Las dinámicas de la polarización | Iberoamérica democracia

Las dinámicas de la polarización | Iberoamérica democracia

Los dos procesos electorales presidenciales más recientes celebrados en Colombia y Perú, junto con el que tuvo lugar el año pasado en Honduras, han producido resultados muy cerrados, con diferencias mínimas entre los candidatos que compitieron en las segundas vueltas. Los triunfos exiguos generaron situaciones de tensión máxima con denuncias por irregularidades, la extensión de un amplio sentimiento de agonía, euforia para los vencedores y desánimos para los derrotados. La polarización ha vuelto a definir el escenario. Sin embargo, esta realidad, por recurrente, amerita una reflexión más sosegada para poder entender lo acaecido desde una perspectiva distinta.

Hay al menos cuatro factores que deben ser considerados. El primero tiene que ver con el diseño institucional de los comicios, que busca la mayoría absoluta de la candidatura ganadora y, salvo en casos excepciones, lleva a una segunda vuelta electoral, reduciendo el terreno de la competición a las dos candidaturas más votadas en la primera vuelta. En la segunda vuelta se dirime la victoria con la lógica estadística del “cara o cruz”, por la que la probabilidad más plausible tiende a dibujar un escenario del 50% para cada candidatura. En puridad esa es la tendencia inequívoca, mientras que aquella que se aleje de ese empate es la anomalía.

Frente a la lógica de la proporcionalidad, que busca la representación más equitativa de las distintas sensibilidades u opciones, la de la mayoría -y más si se fuerza con la segunda vuelta- impulsa la configuración de amplias mayorías, que no sigue siempre una racionalidad única, sino que suma sesgos de naturaleza distinta. Las diferencias sociales, étnico-culturales, económicas, territoriales e ideológicas comportan crisoles. De acuerdo con las fracturas en esa tendencia que la probabilidad conlleva, son bastante coherentes los resultados de la segunda vuelta presidencial en los tres países citados.

Un segundo factor explicativo reside en la lógica inherente a todo proceso electoral que posee cierto componente sancionador, o, si se prefiere, evaluador de la gestión del gobierno saliente. La democracia es un tipo de régimen político por el que un gobierno puede ser desalojado del poder a través de la expresión de la voluntad popular. Esa viene a ser la regla de oro de su funcionamiento formal en último término. En Honduras, Perú y Colombia los resultaros dieron como ganadora mínima a la fórmula opositora.

En tercer lugar, es bien sabido que el modelo presidencialista personaliza el proceso electoral en mayor medida que el parlamentario. En este último es el Poder Legislativo quien se convierte en la instancia electiva. Lo que está aconteciendo en estas fechas en el panorama británico es un claro ejemplo: el primer ministro Starmer se enfrenta a un inminente desafío a su liderazgo por parte de Andy Burnham, exalcalde del Gran Manchester, elegido diputado hace muy poco en una elección parcial en su distrito al reemplazar una baja.

La personalización en el seno de la liza presidencial da pie a la configuración de campañas electorales donde los asesores desarrollan relatos y estrategias publicitarias con un fuerte componente de antagonismo. La cancelación del otro es el camino a seguir, así como resaltar puntos sensibles para la opinión pública, como pudieran ser temas referidos a la inseguridad, la inmigración o la ausencia de servicios básicos. También lo son otros vinculados a la trayectoria individual de las candidaturas. La trayectoria pasada con relación a la política, el tipo de capital social arrastrado y la imagen son materiales con los que invadir las redes sociales, convertidas en el medio por excelencia de llegada al electorado.

En cuarto y último lugar, frente al tipo de polarización ideológica extrema cuyo ejemplo se puede situar en Chile entre 1970 y 1973, la situación actual se ubica en la lógica del momento complejo de posdemocracia en que nos hallamos. En un escenario de desaparición de los partidos políticos en los términos clásicos conocidos hasta hace relativamente poco tiempo y su sustitución por proyectos digitales, la candidatura presidencial adquiere una configuración de personalización extrema que es artificiosamente construida bajo el imperio simplista de la estricta dualidad. La realidad se configura en torno a un esquema binario que se asemeja al modelo aprendido de reacción por el que se aprueban o desaprueban los mensajes de forma cada vez más inmediata y atendiendo siempre al remitente previamente categorizado bajo el título de amigo o enemigo. Poco importa que el Poder Ejecutivo así elegido tenga que lidiar con un Legislativo poco amigable y, menos aún, que a la hora de distribuir las carteras ministeriales la improvisación y la arbitrariedad sean la dinámica de su actuación.

La polarización se convierte de este modo en un término de moda de sesudos analistas o en un divertimento frívolo de ciertos programas emitidos por los medios de comunicación tradicionales en horas de máxima audiencia. Algunos influencers contribuyen a hacerlo todavía más banal al ser el soniquete de sus peroratas. Ante el aparatoso ruido originado, la gente, angustiada, acude a votar por soflamas de contenido muchas veces vacío, aunque ruidosas y vistosamente engalanadas. Si bien el contexto de lo que sucede en el ámbito de cada país es muy diferente, hay un componente generalizable en esta situación. El público deja de lado los problemas reales que lo afectan en su cotidianeidad, y cuya irresolución continuará minando su confianza en las instituciones, e incrementa el alejamiento de una clase política irresponsable de la que recela. En este contexto, las dinámicas de la polarización deben cobrar su enredado sentido.