la extraña vida de un soldado inmortal

la extraña vida de un soldado inmortal


La mano izquierda es un amasijo de carne astillada y esquirlas, un resto inútil que cuelga tras el fuego de artillería que barrió las trincheras de Ypres en 1915.

El médico militar, curtido en el espanto pero aún cauteloso, mira los dos dedos que penden de un trozo de piel y propone esperar: a ver si la naturaleza obra un milagro que la ciencia no garantiza.

Sir Adrian Carton de Wiart se revela como una rareza brutal del siglo: un hombre que parecía haber pactado con la muerte una tregua permanente. Para él, esperar era cobardía. Peor aún: una pérdida de tiempo que lo alejaba del frente.

Antes de que pudieran anestesiarlo, toma una decisión casi animal. Mete la mano en la boca y, con un crujido seco, se arranca los dedos a mordiscos. Escupe los restos en el barro. Solo entonces los médicos terminan la amputación del brazo.

Semanas después, ya está de vuelta en la línea de fuego. Dispara su revólver con la derecha. Quita el seguro a las granadas con los dientes. Esa escena, que para cualquier mortal habría significado la locura, para él es apenas un contratiempo administrativo. Años después, escribiría en sus memorias: “Francamente, yo disfruté de la guerra”.

En el comienzo, un enigma

Adrian nació en Bruselas el 5 de mayo de 1880, bajo una sombra de sospecha aristocrática que nunca se aclaró del todo. Aunque el registro oficial lo daba como hijo de un magistrado, circuló durante años un rumor persistente en los clubes de Londres: su verdadero padre sería el rey Leopoldo II de Bélgica.

Adrian no buscaba el prestigio de los títulos, sino el pulso del peligro real.

Ese origen envuelto en conjeturas quizá explique su desprecio absoluto por las jerarquías y su entrada triunfal en los círculos del poder británico.

Fue enviado al internado de Oratory School y luego al Balliol College de Oxford, pero la academia le resultaba un traje demasiado estrecho. Adrian no buscaba el prestigio de los títulos, sino el pulso del peligro real.

En 1899, cuando estalló la Guerra de los Bóer en Sudáfrica, ejecutó su primer gran engaño: dejó la universidad sin avisar, mintió sobre su nombre y su edad, y se alistó como un soldado raso.

Su padre recién se enteró de la aventura cuando el chico volvió a casa en una camilla, con un balazo en el estómago y otro en la ingle. Fue el bautismo de fuego para un cuerpo que, con los años, terminaría siendo un inventario de cicatrices.

Su hoja de servicios es un catálogo de la indestructibilidad. En 1914, en Somalilandia, un disparo le atravesó la cara: perdió el ojo izquierdo y parte de la oreja. Los médicos, intentando salvar las apariencias de la oficialidad, le colocaron una prótesis de cristal, pero Adrian detestaba las imposturas.

Un día, mientras viajaba en un taxi por Londres, sintió que le picaba el ojo de vidrio; sin decir una palabra, bajó la ventanilla, se arrancó la prótesis y la lanzó al asfalto. Adoptó entonces un parche negro que, junto con su estatura de gigante y su bigote marcial, le dio ese aire de pirata victoriano que paralizaba a sus subordinados.

A lo largo de su vida recibió disparos en el cráneo, la cadera, el tobillo y la pierna, y sobrevivió a dos caídas de avión y a dos naufragios.

Hay un capítulo en su vida que parece escrito por un novelista ruso después de una noche de vodka. Entre las dos guerras mundiales, Carton de Wiart vivió veinte años en Polonia, en una finca llamada Prosztyn, en las marismas de Pripet.

La propiedad, recibida como un gesto de patronazgo y gratitud del príncipe Radziwiłł, era un territorio salvaje de quince mil hectáreas de pantanos donde Adrian vivió como un cazador solitario, alejado de la diplomacia y el ruido del mundo. Pero el descanso era tan solo una pausa.

En 1920, durante la guerra polaco-soviética, los bolcheviques emboscaron su tren. Adrian, tuerto y manco, salió al estribo del vagón en marcha y empezó a bajar jinetes de la caballería roja con su revólver.

En medio del tiroteo se cayó a las vías, rodó por el terraplén y, con una agilidad que desestimaba su propia mutilación, volvió a saltar al tren en movimiento para seguir disparando hasta que los atacantes se dieron por vencidos.

De una guerra a otra

Terminada una guerra, su vida siempre encontraba la manera de desembocar en otra. Cuando los nazis invadieron Polonia en 1939, Adrian rozaba los sesenta años, pero Winston Churchill, admirador de los personajes fuera de serie, lo llamó de inmediato al servicio activo. Lo envió a misiones suicidas en Noruega y Yugoslavia, y él las aceptó con la alegría despreocupada de un recluta.

Se retiró a una casa en el condado de Cork, donde pasó sus últimos años pescando salmones

En 1941, su avión cayó al Mediterráneo frente a Libia. Carton de Wiart nadó una milla hasta la costa -a los 61 años y con un solo brazo- solo para ser capturado por los italianos.

Lo enviaron a Vincigliata, un campo de prisioneros para generales, de donde intentó escapar cinco veces. La huida más espectacular incluyó cavar un túnel durante siete meses con herramientas de jardín.

Adrian logró escapar y deambuló ocho días por las colinas, disfrazado de campesino italiano. La escena era ridícula: un gigante de dos metros, tuerto, manco y sin hablar una palabra de italiano, intentando pasar inadvertido. Lo atraparon, por supuesto, pero el gesto ya lo había convertido en leyenda.

Churchill lo admiraba tanto que, tras su liberación, lo mandó a China como enviado personal ante Chiang Kai-shek. Adrian odiaba la diplomacia, la veía como un ejercicio de cortesía vacía, pero su sola presencia, cargada de condecoraciones y heridas -incluida la Victoria Cross, que en sus memorias ni siquiera se digna mencionar-, lograba más que mil embajadores.

Fue testigo del nacimiento de la China moderna y del ascenso de Mao, moviéndose entre generales y guerrilleros con la parsimonia de quien ya ha visto morir a demasiados hombres y no espera nada del destino, excepto un poco de acción.

La ironía final fue una mueca del azar. En 1947, de regreso desde Asia, hizo escala en Rangún. Al bajar las escaleras de un hotel, se resbaló y se rompió la espalda.

Pasó meses inmovilizado, pero su cuerpo, acostumbrado a reconstruirse entre los escombros de la guerra, volvió a caminar. Se retiró a una casa en el condado de Cork, donde pasó sus últimos años pescando salmones con la misma paciencia con la que alguna vez aguardó al enemigo desde un nido de ametralladoras.

Adrian Carton de Wiart, un soldado todo terreno.

Adrian murió en su cama el 5 de junio de 1963, a los ochenta y tres años.

Narrar su vida hoy es asomarse a una estirpe extinguida de hombres que no veían el dolor como trauma, sino como parte del oficio. Fue un anacronismo viviente, un caballero andante extraviado en el siglo de la técnica y la burocracia.

Su legado no reside en las batallas ganadas, sino en la fidelidad a la resistencia absoluta: el cuerpo puede quebrarse mil veces, pero la voluntad permanece indivisible.

Y, sin embargo, lo que perdura no es una idea abstracta, sino una imagen viva: el parche negro, la manga vacía, la boca transformada en arma. Partió sin pedir disculpas, devoto de la libertad áspera de quien sabe que el cuerpo es apenas un envoltorio, ajado, baqueteado y lleno de agujeros.