Mientras los misiles cruzan el cielo de Medio Oriente, la pelota empieza a rodar en los estadios de Estados Unidos. La imagen parece imposible: países enfrentados en un conflicto atravesado por décadas de hostilidad, sanciones, amenazas y guerras indirectas, coinciden también en el escenario del deporte más popular del planeta.
La presencia de Irán en el Mundial organizado por Estados Unidos encierra una paradoja difícil de ignorar. Para el régimen iraní, Estados Unidos no es simplemente un adversario. Desde la Revolución Islámica de 1979 es señalado como la máxima representación de los valores que el sistema teocrático considera una amenaza para su proyecto político y religioso. La libertad individual, el pluralismo, el secularismo, la igualdad de género y la democracia liberal son vistos como principios incompatibles con la visión revolucionaria del Islam que gobierna el país.
En el fondo, la confrontación va mucho más allá de una disputa por intereses estratégicos. Lo que existe es un choque de
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
modelos políticos y sociales: democracia frente a teocracia. Un sistema basado en la soberanía popular frente a otro donde la autoridad última reside en el poder religioso. Son dos formas de entender el mundo que se observan con desconfianza y que han alimentado durante décadas uno de los enfrentamientos más persistentes de la política internacional.
La ecuación se vuelve todavía más compleja cuando aparece Israel. Estados Unidos es el principal aliado estratégico del Estado judío. Irán ha convertido la hostilidad hacia Israel en uno de los ejes de su política exterior. A diferencia de otros conflictos internacionales, donde predominan las disputas territoriales o económicas, el liderazgo iraní ha expresado reiteradamente su voluntad de eliminar al Estado de Israel.
Sin embargo, una cosa es la intención y otra la capacidad de llevarla adelante. Irán ha manifestado durante años ese objetivo, pero no dispone de los medios para concretarlo. Por eso la cuestión nuclear ocupa un lugar central en la seguridad regional y global. Buena parte de las acciones militares y de las presiones internacionales sobre el programa nuclear iraní tienen como finalidad impedir que el régimen alcance la capacidad de producir armas nucleares. La razón es evidente. La combinación de voluntad y capacidad configura un escenario completamente distinto. Un Estado que declara su intención de eliminar a otro representa una amenaza seria; si además cuenta con los medios para hacerlo, esa amenaza adquiere una dimensión existencial. La preocupación internacional no surge únicamente de lo que Irán dice, sino de lo que podría hacer si dispusiera de un arsenal nuclear operativo. De allí la importancia estratégica de impedir que alcance ese nivel de desarrollo.
Pero reducir la complejidad iraní a su régimen sería un error. Existe una diferencia fundamental entre la República Islámica y el pueblo iraní. Millones de ciudadanos han demostrado en los últimos años, muchas veces con enorme valentía y pagando costos personales altísimos, que aspiran a mayores libertades, a una vida más abierta y a una relación diferente con el mundo. Las protestas lideradas por mujeres y jóvenes revelaron una sociedad mucho más diversa y dinámica que la imagen homogénea que suele proyectar el régimen.
Allí aparece el verdadero valor simbólico del Mundial. Porque el enemigo de Estados Unidos no es el pueblo iraní. La confrontación es con un régimen que desafía el orden internacional, financia organizaciones terroristas y busca alterar el equilibrio estratégico de la región. Argentina conoce de qué hablamos. Los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA dejaron una marca profunda y mantienen vigente el recuerdo de la amenaza que representan los sectores más radicalizados del régimen de los ayatolás.
Sin embargo, el fútbol ofrece una oportunidad singular para distinguir entre ambas realidades. O quizás para acercarlas. Miles de iraníes viajarán a Estados Unidos y millones seguirán el torneo desde sus hogares. Muchos podrán observar una realidad distinta de aquella que durante décadas les describió la propaganda oficial. Verán una sociedad abierta, diversa, imperfecta pero libre; una sociedad donde las diferencias políticas, religiosas y culturales conviven dentro de un sistema cuyo principio organizador es la democracia.
El fútbol no detendrá las guerras ni eliminará las amenazas nucleares. Tampoco resolverá las profundas diferencias entre Washington y Teherán. Pero sí puede hacer algo valioso: permitir que, aunque sea por un instante, los pueblos vuelvan a mirarse cara a cara. Y en tiempos en los que abundan los misiles y escasean los puentes, eso ya constituye una victoria digna de celebrarse.
*Director ejecutivo del Congreso Judío Latinoamericano








