La noche en París, cuando ya había pasado los sesenta años y todavía se negaba a asumir la edad, Aimée Crocker entró a una fiesta como quien entra a una leyenda.
La precedía el rumor: cinco maridos, príncipes rusos, tatuajes, serpientes, islas, harenes, elefantes, templos budistas. Pero aquella noche el rumor se volvió imagen.
Aimée avanzó entre los invitados con joyas, sedas, una serpiente viva al cuello y una mirada que no pedía permiso. Algunos retrocedieron; otros se acercaron fascinados. Ella sonrió apenas, como si la incomodidad ajena fuera música conocida.
En el mundo que la había educado para bordar, callar y casarse bien, Aimée había elegido otro aprendizaje: convertir su vida en una aparición.
Había nacido como Amy Isabella Crocker el 5 de diciembre de 1864, aunque ciertos registros consignan 1863, en Sacramento, California. Su padre, Edwin B. Crocker, fue abogado del Central Pacific Railroad, juez y fundador del museo familiar.
Su tío Charles Crocker integró el grupo de los “Cuatro Grandes”, magnates del ferrocarril. Amy creció entre la severidad del linaje y una paradoja: pertenecía a una familia que construía vías, pero todo en su educación parecía destinado a fijarla en un sitio.
Aimée avanzó entre los invitados con joyas, sedas, una serpiente viva al cuello y una mirada que no pedía permiso
Cuando su padre murió, en 1875, tenía diez años y heredó una fortuna estimada en diez millones de dólares. El dinero, para muchas herederas una jaula dorada, en ella operó como llave para abrirse sus propias puertas.
Con esa riqueza pudo hacer algo que casi ninguna mujer de su tiempo podía permitirse sin pagar un precio feroz: moverse.
La familia intentó corregirla. En 1880, su madre la envió a un internado en Dresde, Alemania, para suavizarle el carácter. En Europa, Amy se comprometió con un príncipe alemán, pero rompió el compromiso cuando conoció a un torero español.
La escena contiene ya una clave: la alta sociedad ofreciéndole un título y ella inclinándose hacia el riesgo.
De regreso en los Estados Unidos, se fugó para casarse en 1883 con Richard Porter Ashe, abogado de San Francisco. Tuvieron una hija, Gladys Alma. En 1887 se divorciaron y él obtuvo la custodia de la niña.
Fue una herida íntima y pública, pero también una elección drástica: el precio de su emancipación fue dejar atrás la crianza de Gladys.
La sociedad que toleraba los excesos masculinos no perdonaba la libertad de una mujer, y mucho menos la distancia maternal. Ella no se replegó. Partió.
Después del divorcio viajó a las Islas Sandwich, el nombre con que entonces se conocía a Hawái. Allí fue recibida por el rey David Kalākaua, montó a caballo, adoptó indumentaria local y no fue una visitante dócil. Según la tradición que ella misma alimentó, el rey le otorgó un título honorífico de princesa y una isla. En su biografía, la frontera entre el dato y la fábula es porosa. Eso no la debilita: forma parte de la figura que construyó.
Su madre la envió a un internado en Dresde, Alemania, para suavizarle el carácter
En 1889 se casó con Henry Mansfield Gillig, comodoro de la Armada, prestidigitador y un respetado cantante de ópera. Fue su compañero en el largo viaje por Extremo Oriente que ocuparía más de seis años. Aimée pasó por Tokio, Hong Kong, Shanghái, Bombay y Pune. Conoció palacios, templos, casas de opio y selvas. En Borneo escapó de cazadores de cabezas; en Hong Kong sobrevivió a un intento de envenenamiento; en Shanghái, a sirvientes que lanzaban cuchillos.
También afirmó haber pasado tres semanas en un harén. No viajaba para confirmar lo que ya sabía, sino para tocar aquello que su mundo le había enseñado a temer: otros cuerpos, otros dioses, otros códigos, otras formas de deseo.
