Ni los tifosi más optimistas podían imaginarse la metamorfosis que ha hecho Lewis Hamilton en su segundo año como principal reclamo de Ferrari, el equipo más universal del mundo de las carreras y, desde este invierno, una máquina revitalizadora. En solo unos meses, Hamilton ha pasado de languidecer como un alma en pena a convertirse en el alma de la fiesta, subido a un coche que hace dos grandes premios, en Montmeló, fue capaz de agrietar la tiranía de Mercedes y estrenar su casillero de triunfos enfundado en el mono de la Scuderia.








