dos compilaciones recuperan sus mejores entrevistas

dos compilaciones recuperan sus mejores entrevistas


“No sé quién soy, pero sé lo que hago”, “Todos somos un poco bipolares”, “Las posturas son las posturas y el sexo es el sexo”, “La felicidad perfecta engendra inmovilidad”, “Nunca se debe confiar en la memoria colectiva”. Las frases contundentes, sardónicas, tipo latiguillo, de las tantas entrevistas y charlas que dio Roberto Bolaño, ordenan los capítulos de Bolaño por sí mismo, entrevistas escogidas con prólogo de Juan Villoro y Epílogo de Alejandro Zambra, seleccionado por Andrés Braithwaite y editado recientemente por el sello chileno Bastante.

A las once entrevistas, todas realizadas durante los últimos años de su vida, se añade, en cuidadoso montaje, una amplia selección de declaraciones hechas por el escritor a medio centenar de entrevistadores de diversos medios de comunicación.

Mordaz y tierno, apasionado y nostálgico, provocador y exagerado, la voz de Bolaño se expande desde y más allá de la escritura, un material extraordinario tanto para los iniciados que busquen conocer su pensamiento y sensibilidad alrededor de sus obras como en la órbita de quienes ya lo conocen, fans, devotos y detractores de uno de los autores más fascinantes de la literatura latinoamericana contemporánea.

Más y más entrevistas

A Bolaño por sí mismo se suma la reciente edición de Notas para una autobiografía, compiladas por Alfaguara, en este caso entrevistas sucedidas entre 1975 y 2003, casi tres décadas que abarcan desde los años de formación del joven poeta en Ciudad de México hasta la etapa final como escritor ya plenamente consciente de la repercusión –ciertamente tardía– de su obra, sobre todo de sus relatos y novelas.

"Los detectives salvajes", de Roberto Bolaño.

Esas piezas periodísticas aparecieron originalmente en medios españoles, americanos y europeos, en su mayoría escritos, aunque se incluyen también tres diálogos televisivos que tuvieron lugar en Chile con ocasión de viajes del escritor a su país de origen.

Bolaño se detiene, piensa en voz alta, se contradice, vuelve sobre sus propias afirmaciones y deja ver con mayor claridad las ideas, obsesiones y experiencias que sostienen su escritura y, por elevación, su vida.

Cultor de lo oral, oveja negra de su familia, chileno de nacimiento –escapó de joven de la dictadura de Pinochet– pero trashumante –vivió en México, luego en España–, “Bolaño era un combatiente. Tenía cultura, una mente independiente, ningún deseo de decir lo correcto y una manera fenomenal de privilegiar el uso del no en lugar del sí”, lo pintaba el periodista y ensayista francés Jean-François Fogel.

“Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo”, dice Bolaño en uno de los tantos textos de Bolaño por sí mismo, allí donde lanza, asimismo, que “un perdedor siempre da mucho más de sí literariamente que un triunfador”.

Roberto Bolaño. Foto: archivo Clarín.

Menciona autores como Silvina Ocampo, el Boom latinoamericano y los parricidios, Mario Santiago, Philip Dick, Cervantes, Borges, Rodrigo Fresán, Rodrigo Rey Rosa, César Aira, Enrique Vila-Matas, Nicanor Parra, James Joyce, Ezra Pound, y también frases como “el oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona”, “la unanimidad me jode muchísimo”, valora la crítica literaria como una disciplina más de la literatura y no esquiva conversar sobre su condición de padre, su sueño frustrado de vivir como poeta, su sentido “espartano” de la existencia, “pobre pero lujurioso”.

Y un guiño a la argentinidad, siempre presente en sus reflexiones: “¿A qué persona viva admiro? A las madres y abuelas de la Plaza de Mayo. A gente como ellas”.

En las entrevistas repasa sus obras, desde Amuleto a Nocturno de Chile, en el medio de tanques narrativos como Los detectives salvajes –la novela que lo hizo “famoso”– y 2666. No hacía una defensa de la larga extensión. “2666 es una obra tan bestial, que puede acabar con mi salud, que ya es de por sí delicada. Y eso que al terminar Los detectives salvajes me juré no hacer nunca más una novela-río: llegué a tener la tentación de destruirla toda, ya que la veía como un monstruo que me devoraba”, dijo en su momento, cuando transitaba el primer estadío de su enfermedad.

Ambos libros dan cuenta de numerosas entrevistas –algunas, incluso, se repiten en las compilaciones–, con un Bolaño predispuesto siempre a la charla, donde sus categóricas respuestas solían estar repletas de digresiones festivas e inesperadas, coqueterías, mezquindades, exabruptos, ideas fijas, contradicciones, “declaraciones de amor y de guerra, brevísimas y acaloradas lecciones de teoría literaria y de historia literaria, además de unos cuantos chistes privados entremezclados con otros muy públicos y más bien viejos, pero contados con inédita gracia y lozanía”, como cuenta en el epílogo de Bolaño por sí mismo el escritor chileno Alejandro Zambra.

Radical y combativo pese a asumir que la condición humana estaba condenada de antemano a la derrota, ambiguo y fervoroso, valiente, optimista y dueño de un humor a prueba de balas, lector voraz y arquitecto de la narrativa, nunca deja de reflexionar sobre el oficio, el estilo, el riesgo, la disciplina y el trabajo diario.

Avergonzado y tímido

“La forma es lo más importante de todo. Es lo que permite que una historia o un argumento tengan vida. La forma es lo que hace que no me aburra mientras escribo. Y es mi propuesta de relectura”, contesta en otra entrevista, reconociendo ser alguien avergonzado y tímido más allá de su ánimo amable para la conversación pública. En sus últimos años, confiesa: “Cada día escribo peor, cada día me canso más, cada día estoy peor. Los años no traen ni sabiduría ni serenidad. Nos hacemos más feos y probablemente más malos”.

Roberto Bolaño. Archivo Clarín.

La locura y la voluntad, el juego y la competencia, la resignación y el vacío. Su pasión por la literatura y más que nada por la lectura, tanto como su admirado Borges, ha sido el refugio, su centro existencial, y en esta respuesta larga seleccionada en Notas para una autobiografía cuestionó el mote de mito literario que se tejió a su alrededor, prefiriendo mostrarse humano, demasiado humano, hasta que la muerte prematura lo alcanzó a sus cincuenta años.

Podría dar una respuesta aparentemente poética, ´la literatura me ha servido para no morirme´, pero es falso, yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza, es riqueza”.

Bolaño por sí mismo, entrevistas a Roberto Bolaño seleccionadas por Andrés Braithwaite (Bastante).