Sonriente y junto a sus dos hijas, ondeando la bandera de Perú ante miles de personas de todo el país congregadas para apoyarla, Keiko Fujimori, de 51 años, pronunció este jueves su discurso de cierre de campaña con un mensaje de “reconciliación y unidad” entre los peruanos. Es la cuarta vez consecutiva que la hija mayor del autócrata Alberto Fujimori, cuya divisiva figura ha moldeado la política del país en las últimas décadas, llega a este lugar, a una segunda vuelta presidencial. Su perseverancia como candidata la ha convertido en una pieza familiar y reconocible del escenario electoral de un país sumido en la inestabilidad política. Es la mujer que siempre estuvo ahí, esperando su momento, gestionando el legado de su padre mientras crece con su propio partido, Fuerza Popular.
Para esta campaña, en la que se enfrenta al izquierdista Roberto Sánchez y en la que los sondeos muestran una competición muy ajustada, el último con ligera ventaja para él, la derechista ha escogido el lema “Vuelve Fujimori, vuelve el orden”. En un momento en el que la criminalidad y la inseguridad ciudadana crecen y son la principal preocupación de los peruanos, que han visto pasar a ocho presidentes en una década, ella se presenta como la única capaz de trazar otro rumbo. En el único cara a cara televisado de la campaña el domingo pasado, Keiko dio las buenas noches, dio las gracias a Dios y desglosó robóticamente sus propuestas en materia de seguridad, entre ellas, que los presos trabajen por su propia comida en prisión y “reparen a la sociedad: construirán losas, pistas y escaleras”.
Por momentos, y pese a su experiencia en los debates, leyó partes del diagnóstico: “Nuestro país vive un mundo al revés. Los militares y policías son perseguidos, los vecinos viven enrejados y los delincuentes libres y bien, gracias. Te matan por un celular, ponen granadas en los colegios; ser chofer de un bus o abrir un pequeño negocio se ha convertido en una actividad de alto riesgo. Desde el primer día actuaremos con mucha fuerza. Implementaremos el plan de pacificación nacional”. Prometió expulsar “inmediatamente” a todos “los migrantes ilegales que cometan delitos” y poner “policías y militares 24/7 en los buses de las áreas metropolitanas”.
La analogía que pretende hacer es clara: cuando su padre ganó las elecciones de 1990, el país estaba devastado por la hiperinflación y la acción sanguinaria de grupos terroristas como la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso. “Para poder combatir el terrorismo, se fortalecieron las fuerzas armadas, la policía nacional, se trabajó con las rondas campesinas, los comités de autodefensa y la población organizada, se tuvo presencia del Estado a nivel nacional”, dijo Keiko en el debate. “Eso mismo haremos para luchar ahora contra la criminalidad”.
Sin embargo, el legado que quiere utilizar está lleno de espinas. Los logros que muchos peruanos reconocen a su padre están manchados por la corrupción y por graves violaciones de los derechos humanos cometidos bajo su mandato, por las que fue condenado a 25 años de prisión, de los que cumplió 16 hasta que recibió un indulto humanitario al final de su vida, un año antes de que muriera de cáncer en 2024. Cuando Keiko habla de derechos humanos, lo hace de puntillas y mirando al futuro. “Los derechos humanos no se defienden únicamente mirando al pasado para condenar las heridas que el país no debe repetir. Los derechos humanos también se defienden mirando al presente y al futuro de los 34 millones de peruanos. Estos derechos parten de un buen acceso al agua, a los servicios básicos y obras que nos permitan vivir con dignidad”, dijo en el debate.
“Ella nunca ha pedido perdón ni ha reconocido las esterilizaciones forzadas de mujeres indígenas como política de Estado en los años noventa”, afirma la abogada feminista María Ysabel Cedano, cuya organización, Demus, junto con el Centro de Derechos Reproductivos y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional, logró una sentencia histórica en marzo que declaró responsable al Estado peruano por la esterilización forzada y muerte de Celia Ramos. “Keiko Fujimori quiere tener el poder para favorecer la impunidad de esos crímenes y el feminismo peruano es antifujimorista porque tiene memoria”, dice Cedano.
La mujer que aspira a convertirse en primera presidenta de Perú elegida en las urnas si vence este domingo tiene su historia política imbricada en las sombras de su familia. Con solo 19 años fue designada primera dama del país después del traumático divorcio de sus padres, ambos pertenecientes a la comunidad de ascendencia japonesa del país. Keiko reemplazó en ese puesto de representación durante seis años a su madre, Susana Higuchi, después de que ésta denunciara públicamente en 1992 a familiares de su marido de quedarse con ropa donada procedente de Japón y destinada a personas pobres.
