Javier Milei volvió a escena después del dato de inflación de abril y denunció un supuesto “intento de golpe de Estado” impulsado por la política y sectores económicos. Y, livianito de cuerpo, defendió al diputado libertario cuestionado por aparecer con un Tesla Cybertruck: “Ojalá yo pudiera comprarme uno”, dijo el mismísimo Milei. La escena recordó inevitablemente a aquella Ferrari de Carlos Menem que, ilusionado, casi quería quedarse; son símbolos de poder que, en tiempos de malestar social, terminan hablando más que cualquier explicación oficial.
El problema de Milei ya no es solamente económico. Es discursivo. Está intentando volver al tono de campaña, pero ese discurso empieza a quedar viejo. La motosierra fue una novedad exitosa. La confrontación permanente impactó. Pero la agresión constante a periodistas ya no sorprende: cansa. El señalamiento continuo de enemigos ya no ordena: desgasta. Y hablar de golpe de Estado cada vez que aparece una tensión política o cambiaria suena exagerado, antiguo y poco creíble.
La sociedad argentina abrazó a Milei con ilusión porque necesitaba romper algo del viejo statu quo. Y Milei, efectivamente, lo rompió. Instaló la idea de que no se podía seguir igual, que el déficit importaba, que el Estado debía ordenar sus cuentas; Argentina necesitaba una sacudida profunda. Hoy la ciudadanía no quiere volver atrás. Ese cambio era necesario y millones de argentinos lo anhelaban.
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Pero una cosa es comenzar el cambio y otra absolutamente distinta es gobernar ese cambio encaprichadamente en soledad.
“Solo, fané y descangallado”, como diría el tango, no alcanza. En las provincias, La Libertad Avanza mostró muchas veces su precariedad: armados improvisados, dirigentes oportunistas, obsecuentes de ocasión y personajes insólitos surgidos de nuestras propias “tierras raras”. El peronismo, por ahora, tampoco logra capitalizar el desencanto. Y eso sigue ayudando a Milei: la ausencia de una alternativa clara hoy lo sostiene más que el entusiasmo genuino.
Sin embargo, el clima social empieza a moverse. Informes privados ya detectan una caída del humor social y un deterioro de la percepción económica. La macroeconomía puede mostrar algunos indicadores mejores, pero la microeconomía todavía no llega a la mesa de “Doña Mabel”.
Porque el voto no responde al Excel. Responde al supermercado, la farmacia, el alquiler, el trabajo que escasea, la inseguridad y la incertidumbre de fin de mes. Ahí se juega una elección.
En simultáneo comienzan a reaparecer figuras que parecían corridas del escenario. Mauricio Macri vuelve a mostrarse activo en medio de una tensión creciente con el Gobierno, comienza con actos por todo el país y, como dato no menor, llama la atención de Ernesto Sanz.
La política cambió y el peronismo no lo entendió
Sanz fue uno de los grandes arquitectos del acuerdo que dio origen a Juntos por el Cambio y logró algo histórico dentro de la UCR para sellar la alianza con el PRO y abandonar otros esquemas tradicionales.
No es un dirigente cualquiera. Tiene ascendencia sobre sectores importantes de otras fuerzas y sobre todo en el radicalismo; entiende como pocos la lógica territorial del poder. La UCR, aun debilitada, sigue siendo necesaria por su enorme capilaridad en el interior del país. “Tenemos 500 intendentes y cinco gobernadores”, recuerdan en las filas radicales.
También Elisa Carrió dejó señales. Manifestó su desilusión por cómo destruyeron Juntos por el Cambio, responsabilizó parcialmente a Macri por la llegada de Milei y decidió tomar distancia pública. Pero alrededor de ese espacio podrían empezar a confluir otros actores: Rogelio Frigerio, con perfil dialoguista y de gestión; Ignacio Torres, nueva generación del PRO; Maximiliano Pullaro, radical con fuerte agenda de seguridad; e incluso el tándem cordobés de Juan Schiaretti y Martín Llaryora, que buscarán mantener y defender su territorio cordobés.
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Ahí podría aparecer algo que hoy Milei todavía aprovecha que no exista: una alternativa organizada, con experiencia de gestión, armado territorial, volumen parlamentario y discurso republicano.
Ese sería quizás el verdadero problema para el Gobierno. No el peronismo. Sino la posibilidad de que sectores dispersos del PRO, el radicalismo y el peronismo federal vuelvan a entender que separados apenas sobreviven, pero juntos podrían volver a competir seriamente por el poder.
Mientras tanto, Milei necesita inversión, dólares, reglas claras y que el empresariado deje de mirar con expectativa para empezar a comprometerse. Pero también necesita algo más complejo: garantizar previsibilidad política. Porque la reelección no está asegurada y eso preocupa tanto a Estados Unidos como a los grandes actores económicos que acompañan el actual modelo.
Milei repite un mensaje que envejeció rápido. La motosierra fue impacto. Pero gobernar exige otro instrumento más delicado. Menos furia. Más gestión. Menos enemigo. Más bolsillo. Menos épica de guerra. Más economía real.
Porque el voto que lo acompañó también puede irse. Y cuando “Mabel” deja de escuchar una promesa y empieza a buscar otro relato que vuelva a enamorarla, la política cambia de dueño.







