¿Qué pasa cuando un explorador de lo exótico decide mirar por el microscopio de su propio entorno? Durante años, el médico y periodista argentino Ricardo Coler se dedicó a rastrear la excepcionalidad en los rincones más remotos del planeta. Buscó el último matriarcado del mundo en China para escribir El reino de las mujeres; investigó a la única diosa viva del mundo en Nepal en Ser una diosa y persiguió el secreto de la longevidad extrema, en Ecuador, para dar origen a Eterna juventud. Sin embargo, tras cosechar éxitos internacionales con sus crónicas de viaje, su literatura ensayó un viraje definitivo hacia la ficción de lo cotidiano.
Primero, fue Un médico, y luego redobló la apuesta con Un jefe (Planeta, 2025), una novela que desnuda el detrás de escena de un sanatorio.
Lejos de aquellos remotos escenarios, Coler utiliza su experiencia en el ámbito de la salud para trazar una radiografía ácida y lúcida sobre las instituciones, los hilos del poder, la soledad del mando y la vulnerabilidad humana. En diálogo con Clarín, el autor desarma los mitos de la autoridad con la prolijidad de un médico y la pasión de un escritor.
–Antes, el denominador común de tu obra parece haber sido la búsqueda de la excepcionalidad: sociedades matriarcales, poblaciones poliándricas, zonas azules… Hasta que escribiste Un médico y, luego, Un jefe. ¿Cómo es ese viraje desde lo excepcional y lejano hacia lo que te es más cercano y cotidiano?
–En realidad, he viajado a lugares extremos como China, Nepal, Corea, una ciudad muy chiquita en México… para, desde allí, poder describir lo que nos pasa. Cuando estoy en una sociedad tan distinta, sea porque ahí los dioses están vivos, sea porque ahí la gente vive mucho, es como si se destruyera un castillo de naipes: todo lo que siento, lo que pienso, lo que me pone contento, lo que me pone triste, lo que me hace avanzar, lo que me detiene, todo eso se destruye porque descubro que no son más que construcciones. Y, para mí, es un momento muy feliz. Es como si el drama de mi vida se terminara en ese momento, ya que me permite repensar todo de una manera distinta.
–¿Cómo llevás todo eso que te pasa al plano de la escritura?
–Cuando empiezo un libro, arranco con una idea de lo que quiero escribir y nunca escribo lo que quiero, siempre me sale otra cosa. Por ahí tiene que ver un poco con mi vida. Vengo de una familia de clase media baja y todo mi recorrido lo tuve que hacer solo. En la escritura lo dejo correr porque es algo que, cuando uno se lleva más o menos bien con el inconsciente, es como un motorcito que te va empujando. Me cuesta mucho más escribir lo que quiero que escribir lo que me va pasando.
–¿Cuál es la distancia entre el autor y el protagonista de Un jefe?
–Hay muchas cosas que vi, hay muchas cosas que me pasaron y hay muchas cosas que me imaginé. Por ejemplo, soy médico, pero no urólogo, como el protagonista. No dirigí un sanatorio, como él, pero sí una empresa de medicina. Después, yo no soy mujeriego ni vivo solo, ni me dedico solamente a la medicina, como el protagonista. Pero hay cosas que él siente y que ve, hay una postura con la que me puedo identificar, no siempre, solo a veces. Y el personaje es más divertido que yo. El tipo no sabe por qué lo eligieron para ser jefe del sanatorio. No entiende. Es alguien a quien nunca nadie le dio nada y, de repente, se encuentra con algo que nunca se hubiera imaginado. Entonces el tipo no entiende por qué lo eligieron a él, piensa que hay algo raro ahí.
–¿Esto tiene que ver con el síndrome del impostor o con el peso social que implica ejercer el poder?
–Cuando uno piensa en un jefe, siempre piensa mal. Uno puede temerle, respetarlo, pero quererlo es medio difícil, a no ser que lo quieran solamente para conseguir algo. Y en ese aspecto, yo creo que las cosas funcionan muchas veces cuando los jefes son buenos. Por más que todo el plantel sea maravilloso, tiene que haber un jefe que lo haga andar. Pero al jefe se lo critica de movida, como si fuera, por definición.
–¿Te inspiraste en alguna persona real de tu vida para construir a los personajes de la institución?
–Alguno sí. Por ejemplo, el director del Sanatorio, Doménico, se parece mucho a un director de una clínica que conocí. El tipo, realmente, iba a la cocina, estaba en la guardia, estaba en terapia intensiva, un tipo raro. Había tenido dos hijos con una empleada y no se lo contaba a nadie y los chicos eran iguales a él. Pero el sanatorio funcionaba, era impresionante.
–Hay una economía de recursos en tu obra, pero de pronto aparecen ciertas metáforas que cambian la tónica. Además, el libro funciona como una radiografía de las instituciones, con escenas de chismes y radio pasillo muy jugosas.
–Creo que tiene que ver con cómo leo yo porque hay pocos nombres propios. A él, por ejemplo, nunca lo nombré, no sabemos cómo se llama. En las novelas, por lo menos en las argentinas, no se habla mucho del trabajo. Hay novelas de amor, de aventura, de misterio, novelas policiales, pero del trabajo no se habla tanto. Yo laburo desde que tengo 14 años. Trabajaba en una línea de montaje y laburé toda mi vida, eso te da un poco de calle.