Años después, en 2001, acusó a Fujimori de haber ordenado torturarla. Esto dijo ante una comisión de investigación del Congreso: “Sufrí tortura con electroshock en dos oportunidades: una en el año 1992 y otra en el año 2000. El electroshock fue luego de la denuncia de la ropa donada, luego del autogolpe [de Estado que dio su marido], y dentro de esos cuatro meses que me mantuvieron encerrada en el Pentagonito [Cuartel General del Ejército], en el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), me torturaron con electroshock”, como recoge en su libro El último dictador el politólogo José Alejandro Godoy. Lo sucedido provocó un cisma familiar, en el que Keiko dijo no saber nada de esto. Años después, Higuchi se reconcilió con su hija y apoyó sus campañas electorales. Murió en 2021.
“Es una persona muy peculiar, un enigma, muy centrada en sus hijas y con poca vida social. Su rasgo más característico es que es gris; mucha gente no ve quién es”, afirma Godoy. Sus críticos la atacan “porque es una Fujimori y porque ha construido un legado propio de antipatía y obstrucción de otros gobiernos”, dice Godoy, ya que para sus detractores “aparece como causante de la inestabilidad política peruana”. La idea de que, a través de su partido, en un Congreso que la mayoría percibe como corrupto y con un poder exorbitado sobre el Ejecutivo, controla y maneja cuánto va a durar un presidente está muy extendida.
En esta cuarta candidatura, Fujimori se ha dedicado a recorrer el país, como cuenta el periodista de investigación Carlos Paredes, que ha seguido su trayectoria. Ahora “ella está recuperando ese bolsón político, ha viajado mucho por el país como hacía su padre, al que idolatraban los empresarios y también los más humildes. [Alberto] recorrió pueblo a pueblo, con estilo autoritario y populista; preguntaba al alcalde: ‘Señor, ¿qué falta?’ y al poco el ejército le construía su posta médica, su colegio. Eso está en la retina de los mayores de 50 años; los jóvenes no saben qué es el fujimorismo, que ha dejado un legado de envilecimiento de las instituciones peruanas. Ella se ha forjado el partido político mejor organizado, en un país en el que su padre destrozó a los partidos y lo que tenemos hoy son entidades en torno a intereses mercantilistas”.
Fujimori no solo está aquí para defender el legado de su padre; también hay un intento, cree Godoy, de “limpiar su propio nombre”, después de estar en prisión preventiva varios meses entre 2018 y 2020 por acusaciones de financiación irregular de sus campañas electorales. En ese tiempo, afianzó sus convicciones religiosas, y menciona con frecuencia a Dios. “En la cárcel tuvo un acercamiento a Dios, hubo algo de proceso personal, se dedicaba a hacer rosarios”, dice el periodista Paredes.

Aspirar a la presidencia siendo mujer y divorciada no es sencillo en Perú, tampoco para Keiko Fujimori. “Cualquier candidata lo tendría difícil en un país que es todavía profundamente racista y machista, más si es no blanca, pero en su caso, también pesa que continúa el legado de autoritarismo e impunidad”, dice la abogada feminista Cedano, quien advierte del retroceso en materia de igualdad de género que vive el país. Con los votos del partido de Keiko y los de la ultraderecha, por ejemplo, “se ha derogado la ley de igualdad de género, la de educación sexual con enfoque de género y se ha eliminado esta palabra de toda la legislación”. Durante la campaña, Fujimori aseguró estar en contra de que niñas que han sido violadas puedan abortar.
La figura de Keiko moviliza una parte del voto, pero también genera tal rechazo que hay un potente antivoto que se suele activar en la recta final de la campaña. El jueves, un grupo de seguidoras que iban a verla hablar en el Estadio Monumental alababan su proyecto sobre las bases del legado paterno. “Yo toda la vida he sido de Fujimori, fui a su velorio”, decía Marisol Gaztelu, profesora de primaria de 42 años. “Si el papá pudo derrotar a los terroristas, ¿por qué ella no va a poder con los sicarios?”, afirmó. Su vecina, Jenny Reyes, de 47 años, apoya a Keiko “aunque no tenga marido [se ha divorciado]. El otro [el izquierdista Sánchez] se hace querer porque tiene familia, pero en Perú somos muchas mujeres solas y salimos adelante”. “Ella, como madre, va a ver la realidad de muchas peruanas; ha recorrido el país en estos años”, añade Fiama Agama, de 33 años y propietaria de un negocio de venta de osos de peluche.
Casi a la misma hora, frente al Palacio de Justicia, hubo una concentración de quienes protestan por una ley impulsada por el partido de Keiko, la que amnistía a los militares y policías por los delitos de lesa humanidad cometidos en la lucha contra el terrorismo entre 1980 y 2000 y que pone al país en abierta colisión con la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Las dos escenas hablan de la polarización que provoca no solo el apellido Fujimori, sino también la figura de la mujer que lleva décadas ahí, esperando el momento.








