Nunca escuché tanto a Los Redondos en mi vida como cuando vivía en Ciudad de México, entre mis veinticinco y mis treinta. Tenía rituales y tribus y durante muchas noches que solían extenderse más allá del mediodía repasaba en bucle Oktubre o Luzbelito, mis discos predilectos de una banda que dibujó y cuidó el alma popular argentina con más amplitud y belleza que ninguna otra. Compartía aquella devoción con amigos costeños, chilangos y norteños, y supongo que había ahí una expresión latinoamericana que no solo no suele asociarse con el Indio Solari, sino que más bien se le escatima, ya que de los cuatro grandes rockeros de su país (junto a Luis Alberto Spinetta, Charly García y Gustavo Cerati) nadie ha sido más inédito en el resto del continente.








