Si hubo una consigna que marcó una época en las campañas electorales fue aquella que acuñaron los asesores de Bill Clinton en 1992: “Es la economía, estúpido”. La frase buscaba mantener al candidato demócrata concentrado en las preocupaciones cotidianas de los votantes estadounidenses y no en los asuntos geopolíticos que absorbían la atención del entonces presidente republicano George H. W. Bush.
Aunque en la Argentina esa lógica parece haberse potenciado al extremo —al punto de tener un presidente economista—, las últimas experiencias electorales de una América Latina que vuelve a inclinar su péndulo hacia la derecha sugieren otra prioridad. Ocurrió en Bolivia y Chile en 2025, y vuelve a observarse ahora en Colombia y Perú, sin perder de vista la decisiva elección brasileña de octubre. La consigna de nuestro tiempo parece ser otra: “Es la seguridad, estúpido”.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
El outsider derechista Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta en Colombia con un discurso de “mano de hierro” frente a los grupos armados que sobreviven al proceso de paz, cada vez más vinculados al narcotráfico, y frente al delito urbano.
Espriella propone recuperar el control territorial con las Fuerzas Armadas en las calles. En materia económica, en cambio, su principal bandera es reducir el tamaño del Estado en un 40%.
En Perú, Keiko Fujimori busca este domingo la presidencia por cuarta vez bajo el lema “Perú con orden”, síntesis de una plataforma que coloca la seguridad en el centro de la escena. Su propuesta combina una respuesta militarizada al delito común, un mayor control de las fronteras, el uso intensivo de tecnología y la incorporación del concepto de “flagrancia”, convertido en una de las palabras de moda en la agenda regional.
Los líderes de derecha avanzan con la clara intención de poblar el mapa político de América Latina
¿Significa esto que América Latina ingresó en una etapa de prosperidad y desarrollo que relegó la economía a un segundo plano? Basta observar los indicadores de desigualdad, acceso a la educación y calidad de los sistemas de salud para concluir que no.
Del mismo modo, la experiencia histórica debería recordarnos que las promesas de “orden” y “seguridad” pueden derivar en formas de violencia ejercidas por el propio Estado y terminar alejándonos de una paz social genuina y duradera.
También en términos geopolíticos la región parece haber cambiado de eje. Si a fines de los años ochenta el gran desafío era renegociar la deuda externa —simbolizado por el Plan Brady de 1989— para reactivar las economías, hoy la agenda hemisférica aparece crecientemente atravesada por cuestiones de seguridad.
El “Escudo de las Américas”, impulsado por Estados Unidos, es quizás la expresión más visible de ese desplazamiento de prioridades.
Casos como el de Perú, donde una década de crisis política y ocho presidentes no lograron alterar una macroeconomía relativamente estable, podrían sugerir que la preocupación ciudadana migró naturalmente del bolsillo a la seguridad. Sin embargo, la pregunta sigue siendo pertinente: ¿de dónde surge esa inseguridad que hoy domina las campañas si no es, en buena medida, de las frustraciones acumuladas por un crecimiento insuficiente o mal distribuido?
Más que ante una sociedad que ha resuelto sus problemas económicos, pareciera que estamos frente a una ciudadanía que ha resignado expectativas de bienestar y movilidad social en el corto plazo. En ese contexto, los estrategas electorales ya no apelan a la promesa de prosperidad, sino a una necesidad más básica y urgente: la supervivencia.
“Orden y seguridad” se convierten así en la nueva moneda política de la región. Y, como tantas otras tendencias latinoamericanas, es una discusión que también nos alcanza.








