Belgrano fue clave en la Semana de Mayo

Belgrano fue clave en la Semana de Mayo


Manuel Belgrano no fue un espectador de la Revolución de Mayo. Fue uno de sus principales impulsores políticos e intelectuales. Mientras el virrey Cisneros intentaba preservar un poder cada vez más debilitado, Belgrano ya entendía que la caída de España en manos de Napoleón abría una oportunidad histórica para que los criollos asumieran el gobierno de estas tierras. Había pasado años formándose en las ideas de la Ilustración, leyendo a Montesquieu, Rousseau, Quesnay y Adam Smith, y convencido de que el Río de la Plata necesitaba libertad económica, instituciones modernas y autonomía política.

El 4 de abril de 1810 renunció a su cargo en el Consulado, aunque siguió dirigiendo el Correo de Comercio. Ese rol periodístico le permitió mantener reuniones políticas con otros criollos que esperaban el momento indicado para avanzar sobre la autonomía. A comienzos de mayo se encontraba descansando en el campo, pero sus amigos lo mandaron llamar con urgencia a Buenos Aires. En su Autobiografía escribió una frase decisiva: “era llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad e independencia deseada”. No hablaba todavía de reformas parciales: hablaba de libertad e independencia.

La situación cambió definitivamente el 13 de mayo de 1810, cuando llegó a Montevideo la fragata inglesa París con noticias devastadoras para el orden colonial: la Junta Central de Sevilla había caído y gran parte de España estaba bajo control francés. Eso dejaba sin legitimidad al virrey Cisneros, cuyo poder emanaba precisamente de esa autoridad desaparecida. Cisneros intentó ocultar las noticias, pero fue inútil. Los ejemplares llegaron a manos de Belgrano, Castelli y Saavedra. El 18 de mayo el propio virrey terminó reconociendo públicamente la desaparición de la Junta.

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A partir de allí comenzaron las reuniones decisivas en la casa de Nicolás Rodríguez Peña y en la jabonería de Hipólito Vieytes. Belgrano participó activamente de esas discusiones junto a Castelli, Paso, Beruti y otros miembros del partido criollo. Allí se consolidó el principio político que daría fundamento a la Revolución: la reversión de la soberanía en los pueblos. Si el rey había caído y la autoridad española desaparecía, el poder volvía al pueblo.

Belgrano no solo debatía ideas: también operaba políticamente. Junto con Saavedra presionó a miembros del Cabildo para que convocaran a un Cabildo Abierto. El 22 de mayo participó de aquella sesión histórica, donde unos 250 vecinos discutieron el destino del Virreinato. Castelli y Paso defendieron la postura revolucionaria sosteniendo que el pueblo tenía derecho a reasumir el poder. Belgrano votó a favor de la destitución del virrey y de que el Cabildo organizara un nuevo gobierno.

Los días posteriores mostraron quizás al Belgrano más decidido y menos conocido. El Cabildo intentó mantener a Cisneros al frente de una Junta, buscando una salida moderada que calmara a los criollos sin romper del todo con el viejo régimen. Pero la maniobra generó indignación en los cuarteles y entre los revolucionarios. En la casa de Rodríguez Peña se debatió entonces qué hacer. Según recordó Tomás Guido, Belgrano —vestido con uniforme militar y con la espada en la mano— lanzó una frase que retrata el clima de aquellas horas: “Juro a la patria y a mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día de mañana el virrey no ha renunciado, lo arrojaremos por las ventanas de la Fortaleza abajo”.

Ese no era el tono de un burócrata ilustrado ni de un intelectual de escritorio. Era el tono de un revolucionario decidido a romper con el viejo orden. Durante la noche del 24 al 25 de mayo, mientras French y Beruti movilizaban gente en la plaza y las tropas permanecían acuarteladas, Belgrano estuvo entre quienes empujaron el desenlace definitivo. Finalmente Cisneros renunció y el 25 de mayo juró la Primera Junta de Gobierno, presidida por Cornelio Saavedra y con Manuel Belgrano como uno de sus vocales.
Belgrano resumió aquellos días con humildad: “Apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por dónde”. Pero la historia muestra algo distinto. Belgrano no llegó por casualidad a la Revolución de Mayo. Llegó porque llevaba años preparándose intelectual y políticamente para ella. Detrás del creador de la bandera había un hombre formado en las ideas liberales de su tiempo, convencido de que el poder debía surgir del pueblo y no de una monarquía decadente. Mayo fue también la revolución de esas ideas.