Antes de salir de su casa en Los Ángeles, Laura alza la mirada al cielo y susurra una plegaria: “Dios mío, hazme invisible”. Teme encontrarse con agentes migratorios, ser detenida y deportada a Guatemala. Es la misma oración que repite desde que llegó a Estados Unidos hace 40 años. Desde entonces, han pasado siete presidentes y múltiples intentos fallidos de regularizar a millones de indocumentados. Pero Laura sigue viviendo en las sombras, ahora con menos esperanzas que nunca de cambiar su situación migratoria.








