En los primeros días de 1975, David Bowie era un juguete roto. Enclaustrado en su grotesca mansión de Los Ángeles, el británico pasaba sus días leyendo oscuros ensayos sobre esoteria nazi, viendo el televisor tumbado en un amplio camastro con dosel victoriano y practicando rituales de magia negra inspirados por su nuevo héroe, el farsante magufo Aleister Crowley.
Tal y como explicaría años despues Nicholas Pegg, el más concienzudo de sus biógrafos, el artista se ceñía por entonces a una estricta dieta de tabaco, cocaína, pimientos y cartones de leche y, como buen vampiro sobrevenido, apenas toleraba la luz del sol. Sufría turbias alucinaciones “las 24 horas del día”. En algún momento puntual, creyó morir y sintió que apenas le importaba.
Sus últimas comparecencias públicas habían resultado calamitosas. Intentó contribuir a la promoción del que iba a ser su álbum de mayor éxito internacional hasta la fecha, el plúmbeo y decadente Young Americans, pero su legendario encanto parecía haberse evaporado: pesaba menos de 40 kilos y apenas era capaz de articular palabra. Los periodistas no sabían qué escribir sobre él sin hacer sangre.
No quiero ser Hitler
Tal vez su último destello de lucidez había sido una entrevista en Londres con Robert Hilburn, a finales de 1974, en que explicaba su decisión de dejar de dar conciertos argumentando que la idolatría pop le daba mucho miedo: “Hubo momentos en que me di cuenta de que la audiencia estaba dispuesta a hacer cualquier cosa que yo le pidiese”, le dijo a Hilburn, “y eso, francamente, es aterrador”. En su opinión, Occidente se había entregado al culto a la personalidad y la obediencia acrítica, y estaba condenado a tener muy pronto “un nuevo Hitler”. Por mucho que le fascinase Goebbels y su persecución del Santo Grial, el Bowie cadavérico y paranoide de mediados de los setenta no quería convertirse en ese nuevo Hitler.
Cuando sentía que estaba tocando fondo, un tal Nicolas Roeg, director de cine de 47 años, acudió al rescate. Bowie había oído hablar de él. Incluso creía haber visto dos de sus películas, Performance y Don’t Look Now (en España se tituló Amenaza en la sombra), pero dado su persistente estupor narcótico no podía estar muy seguro de ello. El caso es que Roeg buscaba “un alienígena” para que protagonizase su próximo proyecto. Y el alienígena más ilustre que podía encontrarse en la Tierra en esos primeros días de 1975 era, sin duda, David Bowie.
Roeg acababa de ver a Bowie en un documental televisivo hoy mítico, Cracked Actor, de Alan Yentob. En él, un equipo de la BBC había acompañado al cantante en la larga jornada de su concierto en Los Ángeles del 2 de septiembre de 1974. Yentob mostraba con encarnizamiento cruel a un Bowie perdido en su laberinto, desnortado hasta la náusea, ajeno al circo mediático que le rodeaba, inmerso en su espiral de hoteles, limusinas, escenarios y drogas. Roeg pretendía adaptar un éxito editorial de Walter Tevis, El hombre que cayó a la Tierra, y necesitaba, en primer lugar, a un intérprete que resultase creíble en el papel de humanoide recién llegado del planeta Anthea. Pensó en Peter O’Toole y en el escritor Michael Crichton, pero en última instancia ambos le parecieron “demasiado terrícolas”. En el Bowie de Cracked Actor, un hombre destruido por dentro pero que, pese a todo, se mantenía cortés e impertérrito, creyó encontrar la dosis de extrañamiento y lejanía que andaba buscando.
Quiero ser actor
Roeg tuvo suerte: Bowie se estaba escondiendo en Los Ángeles de su esposa, Angela Barnett, y estaba decidido a tomarse una larga temporada sabática. Había ordenado a sus agentes que no le importunaran con ninguna propuesta laboral a menos, claro, que se tratase de un papel en el cine. En su primera juventud, cuando aún se hacía llamar Davy Jones, había estudiado mimo y teatro experimental con Lindsay Kemp y sentía que esa era su verdadera vocación. La música no era para él más que una ambición filistea que le había llevado a la cumbre para arrojarlo a continuación al abismo. Si la perspectiva de irse de gira o grabar un nuevo álbum se le hacía intolerable, ponerse a las órdenes de un buen director y convertirse en otra persona, compartir unos meses de rodaje con gente con inquietudes intelectuales, le resultaba una opción muy seductora.

