medio mundo y después se apoya su cabeza en el césped en un gesto de humildad espiritual.

El jugador de 34 años al que suelen representar humorísticamente con nemes como Tutankamón (nemes: dícese del tocado de tela a rayas azules y doradas que suele asociarse con los faraones) cumplirá en septiembre 15 años con su selección. No se cansa de repetir que el talento es un préstamo y la gloria deportiva, la consecuencia de la voluntad de la deidad suprema.

Su fuerte sentimiento de fe lo lleva a que gran parte de su fortuna sea destinada a obras benéficas. Los medios europeos dan cuenta de escuelas y hospitales financiados por “El rey futbolístico de Egipto”. La riqueza puesta al servicio, por ejemplo, de sus pagos, en Nagrig, en el delta del río Nilo, Egipto, un pueblo agrícola de Garbhia.

Pero hay algo más complejo en la convicción religiosa de este exquisito extremo derecho y es enhebrar varios preceptos con lo deportivo. Decenas de veces tuvo que cumplir con el Ramadán, período sagrado del Islam, el mes de máxima espiritualidad, en medio de su carrera profesional. Esto implica ayuno para los musulmanes (además de no tener relaciones sexuales) y un tiempo dedicado a la oración, la reflexión, la autodisciplina y la solidaridad. No es extraño que Salah se entrene en ayunas, como fue en el caso de las horas previas a la final de la Champions League 2018 (Liverpool- Real Madrid).

Su juego representa una forma particular de visibilidad musulmana. Practica su religión de manera pública, pero sin convertirla en bandera exagerada. El hombre y su fe en medio de un deporte cuya religión es el fútbol.

El Pelusa del Nilo

Es el Maradona de los egipcios, se lo puede comparar también desde sus orígenes humildes, de dónde salió y a lo que llegó. Tiene mucha potencia, es muy vivo para jugar y aunque tiene una impronta propia, tiene algunas cosas de El Kun Aguero y de Julián Álvarez”, cuenta a Clarín Marcelo Tursi, un entrenador argentino que vive en Gobernación de Gharbia, a 30 metros de donde nació Salah.

Tursi, que llegó hace dos años para ser DT de una academia (Target Sports) en la que forma a 160 chicos, es uno de los pocos argentinos que viven el fenómeno Salah in situ. “No llegó a jugar en el Al-Ahly y el Zamalek, el Boca y el River de acá, a los 20 años ya se fue a Suiza (Basel), pero se lo ama y se lo respeta mucho en un país muy futbolero. Él respeta su religión y los pilares de ella y es muy respetado también por cristianos. En Egipto conviven bien un 90 % de musulmanes y un 10% de cristianos”.

Tursi cuenta que el gran dilema es dónde jugará Salah después del Mundial. “Se acaba de ir de Liverpool, rompió relación y acá se habla de las grandes posibilidades de que vaya a un club italiano o de Arabia Saudita”.

En acción hace unos días, emocionado por enfrentar a la Argentina. (Reuters/Anne-Marie Sorvin).

El diez egipcio se enfrentará este martes a una Selección que le reza a la Virgen de Luján desde tiempos de Carlos Bilardo. Lo hará con esa tranquilidad que -jura- le aporta el mindfulness. “Lo hago a veces cuando me despierto. Me siento al borde de la cama o al borde de una silla y me siento derecho, con la espalda recta. Cierro los ojos y visualizo lo que quiero lograr”.

En una entrevista para su club Liverpool, contó sin vergüenza esa práctica que lo ayuda a “una mentalidad de elite”. La meditación no borra el miedo cada vez que sale a la cancha, sino que legitima la aceptación para usar el el temor “como espada protectora”.

Las crónicas sobre su infancia insisten en lo mismo: el viaje. A los 14 años, podía pasar entre cinco y diez horas diarias en transportes para ir entrenar con El-Mokawloon El-Arab y Arab Contractors SC. Trasbordos, siestas en colectivos, colección de boletos. Salía después de la escuela y volvía a casa de noche.

Su relación con los argentinos viene de larga data. Fue compañero de Alexis Mac Allister durate 122 partidos y reconoce haber aprendido mucho de Héctor Cuper, entrenador de la selección egipcia entre 2015 y 2018. Lionel Messi/Gabriel Batistuta/Alexis MacAllister. Según declaró, esos tres integran su podio preferido de futbolistas rioplatenses de todos los tiempos.

Los fanáticos de Salah en Seattle. (Foto: REUTERS/Carlos Barria).

Buena parte de los 119 millones de habitantes de Egipto, cuna de una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad, tendrán sus ojos apuntados a Salah este martes 7 en que “gauchos y faraones” se crucen en octavos de final. La esperanza está principalmente en él. “Ellos tienen a Messi, nosotros tenemos a Mohamed Salad y a 26 Messis”, provoca en la previa Ibrahim Hassan, asistente técnico de la selección egipcia  y hermano del entrenador Hossam Hassan.

Con la misma naturalidad con la que desarma defensas, el barbudo seguirá desarmando un poco la idea de estrella global, de estereotipo de futbolista millonario a la que estamos acostumbrados. Juega esta Copa del Mundo con la tranquilidad del que sabe que hay un dios esperándolo unos metros adelante. Está convencido de que a los hilos los mueve otro, él es apenas un instrumento de algo superior que ensaya a través de él.