A comienzos del siglo XX regresó a Nueva York convertida en una criatura inclasificable. Tenía tatuajes, algo rarísimo en una mujer de su clase. Se convirtió al budismo y fundó en Manhattan una colonia budista. Allí conoció a su tercer marido, Jackson Gouraud, compositor de canciones populares, demasiado artista para la aristocracia neoyorquina.
Se casaron alrededor de 1900. Adoptaron tres hijos -Reginald, Yvonne y Dolores- y, más tarde, a Yolanda. Vivieron entre ambientes orientales, perros, música, invitados y noches de estreno en Broadway. Enrico Caruso los visitaba. La prensa la bautizó “la reina de la bohemia” y “la mujer más fascinante”.
Esos rótulos tenían algo de elogio y algo de condena: la convertían en espectáculo, pero también le daban una visibilidad nueva, un espejo desde el cual devolver la mirada.
Tenía tatuajes, algo rarísimo en una mujer de su clase.
En 1910 murió Jackson Gouraud. Ese mismo año Amy terminó de convertirse en Aimée, con acento francés y voluntad de personaje. Publicó Moon Madness and Other Fantasies, relatos breves nacidos de sus viajes por Oriente, y se instaló en París, donde viviría casi tres décadas. Allí organizó fiestas donde los invitados recibían camaleones vivos, entraba montada en elefantes y recibía artistas, exiliados, nobles arruinados y jóvenes bellos atraídos por la fortuna o el mito.
París le permitió algo que los Estados Unidos le negaban con más ferocidad: envejecer sin volverse invisible. Mientras otras mujeres de su clase eran empujadas hacia la discreción, Aimée siguió apostando a la aparición. Se casó hacia 1914 con el príncipe Alexander Miskinoff y, en 1925, con el príncipe Mstislav Galitzine, mucho más joven que ella. Los dos matrimonios terminaron en divorcio. Los comentarios maliciosos acompañaban cada movimiento, pero a esa altura Aimée ya sabía que el escándalo podía ser una forma torcida de permanencia.
Su modo de vivir no fue solo capricho de millonaria. Fue también una guerra privada contra el mandato femenino de la sumisión. Gastó dinero, viajó sola, eligió amantes, se tatuó, se divorció, adoptó religiones ajenas a su mundo y se mezcló con artistas. La acusaron de frívola, indecente, exagerada. Debajo del brillo había una inteligencia incómoda: comprendió que la respetabilidad era una ceremonia administrada por otros y decidió no arrodillarse ante ese altar.
En 1936, durante la Gran Depresión, publicó su autobiografía, And I’d Do It Again. El título parece una respuesta a sus jueces: “Y lo volvería a hacer”. Allí reconstruyó su vida como una sucesión de episodios desmesurados, a medio camino entre memoria, crónica de viajes y novela de aventuras. No pidió disculpas. No se presentó víctima ni santa. Se mostró contradictoria, excesiva, curiosa, sensual, insolente. Más que defenderse, dejó constancia de una vida vivida en voz alta.
Los últimos años la encontraron de regreso en Nueva York. El mundo había cambiado. Las guerras, las crisis y la modernidad habían vuelto antiguas algunas de sus provocaciones, pero Aimée conservaba una convicción irreductible: no acomodarse del todo a ninguna época.
Murió el 7 de febrero de 1941, de neumonía, en su departamento del Hotel Savoy Plaza. Tenía setenta y siete o setenta y ocho años. Fue enterrada en Sacramento, cerca del apellido heredado y lejos de los escenarios de su leyenda.
Queda una imagen difícil de fijar: heredera ferroviaria, escritora, viajera, budista, madre, amante, princesa honoraria, divorciada serial, anfitriona fabulosa, mujer tatuada con serpientes al cuello. Pero quizá lo singular no esté en la suma de rarezas ni en la excepción, sino en el modo en que hizo uso de todo lo disponible para abrirse paso.
Aimée Crocker entendió que la escritura de su vida también puede ser una excéntrica puesta en escena, y que algunas mujeres, para existir en libertad, primero tienen que volverse inolvidables.








