Primero es Jannik Sinner en su línea, apabullando; luego es Sinner retorciéndose en la silla durante la pausa, molesto del estómago e intentando sobrevivir contra Daniil Medvedev, que se anota el segundo set y continúa creciendo; después es el italiano resarciéndose, rehecho y decidido a lograr el pase a la final, en la que seguro estará este domingo el noruego Casper Ruud (doble 6-1 a Luciano Darderi en el primer turno); y finalmente es la lluvia, causante del aplazamiento —para este sábado, no antes de las 15.00; Movistar+— y que deja en puntos suspensivos un pulso a todo gas, descarnado, con dos tiralíneas retándose una y otra vez. Se marcha el número uno a la cama con la corriente a su favor: 6-2, 5-7 y 4-2. En el reloj constan 2h 22m.
Sin un solo zigzagueo hasta ahora, Sinner se encuentra esta vez en una situación insospechada, apurando al máximo la trazada en un episodio de mucha curva. Así es, al otro lado contragolpea Medvedev, el tipo que con una pizca más de fortuna podía haber firmado una carrera todavía más extraordinaria. Alcanza el sobresaliente desde una determinada óptica: probar la miel de un Grand Slam, el ascenso al número uno, trofeos varios —nada más y nada menos que 23— y el colofón de la Copa Davis… Sin embargo, ¿qué hubiera sido de él en otra época? Tiene esa forma de pelear un aroma más bien noventero, pero mal año para nacer el 96’, teniendo en cuenta a qué ha tenido que hacer frente. Un emparedado histórico: de los tres gigantes a los dos fenómenos.
Sufrió a Djokovic, Nadal y Federer, y luego se encontró con Sinner y Carlos Alcaraz. Todos ellos le desbordaron, pero todos han sufrido al ruso, uno de esos adversarios que cuando se aísla, se concentra y no se desvía produce sarpullidos. Pocos frontones como él, transmisor de descargas. Así que durísimo viernes para el italiano, que comienza de fábula —maestría para dar y regalar, a lomos de la dinámica— pero que en la segunda manga padece la indisposición: vomitona en el rincón, temblores al sostener la botella y el rostro todavía más blanco de lo que suele. Sudoración abundante. Fuego cruzado, sin tregua, puntos muy físicos. Se harta de correr de un lado a otro, de la línea a la red y a recular otra vez. Si está fino y no se tuerce, Medvedev es peor que un dolor de muelas, por mucho que aborrezca la tierra y que el día previo tuviera que emplearse a fondo contra Landaluce.
El público de la Centrale intenta que pierda el buen paso con los sonidillos entre saque y saque, pero esta vez no pica. Él a lo suyo, haciéndole de nuevo caso a su mujer, santa ella, y el número uno sosteniéndose a duras penas porque la pájara parece importante. Sinner, tocado que no hundido, se anima sin parar, consciente de que tarde o temprano podía llegar el bache —son ya 32 victorias sucesivas— y de que para adentrarse en la última dimensión, la de los verdaderamente elegidos, necesita de exámenes de tal complejidad: superarse en las circunstancias más adversas. Esta lo es, justo de fuerzas y con el de Moscú apretándole, confiado, creciente, amenazando. ¿Qué hacer? Mal asunto para él. Tira del saque y logra mantenerse en pie, pero a la tercera arremetida, Medvedev consigue doblarle. Han sido 68 minutos de set, lo que en no pocas ocasiones equivale a un partido completo.
El frasco milagroso
Del moscovita se ha destacado largo y tendido esa virtud para acelerar o bien defenderse desde posiciones, ángulos y posturas inimaginables, pero ahí también está ese físico (aparentemente endeble) que rara vez se resiente. No se le recuerdan dimisiones desde ese plano. Es el mismo que llevó al límite a Nadal en Nueva York, cojeando allá el mallorquín en 2019 hasta atrapar el título, y ahora es el italiano al que le cuesta caminar y completar bien el paso; esa pierna izquierda falla, el apoyo no es del todo limpio. Así que trata de abreviar, de apurar todas las opciones para que la historia no se alargue y de evitar por todos los medios que desemboque en un tercer parcial que podría ser condenatorio. Ahí, en teoría, tendría Medvedev todas las de ganar. O no.

Al parecer, ese frasquito obra milagros. De nuevo, el ya famoso jugo de pepinillos que suaviza los calambres y mezcla bien con las sales minerales. Es ingerir la poción y a continuación un par de tragos del combinado, y erguirse; eso y un racimo de bolas altas que desestabiliza la hasta entonces firme ofensiva del rival, al que nada parece perturbarle: no lo hace el ir a remolque, ni el masaje que recibe el adversario —teóricamente, permitido solo en los descansos reglamentarios o mediante un tiempo muerto médico—, ni tampoco el agua. ¿Lluvia? Juguemos, opina él. No así Sinner, quien le dice a la jueza Aurélie Tourte que las líneas están resbaladizas y podría haber un disgusto. Tiene razón. Se recogen todos en el vestuario y el número uno se marcha sabiendo que lo tiene ahí, que no le va mal la pausa porque repondrá fuerzas y el 4-2 le sitúa cerca del objetivo.
Sin embargo, no habrá vuelta a la pista. Tras más de una hora de suspensión y de analizar el parte, a eso de las once de la noche la organización confirma que el duelo se pospone al día siguiente. El tenis del siglo XXI, año 2026, y todavía trasnoches en todos lados, cancelaciones o embudos, si no capítulos más surrealistas. Definitivamente, algo no funciona. Tenistas al hotel. Continuará…
Jannik Sinner
vs
Daniil Medvedev
Sets:








