En la esquina de Tiscornia y Primera Junta, en San Isidro, Jonathan arranca su última vuelta del día en el 60. Su jornada empezó a las 5 de la mañana y termina justo con el partido entre Argentina y Austria por la segunda fecha del Mundial de Fútbol de Estados Unidos, México y Canadá. Por eso, hoy es uno de esos días en los que trae la camiseta celeste y blanca.
“Pensé que no iba a viajar nadie pero hay mucho movimiento”, dice el chofer de 38 años, que hace un año maneja en la línea. Antes trabajaba en otra empresa de transporte que une Constitución con Cañuelas.
A pocos metros de la cabecera de la 60 en San Isidro hay un kiosco repleto de banderas, gorritos y cornetas argentinas y una casa de oración, donde los fieles suelen pedir por salud, trabajo y por qué no por una victoria de la Selección Argentina. El colectivo arranca el recorrido mientras Messi y compañía entonan el Himno Nacional en Dallas, y otra vez se enciende la ilusión.
Unos minutos antes de las 14, antes de llegar a la avenida Centenario, Jonathan sintoniza la transmisión del partido. El sábado podrá ver el próximo partido ante Jordania, pero este lunes le toca trabajar.
Las primeras pasajeras son cinco mujeres de distintas edades. Algunas suben apuradas, otras se acomodan junto a la ventana con su celular. De a poco el colectivo empieza a llenarse. Diez minutos después aparece el primer hombre. Se llama Claudio y sube con la misma resignación que los demás pasajeros.
“Uno tiene que trabajar, no queda otra. Justo tengo una reunión durante el partido. Igual lo sigo con el celu”, dice.
En la intersección de Santa Fe y Santiago del Estero, en Martínez, ya son 22 personas arriba del colectivo. Todos los pasajeros tienen la cabeza gacha mirando su celular. Nadie mira por las ventanas, nadie presta atención al recorrido ni al tránsito.
El 60 se adentra en las calles de La Lucila, Vicente López. De repente, alguien rompe el silencio: “¡Penal!“. El hombre discute la jugada con su compañera hasta que se escucha: “Lo cobró”.
“Lo gritamos todos”, advierte una señora desde otro asiento. Aunque la ilusión dura poco. Lionel Messi le pega y la pelota se va afuera.
“Me quiero matar”, dice el mismo pasajero. Mientras tanto, Jonathan aprovecha una parada para revisar la grilla con los horarios que debe cumplir en cada parada. “Venimos bien”, aclara.
Hay tráfico en las avenidas. En un semáforo se detiene otro colectivo que lleva una bandera argentina desparramada sobre el parabrisas y toca bocina. La actividad sigue, pero el sentimiento por Argentina está siempre presente.
Dos personas siguen el partido en la calle.A los 15 minutos del partido, el colectivo entra en Olivos. Hay menos gente caminando por la zona y muchos locales están cerrados. Sobre la calle Maipú, en una casa de electrodomésticos están todos los empleados vestidos con camisetas de Argentina mirando el partido. Incluso, se suma alguno que otro cliente distraído.
Unos metros más adelante, dos chicos sentados en la vereda siguen el partido con un celular. No importa cómo ni dónde, pero los hinchas argentinos están pendientes del equipo de Scaloni. “Ésta parada (Cabildo y Congreso) suele estar llena de gente y no hay nadie hoy”, comenta Jonathan.
Los jugadores, gigantes en los carteles
De repente, aparece una gigantografía de Lionel Messi. Y alguien del fondo pega un grito: “Vamos Leo”.
“Quiero llegar a ver el segundo tiempo” dice Gabriela, una pasajera que sube apurada. En el ingreso a Belgrano suelen subir más de 20 personas y hoy está Gabriela sola.
Unos pasajeros discuten sobre el partido. “Está salado Lautaro”, dice uno. Y el otro le responde: “Si, tiene que entrar Julián Álvarez”. Y entonces sucede lo que todos estaban esperando. “Goooool”, grita el chofer. Argentina 1 vs 0 Austria.
Los pasajeros lo gritan desde su asiento. Hay brazos en alto, puñitos y aplausos. El fútbol inyecta esas dosis de alegría instantánea hasta en el colectivo más gris, un lunes de invierno en Buenos Aires.
Messi en un cartel gigante en una de las avenidas de la Ciudad.Messi acaba de abrir el marcador a los 38 minutos del primer tiempo y el 60 ya atraviesa Palermo. Primero Messi, Ahora ‘Dibu’ Martínez. Durante gran parte del recorrido, las caras de los campeones del mundo aparecen en carteles sobre las avenidas principales, acompañando al pasajero. En la calle la protagonista es la gente.
De repente un Fiat 600 estacionado todo ploteado con la cara de Messi, Scaloni y los demás integrantes de la Scaloneta. Arriba del capot tiene un gorro gigante, de las ventanillas salen banderas de Argentina y de la patente se arrastran lazos celestes y blancos. Un verdadero entusiasta que quiso llevar un poco de color a las calles.
Sin embargo, no todos viven el partido con la misma intensidad. También está el pasajero que no le interesa el partido y aprovecha el viaje para dormir una siestita, mientras el relator anuncia el final del primer tiempo.
“Vengo re adelantado”, expresa Jonathan. Mira su grilla y nunca estuvo tan holgado de tiempo. Diez minutos antes en cada parada.
Al ingresar en Recoleta, nos recibe Enzo Fernández. En las calles se ven pequeños grupos de personas reunidas. Algunos aprovechan el entretiempo para fumar un cigarrillo, tomar aire o comentar las jugadas con sus compañeros de trabajo.
En Corrientes al 2000 sube la primera pasajera con la camiseta argentina puesta y banderas pintadas en su cara. Lleva el celular en la mano, lista para que arranque el segundo tiempo. “Voy acá cerquita a mirar el segundo tiempo con unos amigos”, cuenta entusiasmada.
El gol de Messi lo vio mientras esperaba al 60. Otro pasajero se solidariza con ella y le muestra el video de la jugada que abrió el partido a favor de Argentina. Son las 15.10 y el 60 ya se acerca al Congreso. La plaza está vacía.
La pasajera baja corriendo y desaparece entre las calles casi desiertas. El colectivo pasa volando por las avenidas donde suelen haber bocinazos y embotellamientos. “Ojalá todos los días fueran así”, dice con una sonrisa el chofer.
La transmisión dice que van 60 minutos del partido. Quedan apenas tres pasajeros abordo. A lo lejos aparece Plaza Constitución. Hay algo de movimiento, quizás unas veinte personas repartidas entre distintas paradas, pero muy lejos de los días habituales.
Allí descienden los últimos pasajeros. Después de una hora y cuarenta y cinco minutos de viaje, el recorrido está por terminar. Y antes de despedirse, las imágenes de Ángel Di María y Leandro Paredes que custodian la llegada del 60.
El colectivo avanza por las calles de Barracas hasta llegar a Santa María del Buen Aire y Pedro De Luján, la última parada. Hay pocos autos y las esquinas están desoladas. Un grito vuelve a romper ese silencio antes de bajar: ‘Goooooool’, grita Jonathan. Otra vez Lionel Messi.
El árbitro marca el final del partido y algunas personas empiezan a asomarse por los balcones y en la salida de los bares. Recién ahí, Buenos Aires despierta de 90 minutos de hipnosis colectiva.