Ricardo Coler. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.–El protagonista es un médico que no quiere escuchar a sus pacientes. ¿Tuviste la intención de ofrecer algún tipo de crítica sobre el ejercicio de la profesión y el ego del médico?
–Mirá, hay pacientes que te cuentan su vida. El médico no está para eso. Yo tenía una paciente que tenía cálculos en la vesícula y le traía muchos síntomas. Se tenía que operar. Entonces, cada vez que ella venía, me empezaba a contar lo que había comido desde la semana anterior, cómo lo preparó, cómo lo cocinó. La comparación entre cómo lo hacía ella y la cuñada… y vos, por más buena voluntad que tengas, estás pensando que tenés mucha gente esperando y que necesitás concentrarte en los resultados del laboratorio. A veces el médico se pierde, no sabe qué hacer.
–En la novela, aparece el binomio dignidad/indignidad cuando el dueño de la clínica se convierte en paciente. Está ahí, en camisolín, vulnerable, y el protagonista cita que la experiencia humana se resume en: “mente, cuerpo y ropa”.
–Esa escena es un recordatorio de que el jefe es una persona. Con lo bueno y lo malo que esa persona puede tener, no es necesariamente Satanás o un tipo al que no le importa nada, sino que es un tipo que sufre, se pone contento, se enferma, tiene límites. Si hay cosas que no hace y debería hacer no es porque es un malvado, sino que hace lo que puede. Me parece que en esa escena, cuando el tipo aparece con la bata, incluso hay un chiste, porque le ponen una bata con dibujitos.
–Frente a ese jefe indefenso se genera una circulación del poder. El plantel parece revanchista, se dan vuelta los roles y el poder lo tienen ellos. ¿El chisme opera también como un ejercicio de poder dentro del trabajo?
–Sí, es cierto. Dejemos de criticar al chisme porque sino es imposible pensarlo. El chisme es un saber; es un saber de mierda, pero es un saber al fin y, en general, agarra a figuras muy importantes. ¿Por qué? Porque tiene una característica: causa placer. Cuando se lo contás al otro, le producís algo en el cuerpo, como cuando le contás un chiste. Hay gente que lo maneja muy bien, gente que es erudita en el chisme y maneja un poder. Cuando vos contás un chisme sobre figuras muy fuertes como los jefes, por ejemplo, que el jefe salía con la enfermera, lo bajás. Y eso produce mucho placer. Te das cuenta, fijate que los chismes son más interesantes cuando se trata de figuras de poder. Si uno dejara de pensar en el chisme como algo que es una porquería, se podría dar cuenta de que tiene reglas y un poder fenomenal. El chisme es poderoso y es muy frecuente en los lugares de trabajo, digamos que es como la diversión número uno.
Ricardo Coler. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.–En la historia, la afectividad y el poder parecen inversamente proporcionales. Al protagonista la esposa lo deja, la enfermera se va, el plantel lo critica, las hijas no lo quieren y, cuando está internado, nadie lo va a ver. ¿Se puede tener poder y ser querido, o la soledad es inherente a una posición de mando?
–Mirá, si vos manejás una empresa o un sanatorio y tenés que contratar al jefe de pediatría, mejor que contrates, si vos sos un jefe de verdad, a un buen jefe de pediatría, no a tu cuñado, salvo que tu cuñado sea una eminencia. Y eso es una decisión que la entiende solamente un jefe, que está cuidando el laburo de todos y que tiene como única fidelidad al sanatorio, no a la gente. El camino del fracaso es dejar contento a todo el mundo. Es imposible. Todos queremos que nos quieran, pero ese es un lujo que un jefe no se puede dar. Si es buen jefe, tiene que separarse de lo que él quiera hacer. Creo que es medio clave eso.
–¿De eso se trata el libro entonces, del costo de quedar como el malo de la película?
–De eso se trata el libro. En serio. Pero es que sucede todo el tiempo. Vos imaginate un director de sanatorio que elige a su personal en base a los sentimientos; yo no me quisiera operar en un lugar así. Para ser un buen jefe, tenés que alejarte un poquito y mirar las cosas desde otro punto de vista. Siempre lo van a culpar, siempre va a ser el responsable y pagás el precio de muchas veces quedar como el malo de la película. Pero estas cuestiones son propias del ser humano y, por lo tanto, inevitables.
Ricardo Coler básico
- Nació en Buenos Aires. Es médico, fotógrafo y periodista. Sus notas, fotografías y ensayos sobre sus experiencias con sociedades matriarcales, poliándricas y poligámicas han sido publicados en diversos medios argentinos y del exterior. Fue fundador y director de la revista cultural Lamujerdemivida.
Un jefe, de Ricardo Coler (Planeta). Foto: gentileza.- En 2005, El reino de las mujeres se publicó con gran repercusión y ha sido un éxito rotundo en ventas desde entonces.
- Lo siguieron Ser una diosa (2006), Eterna juventud (2008), Felicidad obligatoria (2010), Mujeres de muchos hombres (2013) y Hombres de muchas mujeres (2015); también publicó las novelas A corazón abierto (2017) y Un médico (2023), todos por Planeta.
- Sus libros han sido editados en Chile, Uruguay, Perú, México, Estados Unidos, Brasil, Portugal, Italia, Francia, España, Alemania, Corea, Suiza, Austria y Turquía.
Un jefe, de Ricardo Coler (Planeta).








