El árbol más viejo de la Argentina, un tesoro patagónico que tiene 2630 años y sorprende a la ciencia

El árbol más viejo de la Argentina, un tesoro patagónico que tiene 2630 años y sorprende a la ciencia


Es aire puro. Apenas se abre la puerta del avión en el aeropuerto de Esquel, los pulmones porteños sienten la diferencia. Las horas pico de una Buenos Aires húmeda quedan a 1.800 kilómetros de distancia.

En este suelo patagónico tapizado de belleza natural, famoso por sus cielos limpios y sus vientos indómitos, se respira bien. Aquí vive Lahuán.

Alto, señorial, imponente, nació antes que el Cristianismo y de la construcción del Partenón en la Grecia antigua. Era apenas un retoño durante el apogeo de la civilización babilónica; y ya un adulto cuando Cristóbal Colón llegó a América.

Y seguía firme hace 216 años cuando el pueblo quiso saber de qué se trata en la Revolución de Mayo de 1810. Es el árbol más viejo de la Argentina, un alerce que es una joya de la Naturaleza.

Lahuán, como todo ser vivo longevo, es un sobreviviente. Tiene 2.630 años, soportó erupciones volcánicas, incendios forestales, vaivenes del cambio climático y vivió para contarlo a través de los anillos de su tronco de más de 2 metros de diámetro.

El alerce abuelo del Parque Nacional Los Alerces es un imán para turistas de todo el mundo. Foto: Fernando de la Orden.

En ellos se puede leer la historia climática de la región y también su edad, a través de una disciplina que se conoce como dendrocronología. Y en su base, superpoblada de una biodiversidad asombrosa de hongos, la ciencia pone hoy su mirada para preservar la salud de los bosques.

Un equipo de Viva viajó hasta el sur argentino, a la provincia de Chubut. Recorrió kilómetros de senderos increíbles y navegó más de una hora por un lago fascinante para llegar al corazón del Parque Nacional Los Alerces:un alerzal milenario donde el árbol más joven puede tener 400 años.

El alerce más alto es Lahuán: está cerca de los 60 metros. De fondo, toda la belleza patagónica. Foto: Fernando de la Orden.

Una aventura para entender por qué Lahuán es tan importante en el ámbito científico y como atracción turística nacional.

Un abuelo en el bosque

El punto de partida es Esquel. En el trayecto hacia la hostería, los ojos se van hacia los árboles, ¿cómo será uno de 2.630 años? Los pinos ponderosa y radiata (implantados) enmarcan el camino en la salida del Aeropuerto y le ponen al paisaje un tono verde que parece artificial en un otoño bien asentado.

Pero definitivamente esta es tierra de alerces. Al llegar a la ciudad, una pizzería muy popular (nos cuentan) tiene un cartel bien visible. Al pasar se lee: Fitzroya.

El nombre científico de Lahuán, también conocido como alerce abuelo, es Fitzroya cupressoides.

En las tiendas de souvenires, su silueta de tronquito con ramas en lo alto asoma en mates, remeras y buzos. Y en una chocolatería, sus vendedoras se lamentan por el incendio que el año pasado castigó la zona. “¡En el Parque está el Abuelo, menos mal que no le pasó nada!”, suspiran.

El fuego, que afectó cerca de un 7 por ciento de la superficie de ese parque nacional, fue declarado oficialmente extinguido el mes pasado y no dañó al alerzal milenario.

Ahora todos miran hacia el futuro. Uno de los mayores símbolos de superación son los brotes verdes que ya se ven en medio de algunas ramas quemadas. La vegetación siempre es resiliente.

Brotes que ya están creciendo en las zonas afectadas por el incendio. El alerzal milenario se mantuvo a salvo. Foto: Fernando de la Orden.

El recorrido para conocer a Lahuán arrancará al día siguiente, muy temprano. Mientras tanto, es tiempo de escuchar a las personas que más lo conocen. “Es sumamente histórico y emblemático para los pobladores originarios de esta región.

Ellos lo consideraban como algo muy particular, incluso pensaban que sus ancestros conversaban con el alerce a través del viento”, comenta Héctor Gonda, ingeniero forestal, naturalista y fotógrafo.

