Compartir, para evitar el tsunami

Compartir, para evitar el tsunami


Cuando mis hijos -Julián y Cata- eran bebés yo los recostaba sobre mi hombro y les hablaba. Mucho. Les contaba cómo nos queríamos, a qué íbamos a jugar cuando fueran un poco más grandes, la ilusión que me daba ser su padre. Obvio, ellos no entendían nada. O sí: una personita de días ignoraba el contenido, pero no el tono:cercanía, afecto, unión, cobijo, cuidado. Algo de esa nube de sentimientos -estoy convencido- les brindó la certeza de que no se moverían solos por el mundo.

Cuando se habla de nueva masculinidad creo que también pensamos en esto. Los varones -sabemos- hemos sido criados con la idea de que no se comparten sensaciones demasiado íntimas. Fútbol, política, mujeres en general más que en particular, temas de trabajo. Los desgarros o los proyectos personales suelen quedar lateralizados, quizás intuidos como algo tácito. Agradezco poder hablarlos. A menudo no son grandes revelaciones pero sí las dudas que nos atraviesan y, de tanto en tanto, el pudor no nos permite compartirlas. Hace bien sacarlas, no cargar con el peso.

Por eso vale la pena “dialogar” con los bebés y con los que ya no lo son tanto. Cuando algo no se habla, se agiganta, es como un pequeño temblor que se convierte en tsunami. Y me gusta enseñar a evitarlo.