Megan Kimmel dejó huella en una de las primeras generaciones globales del trail. Más allá de sus méritos deportivos, que no fueron pocos para una de las primeras estadounidenses en medirse a las grandes carreras europeas, tenía una marca propia. El orgullo patrio de subirse a podios con vaqueros mientras sus rivales llevaban la indumentaria de cada marca. Y su actitud, siempre sonriente, la de una persona que contagia energía positiva. Ese es el recuerdo que dejó antes de colgar las zapatillas en la pandemia y tratar de encajar su vida en Colorado. Como en sus tiempos de corredora, parecía imposible que hubiera un solo problema detrás de ese rostro tan rebosante de vitalidad. Así la recuerdan quienes con ella corrieron. Por eso ha sido una auténtica conmoción para su deporte conocer su repentina muerte a los 46 años.








