Las urnas dejaron esta semana novedades de relevancia de largo plazo en una América Latina cuyo mapa ideológico se va tiñendo con los tonos de las nuevas derechas radicalizadas. El escenario regional suma ahora dos nuevas piezas a un tablero que contrasta fuertemente con el de hace apenas dos décadas.
En Colombia, el outsider Alberto de la Espriella se convirtió en sucesor del izquierdista Gustavo Petro tras absorber el voto de toda la derecha tradicional, incluida la más dura representada por el expresidente Álvaro Uribe. En Perú, Keiko Fujimori -hija de Alberto Fujimori- coronó finalmente su cuarto intento de llegar a la presidencia.
Ambos casos presentan similitudes que dicen mucho sobre el momento que atraviesa la región. Los triunfos de De la Espriella y Fujimori llegaron en segunda vuelta, por márgenes muy estrechos, en procesos electorales cuestionados y frente a adversarios de izquierda claramente definidos, que polarizaron fuertemente al electorado, aunque no precisamente en torno a cuestiones económicas o de desarrollo.
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Como nos explicó Julio Velarde, factótum de la estabilidad macroeconómica peruana al frente del Banco Central desde 2006, esa faceta del país ha sido posible “pese a los avatares políticos” de los últimos años, que vieron sucederse gobiernos de signos opuestos en un contexto de profundo descrédito de la política. Al igual que en Colombia, la seguridad fue el tema dominante de la campaña de Fujimori.
Pero existe otra asociación, en clave regional, igualmente relevante: ambos presidentes electos expresan de manera enfática su adhesión a la estrategia continental impulsada por Donald Trump y a su corolario, una Doctrina Monroe renovada para contener ya no la influencia europea, como en el siglo XIX, sino la de China.
“Es la seguridad, estúpido”, le advertirían a Bill Clinton
Colombia y Perú reafirmarán así el compromiso de una decena de países latinoamericanos -entre ellos la Argentina- con la iniciativa del “Escudo de las Américas”, mediante la cual la Administración Trump ha instrumentado la Doctrina Monroe en materia de seguridad y en una renovada lucha contra el crimen organizado vinculado al narcotráfico.
Por otra parte, resulta inevitable advertir una “herradura” de derecha que comienza a cerrarse sobre Brasil, país que el izquierdista Lula da Silva intentará seguir gobernando tras las elecciones presidenciales de octubre. Allí, en otro escenario de fuerte polarización, también será sometida a examen la intensa confrontación que mantuvo este año con Trump.
Al margen de cuánto pueda modificarse la dinámica hegemónica regional de Estados Unidos si Trump sufre un revés en las elecciones legislativas de medio término de noviembre, Washington continúa consolidando un mapa político a medida de su “patio trasero”, como pocas veces logró hacerlo desde los tiempos de las dictaduras de la Guerra Fría.
En ese contexto, parece oportuno reflexionar desde nuestros países acerca de dónde debe comenzar el diseño de una política exterior. ¿Debe partir de nuestros propios intereses y estrategias o seguir el compás de un nuevo movimiento del péndulo? Este último no hace más que exponer la ausencia de un posicionamiento regional equilibrado y sostenible en un mundo cada vez más desordenado, donde las grandes potencias vuelven a practicar el antiguo juego del reparto de influencias.








