Casi a la misma hora, durante la mañana del miércoles, el Secretario de Estado, Marco Rubio, habló desde Washington, mientras el gobernante, Miguel Díaz-Canel, lo hacía desde La Habana. Ambos se dirigían al pueblo de Cuba. El primero resaltaba la fecha, el 20 de mayo de 1902, como el día en que “la bandera cubana ondeó por primera vez sobre un país independiente”, una escena grabada en una foto de la época que guardó para siempre el nacimiento de la república. El segundo, sin embargo, dijo que a esa fecha solo se le agradece una cosa: “Haber sembrado en los cubanos de entonces un sentimiento antimperialista”. Rubio vuelve a 1902 como un momento épico, pero Díaz-Canel le pide al pueblo que no olvide que el 20 de mayo marca el día de la “intervención” y la “injerencia” yanqui en su país. Ese ha sido el relato entre Estados Unidos y Cuba hasta hoy: dos gobiernos forcejeando el sentido de la historia.
A la misma hora en que se hacían públicos el discurso en idioma español con acento de Rubio y el mensaje “a lo cubano” de Díaz-Canel, la Unión Eléctrica de Cuba anunciaba que la disponibilidad del Sistema Eléctrico Nacional era de 1.300 MW, frente a una demanda de 2.780 MW. Es decir, una larga jornada de apagones se extendía sobre el tiempo dormido de una isla donde cualquier épica republicana parece haber sido tragada por el desmadre de la Revolución. Ya no hay un tumulto de estudiantes que descienda las escalinatas de la imponente Universidad de La Habana, el Hotel Nacional no escapa de los apagones, al mítico barrio Vedado le falta el agua y ya ni siquiera hay suficientes turistas que se retraten a las afueras del Capitolio.
Este mismo miércoles, cuando arrancaba la tarde en el Sur de la Florida, otro símbolo venía a posarse sobre la fecha del 20 de mayo. Fue el día elegido por el Gobierno estadounidense para que el Departamento de Justicia formalizara cargos penales federales contra Raúl Castro por su responsabilidad en la muerte de cuatro personas al ordenar derribar dos avionetas de la organización humanitaria Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996.
La fecha llamó la atención de algunos: el mismo día en que imputaban a Castro por los delitos de asesinato, conspiración para matar a estadounidenses y destrucción de las aeronaves, Rubio le decía a los cubanos que su Gobierno quería ayudarlos: “No solo a aliviar la crisis actual, sino también a construir un futuro mejor”.
Al cerco petrolero decretado a finales de enero, le han seguido amenazas casi cada semana, sanciones a los servicios de inteligencia, presión contra el emporio militar y económico Gaesa, restricciones financieras o la visita del director de la CIA a La Habana para dejar claro que Cuba no representa una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos. A esto se suma lo que ha venido a ser el golpe más simbólico al castrismo: el enjuiciamiento de Castro casi al final de su vida, como si la Historia lo situara ahora en una especie de paredón político.
Ante la ausencia de Fidel Castro, es su hermano Raúl, a sus 94 años, quien parece estar asumiendo las deudas de su Gobierno con el exilio. Rubio insistió en que si los cubanos hoy viven sin electricidad, sin combustible o alimentos, “es porque quienes controlan su país han saqueado miles de millones de dólares”. Y a ese estafador, Rubio le puso un nombre: Gaesa, el conglomerado militar que controla entre el 40% y el 70% de la economía del país.
Algunos son los que han empezado a añorar esos tiempos de inicios del siglo XIX, incluso gente que ni conoce en realidad cómo fueron, pero que, en todo caso, no creen que haya sido peor que lo que ahora viven. Sergio Ángel, el director del Programa Cuba de la universidad colombiana Sergio Arboleda, asegura que, como la misma Enmienda Platt -que garantizó la dominicación estadounidense en Cuba- abrió las puertas al antiimperialismo y a la Revolución de 1959, ahora hay una vuelta a repensar la República. “Ya casi son tres cuartos de siglo de que los cubanos no conocen la democracia. Esto ha conducido a revalorizar el periodo de la República. Una revolución que terminó subvirtiendo sus propios ideales hace que se empiecen a endiosar esos tiempos”, sostiene.
No obstante, la propuesta de Rubio, la fecha histórica de la acusación a Castro y las intenciones aún oscuras de Washington sobre el futuro de la isla también despiertan otras dudas. “Una cosa sería usar la fecha para fundar una nueva narrativa que construya una nueva nación, pero este es un contexto en que la Administración de Trump ha hablado de la importancia de restablecer su dominio sobre América Latina, de la necesidad de controlar lo que pasa en el patio trasero”, plantea Michael Bustamante, profesor de la Universidad de Miami y autor del libro Cuban Memory Wars. “Puede que el mensaje sea otro, que lo que está proponiendo no sea simplemente una refundación de la nación cubana, sino un retroceso a una época en que Cuba padecía de una dependencia tremenda de Estados Unidos. Parte de la estrategia actual de la Casa Blanca parece ser convertir a Cuba en un Estado dependiente, para que las autoridades tomen conciencia de que la única salida tiene que pasar por Washington”.
Gaesa, la tuerca de un sistema
La gente en Cuba está acalorada, entre los casi 30 grados Celsius de temperatura y la tensión de no saber, en realidad, qué quiere decir el presidente Donald Trump cuando habla de “liberar a Cuba” o de garantizar “un nuevo amanecer” para la isla. Eso sí, la gente ha estado asistiendo, durante cinco meses, a la mayor presión que ha tenido lugar entre las 12 administraciones que han pasado por la Casa Blanca desde el triunfo de la Revolución.
“Nunca un Gobierno estadounidense ha puesto tanta presión a Cuba”, asegura Andy Gómez, el exdirector del Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami, quien ayudó a moldear la propuesta de una política entre Estados Unidos y la isla en la era Obama. “Han puesto un nudo alrededor del gobierno cubano, un nudo que también el pueblo está sufriendo de una manera que no se ha visto ni cuando el Periodo Especial”.
El señalamiento de Rubio a Gaesa ha puesto en el radar al conglomerado que tiene bajo su sombra hoteles, tiendas en divisas o empresas exportadoras. Estuvo administrada por años por el exyerno de Raúl Castro, el fallecido Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, padre de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, el nieto que se sienta a hablar en cada uno de los encuentros con los funcionarios estadounidenses sobre el destino del país.
Pero el economista Miguel Alejandro Hayes, que ha investigado el emporio económico del castrismo, hace una distinción importante: “Gaesa es un medio de Raúl Castro, no del sistema”.
“Cuba siempre ha estado controlada, primero por Fidel, luego por Raúl Castro. Ese intento de explicar el Estado cubano como un apéndice de un gran poder económico es completamente erróneo”, sostiene Hayes. “Gaesa no ha estado ahí siempre, tendrá máximo 20 años. Gaesa siempre ha sido un instrumento específicamente de Raúl, su esquema de dominación autoritario sobre la economía cubana. No es Gaesa quien manda en Cuba, manda una élite militar de la cual el grupo es el instrumento más grande y poderoso formalmente hablando, pero no es el único”.
El futuro indescifrable
Rubio le dijo a los cubanos en su largo mensaje en español que el presidente Donald Trump tenía un ofrecimiento: el de una “nueva relación entre Estados Unidos y Cuba”, sin la mediación de Gaesa, o sea, del Gobierno. Luego añadió: “En Estados Unidos estamos listos para abrir un nuevo capítulo en las relaciones entre nuestra gente y nuestros países. Y actualmente, lo único que se interpone en el camino hacia un mejor futuro, son quienes controlan su país”.
“Lo que parece proponer Rubio es un modelo de relación que busque rodear al Estado cubano y fortalecer directamente al sector privado y otros actores independientes en la isla”, dice María José Espinosa, experta en política exterior y directora ejecutiva del Centro para el Compromiso y la Incidencia en las Américas (CEDA). “La Administración Trump ha dejado claro en repetidas ocasiones que no quiere que el capital estadounidense, el turismo o el comercio fluyan a través de instituciones vinculadas a las fuerzas armadas cubanas. En ese sentido, esta “nueva relación” no es solo económica, también busca alterar las dinámicas de poder en la isla”.
Ahí radica, para algunos, el gran interrogante de este capítulo de tensión que se abrió después de la captura de Nicolás Maduro en Caracas y que situó a Cuba como posible receptor de un nuevo ataque estadounidense: ¿en qué términos se llevaría a cabo una relación con un presidente que en su primer mandato desmanteló los pasos que había dado el Gobierno de Obama para recomponer las relaciones diplomáticas entre ambos países? “La ley de los Estados Unidos, la Helms Burton, dice que para levantar el embargo económico tiene que haber cambio de régimen, entonces eso complica las cosas”, asegura Gómez. “Trump no puede suspender el embargo económico, lo que más puede hacer es lo que hizo Obama y un poco más. Entonces la responsabilidad radica en la parte de Cuba. La pregunta es: ¿qué movimientos puede hacer Cuba que vayan a facilitar a Rubio y a Trump establecer relaciones con la isla?”
El Gobierno cubano, sin embargo, va de la intransigencia a la colaboración y luego a la intransigencia otra vez, según el tono que marquen las amenazas desde Washington. Díaz-Canel, que responde al ritmo de tuits cada uno de los anuncios que llegan, retó este miércoles a Estados Unidos. “Quiten el bloqueo y vamos a ver a cómo tocamos”, les dijo sobre el mensaje de Rubio en torno al poder económico de Gaesa y el destino de Cuba. El propio Castro no ha pronunciado ni una palabra pública sobre la acusación en su contra.
“Si la administración (de Trump) continúa intensificando la presión sin lograr las concesiones que desea, no creo que pueda darse por sentado que Washington descartaría una acción militar”, apunta Espinosa. “La trayectoria actual corre el riesgo de desencadenar un periodo prolongado de deterioro humanitario y un sufrimiento lento, sin cambios reales para la gente. Lo que sigue sin estar claro es cómo Washington espera que ocurra esa transformación: si mediante un acuerdo económico, presión coercitiva, ayuda condicionada o incluso niveles más altos de confrontación”. Y ahí, enlaza con otra idea, el fondo del asunto es “si un cambio impulsado desde Washington realmente empoderaría a los cubanos dentro de la isla o si simplemente sustituiría una forma de concentración de poder por otra más vinculada a intereses económicos y geopolíticos estadounidenses”.








