Bárbara Pistoia pone el foco en la gentrificación

Bárbara Pistoia pone el foco en la gentrificación


Las ciudades y los barrios convertidos en mercancías, en piezas de consumo donde la vida social deviene en una entidad ficcional, son el resultado más palpable de la gentrificación. De esta situación se ocupa el libro de Bárbara Pistoia, Una guerra en paz, publicado por Marciana. La gentrificación es para la autora argentina una noción que debe leerse en relación con las formas que adquiere el turismo en los últimos años, pero, por sobre todo, con una esfera cultural que puede ser cómplice de este proceso de elitización.

Esa transformación del espacio urbano, que muchas veces se justifica como una estrategia para terminar con la inseguridad de una zona que fue catalogada como peligrosa o que aspira a generar cierta activación cultural en un barrio extremadamente calmo, provoca una expulsión de los habitantes históricos que no pueden enfrentar el alto nivel de vida al que se ve sometida su cotidianidad cuando el lugar en el que habitan se ha convertido en una zona de moda.

Esto se combina con un negocio inmobiliario que encuentra más rentable alquilar los inmuebles a turistas que pensarlos como un hogar permanente, lo que le da al entorno barrial otra configuración y sentido. A veces no se tiene en cuenta que el vínculo con la ciudad forma parte de nuestra subjetividad; no se trata de algo pasajero, sino de un lazo que hace de nuestra existencia algo más leve o profundo.

Un insecto sobre algo muerto

La cita de David Foster Wallace, que considera que un turista es “como un insecto sobre algo muerto”, viene a cuestionar la idea de vitalidad y de modernización que surge como el respaldo cultural de la gentrificación.

En realidad, muchos de estos procesos liquidan la historia del lugar y unifican un estilo de vida que se corresponde con un imaginario artificial. La posibilidad de habitar en una burbuja plagada de cafeterías de especialidad, galerías de arte y universos sociales y culturales que recortan un territorio solo habitable por la clase media alta, mientras se instaura una periferia totalmente excluida de esos consumos.

Lo que surge, entonces, es un mecanismo que limita las posibilidades de construir sociedades integradas, que amplifica los condicionamientos que genera la política económica a gran escala.

Uno de los ejes del libro es una fuerte crítica a los sectores culturales y artísticos que funcionan como elementos legitimadores de los procesos de gentrificación, más allá de que también padecen sus consecuencias, especialmente porque son incorporados como mano de obra precarizada para darle un tinte creativo a esa transformación económica de los barrios.

La autora, que es especialista en música y cultura popular, menciona que la primera vez que se usó la palabra gentrificación fue en 1964. La geógrafa Ruth Glass tomó la raíz gentry, que se refiere a la clase acomodada británica, para describir lo que sucedió en Islington, un barrio de la clase obrera londinense que terminó siendo el refugio de los sectores económicamente más favorecidos.

La gentrificación se parece al concepto de urbicidio porque, de algún modo, se produce la muerte de la ciudad en la superposición de una estructura impuesta que no surge del desarrollo de la vida cotidiana en un barrio, sino que está más ligada a una estrategia de expulsión, de desplazamiento poblacional para propiciar un mundo donde el espacio público se privatiza. Más allá de que la circulación pueda no estar monetizada, las prácticas se convierten en formas con las que los antiguos habitantes ya no consiguen identificarse.

En discusión con el posicionamiento de Pistoia, podríamos decir que el proceso de gentrificación suele ser más complejo y contradictorio. Principalmente porque, como podemos ver en muchos barrios gentrificados de la ciudad de Buenos Aires –Chacarita puede ser un ejemplo emblemático, pero también Villa Crespo–, la resistencia es bastante notoria. Si bien existe en los dos barrios un circuito que da cuenta de esta forma cultural de la gentrificación, la presencia de sus habitantes históricos y su modo de vida siguen siendo muy fuertes.

Esa ficción cultural que imagina una realidad de serie norteamericana se topa permanentemente con los efectos sociales de una economía devastadora. No es igual al ejemplo neoyorquino, donde la participación creativa de los artistas convirtió a zonas de alquileres baratos como Lower East Side y East Village, en los años 60, en barrios cool a los que solo se puede acceder con mucho dinero y donde su pasado como lugares periféricos y un tanto bohemios se ha convertido en un formato publicitario para atraer a turistas y grupos de clase alta, que la realidad nacional y su deterioro económico.

Soporte cultural

Si bien es verdad que la gentrificación necesita de un soporte cultural que le brinde un contenido, un sentido nuevo que convierta ese proceso de elitización, esa obligación de transformar un entorno de clase media baja o popular en una zona de clase alta, el nivel de crítica que establece la autora con el sector cultural y artístico que intenta sobrevivir en la Argentina resulta bastante desproporcionado.

Bárbara Pistoia es autora de Una guerra en paz(Marciana). Foto: redes sociales.

El texto adquiere por momentos un estilo catártico que se desentiende de un estudio más analítico para quedar, en lugar de una fundamentación teórica, en una descarga, en un ajuste de cuentas hacia el sector cultural.

La idea de una ciudad como museo y los habitantes como espectadores es el objetivo máximo de la gentrificación, pero en la Argentina se puede ver a cada paso que ese propósito no logra cumplirse por las características de la sociedad y por la realidad económica.

Es cierto que la gentrificación amplifica la noción de espectáculo y es un elemento disciplinador que instaura otra idea de civilidad. La moda de las cafeterías de especialidad puede ser un ejemplo claro de una práctica que es esencialmente cultural y que genera la fantasía de habitar en un universo paralelo.

La adhesión que estos locales lograron, el modo en que se incorporaron a las costumbres cotidianas, desafía incluso las limitaciones económicas, ya que el consumo en estos espacios no es para nada barato. De hecho, obligaron a bares tradicionales a ofrecer café de especialidad.

Se podría aventurar que existe una idea de refugio, de ansiar un espacio estéticamente agradable para separarse de las expresiones más conflictivas de la ciudad, pero incluso en este dato tan elocuente no encontramos el núcleo del problema.

La sensación que se tiene al leer el libro de Pistoia es que la autora no se preocupa tanto por analizar los factores económicos, las estrategias de los verdaderos sectores de poder en torno a la gentrificación, sino que el foco parece estar puesto en la complicidad de las personas ligadas al campo cultural y artístico que aceptan trabajos precarizados para ensanchar el negocio de la gentrificación.

Este ataque no tiene mucho sentido en un contexto donde los sectores culturales intentan sobrevivir como pueden, casi sin apoyo estatal y con una voluntad, de parte del gobierno nacional, de ubicar a los artistas en la contienda política.

Si Pistoia reconoce que el Estado actúa como un empleado del mercado, es allí donde el tema de la gentrificación encuentra el elemento causal más determinante. Que un artista pinte un mural para hacer más atractivo un barrio no lo convierte en un gestor de la gentrificación. Prácticamente no existe ningún trabajo donde las personas no tengan que vender sus oficios y conocimientos al demonio del mercado o del poder estatal de turno.

El libro se pierde largamente en una crítica demasiado coloquial en torno a los actores culturales; incluso la última parte del libro no suma demasiado al tema, en una clara negligencia de los editores, porque el capítulo final debilita un material que parecía bien planteado al comienzo y que se proyectaba como un análisis interesante para quedar en un cuaderno de notas, más parecido a un work in progress.

Una guerra en paz, de Bárbara Pistoia (Marciana).