En cuanto recibió la propuesta, quiso conocer a Roeg y sintió que conectaba con él a un nivel muy íntimo. Después de todo, Nicolas había dirigido a otra gran estrella del rock, Mick Jagger, en Performance, sacando un excepcional partido a sus muy menguadas dotes actorales. Y Bowie se consideraba mucho mejor actor que su amigo Jagger. Además, Roeg le dejó claro que pretendía que se interpretase a sí mismo, o más bien a una versión sublimada y enrarecida de sí mismo. El Bowie del planeta Anthea.
Maggie Abbot, agente del artista para temas relacionados con el cine, consiguió aparcar las últimas reticencias (iban a pagarle muy poco, tendría que viajar) de su representado insistiendo en algo que Bowie pensaba desde hace años: que la música pop es un deporte de jóvenes y que el paso natural para seguir creciendo, llegada una cierta edad, era dar el salto al cine, “como Sinatra”. Casi nada ilusionaba tanto a Bowie como seguir los pasos de Sinatra.
50 años despues, el resultado está a la vista. El hombre que cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth) es la más rara de las películas del director británico más raro de su generación y el mejor papel de Bowie en el cine con permiso de la emocionante epopeya queer Feliz Navidad Mr. Lawrence (Nagisa Oshima, 1983). En su día fue recibida como un fértil fracaso, una producción barata (sobre todo considerando que llevaba una superestrella a bordo) que costó unos razonables 1,5 millones de dólares para acabar recaudando apenas 3 millones, bastante menos de lo esperado. Pero la crítica la saludó como la consagración definitiva de un cineasta de una originalidad abrumadora.

Pauline Kael dijo de ella que era “como la versión para jóvenes adultos de El principito”, una historia de pureza devastada que Roeg transformaba en “material erótico” de alto voltaje. También fue apreciada la irrupción de un Bowie que parecía menos un actor que una fascinante “presencia” cinematográfica. Un hombre, en efecto, caído a la Tierra desde su lejana nube narcótica.
El propio Bowie asumía contrito, décadas despues, que no había dejado de drogarse ni uno solo de los días que duró el rodaje. Empezaron el 6 de julio de 1975 en Albuquerque, Nuevo México, y de ahí viajaron a páramos desérticos del mismo estado como Artesia, Font Lake y White Sands. El protagonista esnifaba cocaína en su bungaló a todas horas, a un ritmo que escandalizaba al propio Roeg, tambien muy aficionado a los estupefacientes, pero bastante menos compulsivo en su consumo.
Dadas las circunstancias, parecía imposible que estuviese en condiciones de rodar, pero lo cierto es que no retrasó ni una sola toma. Como el rodaje se alargaba más de la cuenta, en parte por el terco perfeccionismo de Roeg, Bowie y su equipo se instalaron en un rancho en las colinas que rodean Albuquerque, lo que permitió al músico pasar desapercibido y practicar sin interferencias su extraño estilo de vida. Había hecho que le trajesen de Nueva York un tráiler cargado con 400 libros, por no dejarlos en el piso que había compartido con su mujer y cada vez más frecuentado por “camellos y mafiosos”. Pero en entrevistas posteriores reconocía que no recordaba haber leído ni una línea mientras estuvo en Nuevo México.

