Esto, querido lector, es una correspondencia entre dos de las grandes plumas de las letras hispánicas. Martín Caparrós y Juan Villoro, amigos y fanáticos futboleros, iniciaron una conversación –íntima y pública al mismo tiempo– con la excusa de la celebración del Mundial de Qatar, en 2022. Ahora, cuatro años más tarde, retoman esa misma serie, titulada ‘Un mundial de ida y vuelta’, para seguir con idéntica pasión el día a día de este otro Mundial que acogen EEUU, México y Canadá.
Martín querido:
Sé que recorriste el desierto en camello, que comiste sopa de perro en Corea y que remontaste el Amazonas en una barca sin camarote, pero no sé si esos asombros te prepararon para el partido Argentina 3-Cabo Verde 2.
A veces la derrota es una extraña forma del triunfo. Cabo Verde salió del Mundial como un equipo grande. En cuatro partidos, Vozinha, electricista de cuarenta años, se convirtió en un portero legendario. Sus proezas fueron complementadas por el defensa central Lopes (¡encontrado por la selección en LinkedIn!) y por Lopes Cabral, que anotó el mejor gol del torneo.
Como siempre, Argentina dependió en exceso de Messi, que despacha prodigios caminando. Su calidad pone en evidencia a los demás; lanzó un pase perfecto de cuarenta metros que Nahuel Molina no pudo controlar en el área. Messi inicia jugadas que solo él podría concluir. Anotó un gol con impecable control de la pelota y dio una asistencia. Solo con este recital, y con la enjundia de los defensas que subieron a anotar, Cabo Verde pudo ser vencido.
Imagino tu nerviosismo en la madrugada de Madrid y espero con ansias tu respuesta. Escribimos en horarios desfasados sobre un Mundial disperso, que se concibió al modo de un videojuego, con cambiantes escenarios. Esa realidad alterna es articulada por el jet de Infantino y su rastreable huella de carbono.
Tienes razón: el fútbol ha perdido “tolerancia con los físicos”. Pedri, cuya fuerza depende del buen toque, es una figura en peligro de extinción. Lo extraño, lo notable, es que aún tiene imitadores. El que más me importa se llama Gilberto Mora y juega para México. Debutó en el Mundial como Pelé, repartiendo magia a los 17 años.
Pero el proceso de unificación industrial del fútbol no solo atañe a los jugadores. También se perdió diversidad en las tribunas. Tú extrañas al “portero gordito” y al “petiso rápido”. Lo mismo podemos decir del público: ya no vemos al oficinista que sacrificó su quincena por un boleto ni al repartidor de leche que vendió su bicicleta para ir al estadio.
El gran desafío del aficionado consiste en ingresar a un mundo apartado de la norma. El fútbol ha desatado una singular “economía del acceso”. Se necesitan muchos contactos, mucho dinero o muchos likes para ocupar un asiento.
Bilardo acertó en muchas cosas; una de ellas, que África era el futuro del fútbol. El problema es que sigue siendo el futuro. Costa de Marfil, Congo y Senegal se pusieron en ventaja, pero no supieron administrar el resultado. Su ADN se resiste a ese trabajo de contaduría. Fueron eliminados por Noruega, Inglaterra y Bélgica. Europa combate la creatividad con pragmatismo, imitando en la cancha a la política, donde los ministros de Economía le quitan presupuestos a los de Cultura.
El año pasado vi con mi hija Inés la película Chinatown. Ella tenía entonces 25 años e hizo un comentario que no olvidé: “Me gusta ver películas de cuando la gente tenía caras naturales”. Como te imaginarás, ha crecido viendo estrellas modificadas por el bótox, el colágeno y los liftings.
Algo semejante se puede decir del fútbol contemporáneo. ¿Te acuerdas de cuando era natural? Vuelvo al tema del VAR. El partido entre Portugal y Croacia no se juzgó en el césped sino en la pantalla. Dos goles se anularon por fuera de juego, uno por bando, lo cual canceló un imponente gesto técnico de Cristiano Ronaldo. En ambos casos, los infractores no obtenían ventaja real por los centímetros que habían ganado. Además, un penalti rigorista favoreció a Portugal. En la televisión mexicana, un experto consideró que la jugada era legítima y otro exigió la pena máxima.
Esas tres decisiones crisparon los nervios, pero aún faltaba la peor. En el minuto 103 se anuló una anotación de Gvardiol por un supuesto fuera de lugar previo. La jugada ocurrió así: el croata Mario Pašalić recibió un balón rebotado por el portugués Renato Veiga, pero que, según el VAR, venía de la cabeza de Matanović. El balón Adidas Trionda está equipado con el sensor Connected Ball que permite detectar contactos. En apariencia, un mechón de Matanovic activó esa alarma. Sin embargo, el dato no fue definitivo porque el juez de campo tuvo que revisar la jugada. El árbitro noruego invalidó el gol por una falta imposible de percibir con ojos humanos.
Cuando el fútbol era natural, estas cuatro jugadas —y especialmente la última— se habrían resuelto de otro modo. Hemos perdido contacto con el fútbol vivo; dependemos de un juicio forense, que analiza en la pantalla naturalezas muertas.
Para colmo, se insinúa un patrón preocupante. Irán y Haití, que no le importan a la FIFA, fueron perjudicados por el VAR. En cambio, la máquina ama al poderoso Portugal, que se salvó de la derrota ante Colombia por un milagro telegénico. Davinson Sánchez anotó el gol que significaba la victoria, pero, luego de largos minutos, la tecnología encontró un centímetro de zapato fuera de lugar. La misma imagen, juzgada una fracción de segundo antes, ponía el zapato en posición correcta. Está visto que la tecnología no se usa de manera neutra.
Gracias por los buenos deseos para el partido de México. Inglaterra puede ser superada, pero hasta el momento Harry Kane no lo ha sido. Esperemos que, ante el sonido y la furia del Estadio Azteca, el ariete caiga, como el atribulado Hamlet, sin más palabras que “lo demás es silencio”.
Te abraza
Juan