Gonda, que vive en Esquel desde 1992, conoce bien el tema y, por sus profesiones, tuvo el privilegio de ver también al que se considera el árbol más viejo del planeta, el pino bristlecone, “Matusalén”, que crece en California, Estados Unidos, y tiene aproximadamente 4850 años.

Héctor Gonda, ingeniero forestal, naturalista y fotógrafo, en el alerzal milenario de Chubut. Foto: Fernando de la Orden.

Es un estudioso con un máster en Silvicultura por la Universidad de Lakehead, Canadá, e hizo su doctorado en la Universidad de Oregon.

“Esta especie, la del Abuelo, es exclusiva de los bosques andino-patagónicos de Argentina y de Chile. No se la puede encontrar en otro lugar del mundo. Lleva millones de años evolucionando y se llama Fitzroya por Fitz Roy, un marino y científico británico del siglo XIX que fue, además, el capitán del HMS Beagle, el barco que trajo a Charles Darwin a sus expediciones en América entre 1831 y 1836. Y cupressoides porque se parece a los cipreses, que pertenecen al género Cupressus”, explica.

Cuanto más se sabe sobre el alerce abuelo, dan más ganas de conocerlo. Un objetivo que, nos anticipan, conviene encarar bien temprano, después de un buen descanso, un generoso desayuno, con provisiones de agua y vianda en un bolso liviano y con un espíritu ecológico draconiano: nada de derramar envoltorios por ahí, ni siquiera cabitos de manzanas.

Vamos a la ruta

A bordo de una camioneta 4×4 de la Administración de Parques Nacionales (APN), equipada para la ocasión, Esquel va quedando atrás a medida que por la ruta nacional 40 se asciende (en algunos lugares) hasta los 700 metros de altitud.

De un lado aparecen lagos que parecen escenarios armados para películas distópicas, con bruma espesa, pero natural. Y del otro, la espectacular Cordillera de los Andes, con sus picos nevados y su récord de cadena montañosa más larga del planeta (7.000 kilómetros).

Después de la nacional 40 se empalma con la provincial 71 hasta llegar a la puerta de ingreso del Parque Nacional Los Alerces. El recorrido es de 50 kilómetros; el tramo final es sinuoso, con ripio, pero no pierde encanto.

En el camino van pasando árboles de follaje exquisito y muchos pinos ponderosa, el pino más plantado en la región.

El trayecto predispone a maravillarse y conmueve saber que los puntos que a lo lejos se ven de un tono rojo brillante son las huellas del último incendio. Los coihues, cipreses y lengas, tras el fuego, quedaron de ese color.

Al ingresar al Parque, abierto al público de 8 a 18, aparece Villa Futalaufquen, con 120 habitantes, la mayoría, personal de Parques Nacionales (guardaparques, brigadistas), sus familiares y algunos descendientes de pobladores antiguos.

El lugar tiene una escuela, la oficina de la intendencia, un centro de visitantes, opciones de alojamiento y una proveeduría.

Para todos los que viven aquí, y tres comunidades urbanas (Esquel, Trevelin y Cholila), que tienen vinculación histórica con este parque, el Abuelo es algo más que una reliquia natural: es la luz que ilumina su sustento. Según el Ministerio de Turismo del Chubut, en un fin de semana de temporada alta, el Parque suele recibir 3.000 visitantes.

“Nuestro alerzal milenario es un imán, un sitio de importancia fundamental para el Sistema de Parques Nacionales. Fue creado en 1937 y declarado sitio de Patrimonio Mundial por la Unesco en 2017. Saber que estamos custodiando seres vivos que estaban aquí mucho antes de que existiera nuestro país y que, si hacemos bien nuestro trabajo, seguirán estando cuando nosotros nos hayamos ido, es entender nuestra pequeñez frente a los tiempos de la Naturaleza”, dice Damián Mujica, director Regional Sur de APN, quien da la bienvenida a las puertas del camino hacia la casa del alerce abuelo.

Camina, no corras

La guía de montaña Marisa Santos y el guardaparques, Facundo González Díaz, nos llevan hasta el inicio de un sendero que empieza con aire intrépido. Hay que cruzar una pasarela de más de 100 metros de largo sobre el río Arrayanes.

Un cartel anuncia que no pueden caminar más de 20 personas al mismo tiempo. Somos cuatro. ¿Un poco de vértigo? Un poquito.

La pasarela sobre el río Arrayanes tiene más de 100 metros de largo.

