“Todo el mundo sabe quién es, pero no se lo conoce”

“Todo el mundo sabe quién es, pero no se lo conoce”


Desmitificar al arquitecto catalán que amaba las líneas curvas justo cuando se cumplen cien años de su muerte puede sonar antipático. Sin embargo, quienes conocen y estudian lo inmenso que fue Antoni Gaudí a la hora de amalgamar arte, arquitectura, espacio, ciencia y urbanismo admiten que el mito y la leyenda que las guías de turismo enhebran en anecdotarios frente a la Sagrada Familia, la Casa Batlló o La Pedrera (Casa Milà) de Barcelona distan años luz del verdadero Gaudí.

Porque el hombre que nació en Reus en 1852 y a quien, 73 años después, un tranvía que circulaba por la Gran Vía de Barcelona osó atropellar y herir de muerte fue un creador sin límites. Preciso, pionero, moderno hasta hoy.

También desconocido en la profundidad de sus hallazgos y de su conocimiento del mundo de finales del siglo XIX y principios del XX.

Para honrarlo, Cataluña declaró este 2026 Año Gaudí. Y la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), que cuenta con su propia Cátedra Gaudí, se propuso poner el foco en la mirada científica del arquitecto, un ojo que supo diseñar, como nadie, un “orden invisible”.

Casa Batllo, en el Paseig de Grácia de BArcelona, obra de Antonio Gaudí. 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

Programación y recorridos

Ese es el título de una programación que incluye recorridos en Barcelona por obras del arquitecto modernista que no suelen abrirse al público, como los Pabellones Güell –el primer encargo importante de su mecenas Eusebi Güell y el primer uso de la técnica de decoración con fragmentos de mosaicos llamada trencadís–, el Colegio de las Teresianas, donde Gaudí debutó con las cruces de cuatro brazos que utilizará en la Sagrada Familia, y la Torre Bellesguard, construida sobre el castillo en el que vivió el último rey de la dinastía catalana.

El centenario coincidirá con la consagración de la Sagrada Familia, la basílica que muchos consideraban sin fin y en la que Gaudí trabajó 43 años.

Porque casi un siglo y medio después, la última torre que faltaba, que con sus 100 toneladas y su cruz de cuatro brazos de cerámica y vidrio fue anexada en febrero, recibirá una visita celestial.

Aunque no se la podrá recorrer hasta 2028, el 10 de junio, durante su primer viaje a España como papa, León XIV bendecirá la torre y celebrará misa en la basílica donde Antoni Gaudí fue enterrado hace cien años.

Casa Batllo, en el Paseig de Grácia de BArcelona, obra de Antonio Gaudí. 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

La torre, bautizada como la Torre de Jesucristo, es, por dentro, de ónix blanco. Gaudí la soñó y proyectó para que fuera lo primero a la vista de los navegantes que se aproximaran a las costas de Barcelona.

A Galdric Santana, curador del Año Gaudí y director de la Cátedra Gaudí de la UPC, le gusta referirse al “conocimiento invisible” del arquitecto modernista catalán.

La Torre Bellesguard, construida sobre el castillo en el que vivió el último rey de la dinastía catalana, obra de Antonio Gaudí. Barcelona, 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

“Todo el mundo sabe quién es, de quién se trata, pero en realidad no se lo conoce –dice Santana en una entrevista con Clarín–. Aporta conocimientos y técnicas que, incluso a un siglo de distancia, contienen descubrimientos no registrados por nadie.”

“Cien años después, seguimos sin conocer profundamente a Gaudí”, insiste el curador en un recorrido con Clarín por sus construcciones menos conocidas.

–Mientras preparaba el Año Gaudí, ¿cuál fue el descubrimiento de su obra que más lo impactó?

–Desde 2008 he estado investigando sobre Gaudí. Algunos descubrimientos los he ido publicando, pero la mayoría todavía no. Aprovecho el 2026 para mostrar estas aportaciones públicamente con el paralelismo científico que requieren. Y, además, con la conciencia ya previa de ver que faltaba mucha información objetiva sobre este artista. Al principio me llevé una sorpresa. Pensé que, al ser un individuo internacionalmente conocido, iba a estar todo estudiado, y lo primero que descubrí fue todo lo contrario.

Interior de la Torre Bellesguard, construida sobre el castillo en el que vivió el último rey de la dinastía catalana, obra de Antonio Gaudí. Barcelona, 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

–Que Gaudí estaba totalmente sin trabajar, sin estudiar. Todo eran hipótesis, todo eran anécdotas, todo eran interpretaciones contradictorias basadas en fuentes secundarias y sacadas de contexto. Y entonces iba descubriendo cosas extraordinarias. Incluso descubrimientos matemáticos de la geometría que, aún cien años más tarde, no se conocen y que él ya había descubierto en su época. Su aporte es interesantísimo. Si además se conociese el contenido que tiene su obra y no sólo su percepción plástica, sería más importante que mostrar la obra estudiarla.

–¿Podría citar un ejemplo?

–Claro, hay tantos ejemplos… Pues cómo Gaudí inventa un sistema de campanas que da una consonancia perfecta cuando la humanidad lleva años luchando para controlar el sistema de carillón de una campana. Esto es sorprendente. Él se lo inventa, porque no hay libros técnicos (Santana es arquitecto, músico y constructor de instrumentos musicales, y en su tesis doctoral decodificó el sistema de campanas ideado por Gaudí). O propiedades geométricas que tienen aplicación práctica en la construcción que no están en ningún libro, y que Gaudí las descubrió y utilizó. Es el doble valor: descubrir un elemento teórico y su aplicación. No es simplemente el descubrimiento de una propiedad geométrica, sino cómo aprovecharla para la construcción. Pues esto deja sorprendido.

Interior del Colegio de la Teresianas, donde Gaudí debutó con las cruces de cuatro brazos que utilizará en la Sagrada Familia. Barcelona, 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

–¿Cuáles han sido las fuentes que utilizó para rescatar a ese Gaudí desconocido?

–Hay grandes conjuntos de notas, por ejemplo, de Martinell (el arquitecto e historiador César Martinell, autor de Gaudí: su vida, su teoría, su obra, fue amigo y discípulo suyo). Hay información documental, incluso alguna inédita. He encontrado textos, también cartas. Y documentación que era conocida, pero no se podía interpretar. Más fotografías, más restituciones fotogramétricas (información geométrica a partir de imágenes fotográficas) de las cosas, lo que permite ir reconstruyendo a través de las fuentes secundarias o incluso con las nuevas tecnologías.

–¿Y por qué le parece que a un artista de este nivel no se lo conoce exactamente en su dimensión? ¿Cómo es posible?

–Se perdió la documentación que estaba depositada en la Sagrada Familia, que se quemó en el 36. (Cuando estalló la Guerra Civil Española, un comando incendió el taller de Gaudí en la Sagrada Familia y destruyó la mayor parte de su documentación original, planos, escritos y maquetas). De algunos documentos, algunos muy pocos, se salvaron copias o se traspapelaron y, gracias a ese traspapeleo, se conservan, pero el 95 por ciento de su documentación se perdió.

–¿Es Antoni Gaudí un Da Vinci de nuestro tiempo?

–Es una figura genial, sin ninguna duda, y trascendental. Es un gran pionero en cómo aplicar las ciencias al arte. Es el primero que lo hace, además, con todo el abanico posible de las ciencias, tanto las tecnológicas como las humanísticas. Encarna todo el conocimiento humano puesto al servicio del arte y, además, consultando los avances científicos del momento. Es decir, él iba mirando las revistas científicas a ver qué podía aprovechar para aplicarlo en el arte. Y es demostrable porque hay, por ejemplo, tres artículos seguidos, de tres números seguidos de una revista científica, que tienen una aplicación reconocible e indiscutible en la Sagrada Familia. Es un personaje que aporta en todos los ámbitos y es, por eso, una especie de Leonardo da Vinci. Además de resolver una campana e incluso convertirse en un gran campanólogo aunque él sea arquitecto, aporta a la geometría, aporta a la construcción, aporta en muchas cosas, en métodos constructivos, en sistemas, también en el aprovechamiento: cómo adaptar las nuevas industrias, cómo generar nuevas piezas. La incorporación del hierro, de la cerámica armada, también incluso del hormigón.

La Torre Bellesguard, construida sobre el castillo en el que vivió el último rey de la dinastía catalana, obra de Antonio Gaudí. Barcelona, 2026. Fotos: Cézaro De Luca.

–¿Cuál es, a su criterio, el principal equívoco respecto de quién fue Gaudí?

–Hay un clásico que es decir que Gaudí se inspira en la naturaleza. En realidad, lo que él hace es analizarla. Analiza sus leyes, las recoge y las aplica a una nueva naturaleza artificial que nos evoca algo conocido cuando en realidad es nueva. Y por eso tiene éxito su plástica, porque puede parecer muchas cosas que la humanidad ya encuentra en la naturaleza y sorprenden, pero no son próximas, son nuevas. Crea una naturaleza artificial con la misma calidad que para los humanos tiene la naturaleza. La gente piensa que se inspiró en la forma de una hoja, pero no. Se inspira, en todo caso, en el efecto gravitatorio, el movimiento solar del árbol, la torsión que se produce, el arco de descarga de una montaña, la erosión del aire, la mecánica de fluidos, la tensión superficial del agua, etcétera. Hace esta arquitectura que aparentemente parece mimetizar la naturaleza, pero lo hace desde las leyes, no desde la forma plástica final.