Tony Richmond, director de fotografía, explicó en 2016, coincidiendo con el 40 aniversario de la película, que “nadie podría haber interpretado al alienígena Thomas Jerome Newton mejor que Bowie, un hombre de aspecto tan extraño, tan etéreo, tan andrógino”. Richmond le recuerda “un poco apartado del resto, hablando sobre todo con un tipo que le hacía de niñera y con su chófer, Tony Mascia, un hombre tan imponente que Nic [Roeg], en cuanto lo vio salir de su limusina el primer día de rodaje quiso contratarle para que hiciese el papel de chófer de Newton en la película. Y lo hizo a la perfección”.
Richmond añade que Bowie se relajó un tanto cuando acudió a visitarle su hijo de cinco años Zowie, el futuro director de cine Duncan Jones. Trabajar con la estrella del rock fue, para Richmond, una experiencia “extraña” pero satisfactoria: “Era muy profesional y llegaba siempre puntual a sus escenas. Hubo unos días un tanto raros en que se mostró arisco con el equipo porque estaba convencido de que alguien había puesto algo en su zumo de naranja. Costó convencerlo de lo contrario”. Era un tipo “muy educado, inteligente y sensible, pero bastante suspicaz”. Según el relato de Richmond, “en la escena en que los doctores terrícolas operan a Newton para humanizarlo íbamos a usar tinta roja, pero a mí no me resultaba convincente. Así que propuse usar sangre de cerdo. Bowie lo escuchó y dijo que bajo ningún concepto, no iba a dejar que le untásemos con esa porquería. Pero sí le parecía bien, en cambio, que usásemos sangre humana. De manera que pedí a la enfermera que me sacase un litro y rociamos a Bowie con mi propia sangre. Imagínate hacer algo así hoy en día.”
Otra anécdota célebre tiene que ver con la presencia de una cuadrilla de ángeles del infierno que estaban acampando en el desierto muy cerca de una de las localizaciones del rodaje. Bowie, según Roeg, “huyó en cuantos los vio y se negó a abandonar su rancho hasta que desapareciesen esos tipos, así que nos vimos obligados a llegar a un acuerdo con ellos”. No es extraño que se sintiese intimidado”, explicó Roeg. “Despues de todo, él era una estrella mundial, pero tambien un tipo más bien frágil y de aspecto poco masculino”. No estaba nada dispuesto a lidiar con los representantes por excelencia de la masculinidad tóxica”.
No he entendido nada
¿De qué trata la película? Cuesta decirlo. Bowie insistía, ya en los noventa, en que, al verla, no se había enterado “de nada”, atribuyendo su incomprensión a los efectos de la cocaína. Pero lo mismo podrían decir gran parte de los espectadores que acudieron a los cines que la proyectaban en 1976. Aún hoy, convertida en objeto de culto y convenientemente contextualizada en la obra de su autor, un grande de la contracultura y la lisergia cinematográfica, la película resulta de muy difícil comprensión por su deliberada incoherencia y su estilo narrativo elíptico.

En su superficie, es la confusa historia de un hombre que llega a la Tierra para conseguir los recursos hídricos que se han extinguido en su planeta natal, Anthea. Una vez en los Estados Unidos de la década de 1970, ese extraño individuo con pasaporte británico y pelo teñido de color naranja se hace inmensamente rico acumulando patentes tecnológicas, pero su proyecto de rescatar a su familia y dar de beber a su planeta sediento se va postergando un año tras y otro por razones no siempre comprensibles y no siempre ajenas a su voluntad.
Al final, como un náufrago arrojado a un océano de mezquindad y estupidez, Newton vive recluido en sí mismo, se aficiona al alcohol y a la narcótica televisión de nuestro planeta y empieza a relacionarse con gente poco recomendable, como una camarera de hotel dipsómana que le quiere con locura (la actriz Candy Clark) o su Judas particular, el profesor universitario al que interpreta Rip Torn. Uno y otros le ayudan a olvidarse de sí mismo, perder su sombra y caer en la melancolía mientras su familia perece a años luz de distancia. Todo lo que es capaz de hacer por ellos es grabar un álbum de música experimental, titulado The Visitor, con la esperanza de que lo escuchen algún día y entiendan lo que le ha pasado.
Los detalles de esta epopeya existencial resultan borrosos. Roeg partió de un libro ya de por sí bastante críptico, le dio la vuelta y quiso proponernos una especie de sátira social y un viaje visual de una excentricidad deslumbrante. Pero ni a él ni a su estupendo guionista, Paul Mayersberg, pareció preocuparles en exceso algo tan mundano como contar una historia coherente. Bowie no entendió la película que había protagonizado y nosotros tampoco la entendemos. Pero el más desquiciado y alienígena de los marcianísimos proyectos de Roeg conserva, 60 años después, toda su capacidad de fascinación intacta.

Para la memoria cinéfila, queda la escena en que el equipo de cirujanos terrícolas incrusta en los ojos de Newton el par de lentillas que utilizaba para darse un vago aspecto humano y que ahora ya no podrá quitarse nunca. Es, además de un acto de crueldad gratuita, la metáfora de algo profundo e inquietante, pero tal vez nunca sabremos muy bien de qué. Plantea preguntas para las que no tenemos respuesta. Y está muy bien que así sea.