Del otro lado, arrancan treinta minutos de caminata entre una vegetación tupida teñida de verde con algunos tonos ocre y el rumor de lagos y ríos cercanos, que obligan a hacer pequeñas pausas para disfrutar el paisaje.

A cada paso se siente la humedad del suelo y, como en una cuenta regresiva, crece el anhelo por llegar hasta el lugar de los árboles milenarios.

Al final de este primer tramo aparecen en escena Pablo y el Puerto Chucao. Allí, el equipo de Viva aborda una embarcación de la empresa Glaxiar, preparada para 12 personas. El objetivo: navegar por el Lago Menéndez por más de una hora para llegar al Puerto Sagrario y seguir camino hacia el tesoro.

Pero antes, la desinfección. Algo que nos había anticipado el ingeniero forestal Héctor Gonda: “Al Abuelo hay que cuidarlo. Los científicos del Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino-patagónica (CIEFAP) confirmaron que es susceptible a Phytophthora austrocedrae, un patógeno que ataca al ciprés de la cordillera.

Por eso, antes de embarcar se pisan recipientes con 2 centímetros de cloro. Es para impedir que, en nuestro calzado, llegue al alerzal cualquier agente patógeno, no sólo ese. Es importante protegerlo de enfermedades”.

El paisaje desde la embarcación es hipnótico. El lago deja ver su fondo sin interrupciones y, en lo alto, el glaciar que asoma en la punta del cerro Torrecillas parece esculpido a mano. La vegetación apabulla.

El paisaje que se observa durante la navegación hacia el alerzal milenario es impactante. Foto: Fernando de la Orden.

Luego de una hora y media de navegación se arriba al Puerto Sagrario y eso marca el comienzo de un nuevo recorrido por otro sendero. Esta vez es como atravesar la puerta a un bosque encantado.

La llegada al Puerto Sagrario, una puerta de entrada al bosque donde crece Lahuán. Foto: Fernando de la Orden.

El terreno es lo que se conoce como selva valdiviana. Un ecosistema de bosque templado lluvioso, donde la humedad provoca una gran proliferación de hongos de colores inimaginables.

Sorprende un moho que no produce rechazo y líquenes grandes que, apoyados sobre roca madre, forman una suerte de jardín vertical que podría haber sido diseñado por un artista de vanguardia.

La belleza es proporcional a la humedad. Y crece aún más cuando aparecen los primeros ejemplares de alerces. Gigantes con cortezas que parecen desgajarse, dueños de una madera especial que fue la causa de su depredación en el pasado.

La madera del tronco de alerce parece desgajarse. En otros tiempos, con esos "gajos" se hacían tejuelas para casas. Foto: Fernando de la Orden.

Se la utilizaba para fabricar canoas “bongos” y tejuelas para paredes y techos por su flotabilidad, peso y resistencia. Hoy su tala y comercialización están prohibidas.

Gigante entre gigantes

El sendero, como un gran pasillo entre el follaje, tiene una malla metálica que protege el suelo natural del pisoteo de los visitantes. A cada paso desfilan postales vivientes de ríos caudalosos y lagos durmientes.

Tramos del sendero con malla metálica. Foto: Fernando de la Orden.

Cuando los colores de hongos nunca vistos llenan los ojos de Naturaleza, aparece, por fin, la estrella principal. Lahuán, el Abuelo, el Alerce milenario. El árbol más viejo de la Argentina.

La emoción es especial. Altísimo, su copa está ubicada a 57 metros del suelo. Es un árbol de gran porte. Infunde respeto. Fernando de la Orden, el fotógrafo de Viva, usa toda su maestría para que se pueda apreciar en su totalidad en las imágenes.

Hay que cuidar a este árbol y a todo el alerzal. Y conocerlo. Es importante protegerlo de enfermedades que puedan transmitir agentes patógenos.

Héctor GondaIngeniero forestal

Es necesario ver cuán gigante es entre otros gigantes. Hay que observarlo y retratarlo en toda su dimensión.

Todo es quietud alrededor de Lahuán. Apenas se cuela algún sonido de chucao o de carpintero bataraz grande, aves de la zona.

Un chucao muy cerca de donde crece Lahuán. Foto: Fernando de la Orden.

No se lo puede tocar: una estructura de metal lo rodea para impedir cualquier contacto. Su tronco milenario parece desarmarse como en hilachas.

