En la vida hay cosas que se dan de la manera más inesperadas. Circunstancias que terminan desencadenando una catarata de situaciones que pueden tener la consecuencia más impensada. El famoso aleteo de la mariposa en Brasil que provoca un tornado en Texas.
Esta vez, todo empezó por una fractura de tobillo de Cristina Fernández de Kirchner. Ese aleteo terminó derivando en un tornado que les salvó la vida a centenares de personas en la Patagonia profunda, en un proyecto médico inédito en la Argentina.
Primero, el final, el tornado: Cardiopatagonia es un proyecto que involucra a más de 20 cardiólogos, la mayoría de Capital y Gran Buenos Aires, que viajan periódicamente a los lugares más remotos de Santa Cruz para atender pacientes, en lo que se llama itinerancia. Esto no es nuevo, y de hecho hay muchos médicos que van a hacer asistencia a lugares perdidos de nuestra geografía.
Pero lo inédito de este proyecto, que crearon Eduardo Filipini y Oscar Agustoni, es que se complementa con dos formas de la telemedicina: la teleconsulta (la consulta virtual que descubrimos en pandemia) y el telemonitoreo (el seguimiento del paciente en el tiempo entre consultas).
Esto le dio la posibilidad de escalar en el tratamiento y seguimiento de los pacientes, detectando patologías cardiológicas a tiempo y derivando para intervenciones quirúrgicas en el caso de que sea necesario. Una combinación exacta de tecnología y humanidad, poniendo al paciente en el centro.
Y para entender el tornado, el aleteo. En diciembre de 2014, Cristina se fracturó un tobillo en su casa de Río Gallegos. En esa época estaba en una tensa relación con el ex gobernador Daniel Peralta y Fernández de Kirchner —en su rol de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas— recurrió al Hospital Militar de Río Gallegos.
Pero lo que no sabían Cristina y la Unidad Médica Presidencial es que el Hospital Militar funcionaba casi como un centro de salud primaria, sin especialistas ni gran complejidad. Entonces, la mandataria dio la orden de que en un plazo de tres meses el hospital tuviera médicos militares especialistas.
La orden llegó al Hospital Militar Central en Buenos Aires. Y desestabilizó a todos porque había que darles a varios especialistas un pase no previsto a Santa Cruz. En el servicio de cardiología había 14 cardiólogos. Por distintas razones, ninguno podía cambiarse repentinamente de unidad y no hacerlo implicaba tener que pedir la baja por incumplimiento. Así que quien decidió dar un paso adelante fue Agustoni, el jefe de residentes. Hizo las valijas para viajar a la Patagonia y tomó su lugar el instructor de residentes, Filipini.
En Río Gallegos, Agustoni se dio cuenta de la gran demanda no atendida de los pacientes en el área cardiovascular, que en muchos casos no podían tener acceso a la consulta con especialistas. “En esa época, yo estaba realizando el fellow de ultrasonido cardiovascular en el ICBA y, en una charla ocasional, acordé ir a visitarlo, hacer algunas ecocardiografías y enseñarle, con la promesa de que me iba a llevar a pescar al famoso Río Gallegos. Oscar no había pescado en su vida pero yo soy de Zárate y crecí con una caña en la mano sobre el Paraná”, recuerda ahora Filipini.
En 2016 fue a visitar a su amigo y a atender pacientes. Y, por una cadena de favores, terminaron pescando y sacando una trucha plateada de ocho kilos, que devolvieron sana y salva al río. Eduardo volvió todos los meses a trabajar con su amigo, haciendo los dopplers cardíacos y vasculares que le enseñaban su formación. “Nos pasábamos dos o tres días encerrados todo el día viendo pacientes. Teníamos que ser productivos para poder pagar el vuelo y toda la logística”, relata.
La consulta presencial en el puesto sanitario de Tres Lagos. Foto CardiopatagoniaUn año después, se enteraron de que en El Calafate también había mucha necesidad también de atención. Y ahí nació la idea de la UCRE: la Unidad Cardiovascular Remota. “La denominamos así, mitad en serio, mitad en broma, y quedó hasta hoy”, dice.
Esa idea fue transformadora. Al igual que el nombre, su funcionamiento también persiste, casi una década después. El modelo UCRE se aplica en hospitales, pero también en salitas médicas en lugares recónditos de la provincia. Allí, una enfermera recibe al paciente, le hace un electrocardiograma, le toma los signos vitales y lo ausculta con un estetoscopio electrónico.
Un especialista, desde Buenos Aires, realiza una teleconsulta y, en caso de ser necesario un holter o una tomografía, se lo pide. Cuando el médico viaja a Santa Cruz, tiene una consulta presencial con un examen físico y un doppler cardiovascular. Y después, sigue el telemonitoreo (utilizan una app para el control continuo), con teleconsulta periódica según cada caso.
