Haber visto en La Habana a John Ratcliffe, el director de la CIA, quizá sea menos asombroso que haber visto a Ramón Romero Curbelo, jefe de la Dirección de Inteligencia del Ministerio del Interior de Cuba. Su rostro había aparecido en televisión anteriormente, pero no ligado a su cargo, y es el cargo lo que le otorga expresión a un rostro así. Pueden encontrarse imágenes suyas en actos militares en la isla, o en delegaciones oficiales en Nicaragua y Vietnam, aunque siempre como parte de un conjunto. Otro militar con poder, que no es poco, pero tampoco tanto como lo que ahora se sabe que es.
En la foto que publicó la CIA en su página de X, Romero preside una mesa punteada de kitsch socialista: ramos de rosas rojas, botellas de agua de mipymes y manteles blancos de comedor obrero. A su lado hay varios funcionarios cubanos y, al frente, como si estuviera enfrentándose él solo a todo ese pelotón comunista, aparece Ratcliffe en posición de firme, casi como un Kent de segunda mano. El cuadro es desolador. Lo que se sirve en esa mesa, y no se ve, es el pueblo de Cuba. La mano de Curbelo invita a los visitantes a sentarse y les dice que pueden comer. El escenario ha venido cerrándose y Estados Unidos está a punto de zamparse un menú que el castrismo, destazando aquí y allá, diligentemente le preparó, aunque Curbelo, en realidad, no parece del todo contento, sino más bien contrariado por compartir lo que hasta ahora se habían merendado solos.
Que la CIA haya llegado hasta la cueva de la inteligencia cubana sin disparar un tiro, pero habiendo matado antes a 32 militares de la isla en Venezuela, sacrificados estúpidamente por defender a un tiranuelo que su propia gente ya había vendido, sugiere que el castrismo no tiene intenciones de inmolarse. No van a envolverse en ninguna bandera y a esperar a los marines en el malecón, sino que intentarán, en esa suerte de mareo asfixiante en el que han hundido a los demás, seguir ganando tiempo para cada uno de ellos, raspando una salida individual, mientras aceptan con mansedumbre lo que podríamos llamar una invasión suave, la formalización de la existencia del gran capital.
Sea como sea, la CIA ya parece haber anunciado que no está dispuesta a entretenerse con intermediarios civiles ni chivos expiatorios de segunda categoría, tal como, en estos regímenes opacos, puede incluso llegar a ser el propio presidente del país. Quizá hasta la propia cabeza de Díaz-Canel esté servida en esa mesa de protocolo, pero solo como decoración. Los gringos no fueron hasta La Habana para jartarse con tan poco. Lo hicieron, según sus propios testimonios visuales, para verle la cara a Curbelo, el jefe de los espías cubanos, y a que el mundo se la viera también.
En sociedades espartanas como la que hay en Cuba, donde los reyes son los instrumentos de negociación pública utilizados por el comité anónimo de la policía política, que una de esas caras salga a la luz significa una pérdida de poder. Ninguno de esos rostros está diseñado para volverse específico. Han salido del pueblo, en el pueblo están, han almorzado en tu escuela, dormido en tu albergue, ido a tu universidad, caminado por tu barrio, y mandan y acribillan en la omnisciencia de su ordinariez y bajo el disfraz de la faena cotidiana.
Curbelo, general de brigada, viene de Cienfuegos y no es hijo de nadie. En la foto, su rostro es adusto, el ceño fruncido, la cabeza recién afeitada, y todo aquello que podría haberlo vuelto un vendedor de maní en una estación provincial de trenes, de repente se convierte en algo que asusta. En algo que mata. Yo no he conocido, al menos conscientemente, a agentes de la inteligencia cubana, pero sí a varios de la contrainteligencia, que son los encargados de la vigilancia al interior del país. No se valen de espías, sino de chivatos, pero el principio del aura, de la impenetrabilidad, es el mismo.
Cualquiera que haya pasado por interrogatorios en Cuba sabe que en una primera instancia te aborda un sujeto, o dos, de rango bastante menor. Torpes, diletantes y brutos. Después, si acumulas un par de rondas, pueden venir otros, con más años de servicio, con el personaje más pulido y los métodos más aceitados. La violencia se vuelve más compacta, menos histérica, si se quiere. Mis primeros interrogadores en Cuba, hace ya varios años, resultaron ser, llegado el momento, los choferes del segundo: un mulato corpulento, de mediana edad, que se hacía llamar Saucedo y que era considerablemente más listo y feroz que sus subordinados. Aun así, por más que Saucedo pareciera mandar, siempre había una forma de rebajarlo y consistía en pensar en el interrogador que todavía no habías visto, en el que estaba por encima de él.
Hace unos meses, para colmo, el medio elToque reveló que Saucedo era en verdad el teniente coronel del Ministerio del Interior Rafael Pupo Carnet. Supieron en qué reparto vivía y hasta encontraron un video, en la boda o el cumpleaños de no sé quién, donde puede vérsele de pie, haciendo nada, como quien no quiere las cosas. Parte del poder de estos hombres reside en el hecho de que el interrogado no sea capaz de imaginarlos fuera del cuarto de interrogación, de que parezca que solo viven ahí, como la expresión antropomórfica de una máquina represiva.
En este juego neurótico de opacidades y máscaras, ¿quién, que no hayamos visto todavía, puede encontrarse detrás del jefe de los servicios de inteligencia cubanos? Ya no queda nadie más. Es el cierre anticlimático de un crimen histórico. Para Curbelo, que creyó prepararse toda su vida para general de la guerra contra los norteamericanos, la historia le venía reservando un puesto de capitán de salón.