“Antiguamente, antes de talar alerces, se les practicaba un pequeño corte que servía para saber si la madera era apta para uso comercial. Ese cateo mostraba si la disposición de las vetas era pareja y aprovechable, o retorcida y no aprovechable”, cuenta la guía Marisa Santos y deja una reflexión:

Huella que quedó de un antiguo cateo de madera en un alerce del Parque Nacional Los Alerces. Foto: Fernando de la Orden.

“Este Abuelo no es sólo un árbol. Es algo que nos ayuda a ubicarnos en tiempo y espacio. Nos obliga a pensar qué lugar ocupamos nosotros, los humanos, en esos parámetros. Somos un suspiro”.

Marisa Santos, guía de montaña, nacida en Esquel. Una apasionada de la Naturaleza. Foto: Fernando de la Orden.

La pregunta es ¿por qué es tan longevo Lahuán? El máximo experto en alerces del país, el ingeniero forestal e investigador del Conicet Ricardo Villalba ensaya explicaciones. Gracias a él se sabe, desde 1993 (año en que publicó una investigación junto a Antonio Lara en la revista Science), que estos alerces son “la segunda especie arbórea no clonal más longeva conocida en el mundo”.

Quiere decir que en medio de este alerzal milenario (del lado argentino o chileno) tal vez haya otros que hasta podrían tener 3.600 años, pero que aún no fueron identificados científicamente.

“La vida extremadamente larga de estas especies probablemente responde a una combinación de factores: características genéticas propias, crecimiento lento (N. de la R.: Un milímetro por año), madera resistente, baja frecuencia de disturbios severos y condiciones ambientales relativamente favorables”, enumera Villalba, quien en este momento está coordinando el monitoreo del crecimiento de los bosques nativos argentinos (la Red Bosque-Clima)..

Este Abuelo no es solo un árbol. Nos ayuda a ubicarnos en tiempo y espacio. Nos obliga a pensar qué lugar ocupamos los humanos.

Marisa SantosGuía de montaña

Y agrega: “Un aspecto interesante es que varias de las especies arbóreas más longevas del mundo crecen en ambientes templados montanos, donde las condiciones climáticas, aunque no rigurosas, no alcanzan los extremos de calor, sequía o competencia biológica típicos de muchas regiones tropicales, ni las limitaciones extremas del frío y temporadas de crecimiento muy breves, propias de latitudes más altas”.

Ese tipo de ambientes, como el de esta selva valdiviana que estamos recorriendo, puede favorecer, entonces, la vida de coníferas longevas, como nuestro Lahuán.

El futuro: Una ramita de alerce joven del alerzal milenario. Estos árboles crecen lento a razón de 1 milímetro por año. Foto: Fernando de la Orden.

Otra de las incógnitas es saber qué papel tiene la abrumadora variedad de hongos que crece en su base. La bióloga evolutiva Toby Kiers sorprendió hace unas semanas con la publicación de un trabajo que tiene que ver con ese tema.

“Investigamos los bosques de Chile y lo que vimos es que estos alerces ancestrales albergan un número desproporcionadamente alto de especies de hongos. Son hongos que canalizan el agua y los nutrientes a través de sistemas radiculares y ayudan a las plantas a combatir factores estresantes como la sequía y los patógenos”, le cuenta a Viva.

Nada es rutinario en las tareas de cuidar al Abuelo. Soy un agradecido y un privilegiado por tener este trabajo y estar en contacto con él a diario.

Facundo González DíazGuardaparques

Lahuán, entonces, representa a una especie que actúa como un “paraguas” que protege la diversidad fúngica del suelo, y así ayuda a mantener sanas a otras plantas del bosque. Sigue sumando atributos.

La mirada busca y alcanza, con esfuerzo, la copa de Lahuán. “Nada es rutinario en este lugar, me siento un privilegiado de trabajar aquí”, dice el guardaparques Facundo González Díaz.

Facundo González Díaz, guardaparques en el Parque Nacional Los Alerces. Foto: Fernando de la Orden.

El ambiente se llena de optimismo. “Tenemos que proteger este patrimonio milenario viviente que forma parte de nuestra historia natural y de nuestra identidad como país”, sugiere Villalba.

Es hora de regresar, de desandar el camino. El bolso pesa más. Está lleno de buenos deseos.