“Cuando ya tenés todos los datos, si el paciente no tiene ningún cambio significativo en los síntomas, no necesitás la consulta presencial. Seguís a un paciente crónico con turnos rápidos, bien atendidos, y hoy la tecnología te permite tener buena imagen y sonido como si tuvieras el médico adelante. Además, te sigue el mismo médico y te conoce”, explica Filipini para describir el mix entre lo tecnológico y lo humano que distingue a este modelo.
Filipini, en la guarnición Rospentek, la más austral del Ejército Argentino. Foto CardiopatagoniaFilipini comparte datos de impacto: casi 6.000 consultas presenciales anuales, 900 teleconsultas y 9.000 doplers. Y también acumula, detrás de esos números, historias de un montón de personas a los que realmente les cambió la vida, que de otro modo no habrían podido acceder a una consulta con una especialista o lo habrían hecho tarde.
Por ejemplo, Domingo Avilés, un “gaucho” de la zona de la precordillera del Lago Posadas, al que le vienen siguiendo su enfermedad coronaria. O Eduardo Roldán, de Comandante Piedrabuena, que es paciente desde 2017 por una valvulopatía. “En estos nueve años evitó decenas de derivaciones… Sólo se lo derivó en el momento de la cirugía”, remarca.
Los médicos Filipini y Florencia Barrios con el paciente Domingo Aviles. Foto Cardiopatagonia
Eduardo Roldán, un paciente de Filipini que evitó decenas de derivaciones con este modelo de atención. Foto CardiopatagoniaComparte sus fotos, y también la de otro paciente en la habitación del hospital en Buenos Aires, después de operarse tras un traslado. “A los que vienen a operarse a Buenos Aires siempre los visitamos en su habitación. 15 minutos para hablar con el médico tratante, lo cambia todo: para ellos es la cirugía de sus vidas y sentirse acompañados en este momento genera una conexión muy sólida. Esto lo hacemos sin costo e independientemente de su obra social”, explica el médico.
Y sigue apilando historias: “Cuidamos a nuestros camaradas de unidades militares desde hace años, por ejemplo en la Rospentek, la guarnición más austral del Ejército Argentino. Y en los aeropuertos del interior nos reconoce, agradecen y son pacientes nuestros. Nos ayudan con la logística o información para que podamos llegar”.
La visita médica obligada a un paciente trasladado a Buenos Aires. Foto Cardiopatagonia
El mismo paciente con sus médicos, ya recuperado en El Calafate. Foto CardiopatagoniaPorque el trabajo de Cardiopatagonia es arduo. Los especialistas llegan en avión hasta Río Gallegos, y desde allí, según dónde deban atender, tienen que manejar en camioneta, “nuestra batata inestable pero low cost” por más de cinco horas por rutas que son “muy rústicas”, y en algunos casos ni siquiera delimitadas, con tramos con baches “que te pueden hacer romper el auto”, más la complicación del viento y el riesgo de los guanacos que se cruzan todo el tiempo.
“En invierno es muy difícil manejar, la ruta ni se ve y vamos manejando por el Waze. No es por lo económico, porque la obra social no me paga más por atender ahí que en Río Gallegos. Lo hacemos por una cuestión social”, dice el médico, y trae varias veces un concepto que es uno de los motores de los médicos que trabajan en Cardiopatagonia: el salario emocional, ese agradecimiento infinito de los pacientes que saben del enorme esfuerzo que hacen para estar ahí y que, afirma, es invaluable.
La “batata low cost” como llama Filipini a la camioneta con la que recorren Santa Cruz. Foto CardiopatagoniaCardiopatagonia no recibe ningún apoyo provincial y se financia con el pago de la consulta de los financiadores de sus pacientes, como cualquier médico en Capital. “Tuvimos y tenemos mil problemas logísticos y dificultades económicas para mantener la red, pero siempre y de algún modo se destraba. Hemos abaratado costos de transportes y alojamiento, con ayuda de instituciones, vecinos y colegas”, cuenta.
“Hacemos teleconsulta todos los días más los 10 días que estamos presentes más el sostén de guardia de modo virtual, porque estamos conectados con los médicos de guardia para que a cualquier paciente complejo lo podamos derivar a tiempo”, destaca Filipini, quien cree firmemente en el potencial de la telemedicina: de hecho, es miembro fundador del Consejo de Salud Digital de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y compartió la experiencia de Cardiopatagonia con cardiólogos de todo el país en el IV Meet Up de Salud Digital que la SAC hizo el mes pasado en Salta.
Filipini sueña que este modelo se pueda replicar en otras provincias, pero también que esta esta experiencia que se construyó como “un proyecto entre amigos” sirva de inspiración a las nuevas generaciones de médicos. “Que sepan que tienen un país enorme donde pueden desarrollar una hermosa profesión y evitar quemarse con multi trabajos de las grandes ciudades, o que vean como única alternativa irse del país”, enfatiza.








