Delirios imperiales: Trump y el Estado 51

Delirios imperiales: Trump y el Estado 51

Los emperadores tienen delirios y padecen fantasías. Un vistazo rápido a la historia universal lo confirma. En el siglo III antes de Cristo, el emperador Qin Shi Huang mandó construir la famosa muralla para aislar y proteger a su país, hizo quemar todos los libros y persiguió a los intelectuales para que nadie lo rivalizara con su conocimiento del imperio. Jorge Luis Borges lo cuenta en su famoso ensayo La muralla y los libros, pero omite el mayor delirio de Huang: enviar las flotas de su imperio a buscar unas míticas islas habitadas por inmortales que custodiaban el elixir de la eterna juventud. Casi tres siglos antes, Jerjes, el rey de reyes de Persia, mandó azotar el mar luego de que una tormenta destruyera los puentes del Helesponto. Más recientemente, Hitler encargó la defensa de Berlín a un ejército ya destruido, moviendo divisiones fantasma sobre un mapa en su búnker mientras fustigaba y mandaba a fusilar a los generales que lo llamaban a tocar tierra. Ahora Donald Trump delira seriamente con convertir a Venezuela en el 51.º Estado de Estados Unidos.

Huang construyó la muralla, pero lo que más quería era la inmortalidad. Jerjes creyó que podía castigar a la naturaleza por desobedecerlo. Hitler no concebía que los ejércitos de una raza superior fueran derrotados. Aquí está el detalle: los delirios tienen consecuencias. Estos casos ilustran un patrón sostenido a lo largo de la historia: el poder absoluto produce fantasías absolutas, porque cuando el poder no tiene contrapesos, la realidad pierde sustancia y límites. Para quien delira, su delirio es coherente; tiene una lógica interna que lo impele a imponerlo al mundo.

Transformar a Venezuela en otro Estado de la Unión no solo sería un despropósito, sino también casi una imposibilidad jurídica. Por eso se da por seguro que esta es solo otra de las bromas pesadas típicas de Trump, o, en el peor de los casos, otra bravuconada sin consecuencias, como sus amenazas de anexionar Groenlandia o Canadá. Pero la hace con un sentido práctico: dominar la economía de la atención en un momento en que está asediado por malas noticias. Trump tiene perfecta conciencia de que la desastrosa guerra con Irán lo está hundiendo sin tregua en un pantano, mientras los estadounidenses sufren cada día un impacto económico mayor. Decir que está considerando convertir Venezuela en un Estado y publicar su mapa pintado con la bandera estadounidense le permite cambiar de tema y aplazar por un rato preguntas incómodas: ¿cómo acabar la guerra y a qué costo? ¿Cómo frenar la inflación que devora los ingresos de quienes viven bajo su égida?

Pero hay costos que la arrogancia impide percibir y que no se tapan indefinidamente con un meme. (La foto del secretario de Estado Marco Rubio en el Air Force One vestido de ropa deportiva Nike para burlarse de la captura del dictador Nicolás Maduro, es prueba suficiente de esa arrogancia). El primero y más inmediato de esos costos: desautorizar y poner contra las cuerdas a Delcy Rodríguez y María Corina Machado, las dos figuras políticas más prominentes de Venezuela, sin dejarles una salida mínimamente aceptable.

Rodríguez fue sorprendida en La Haya, donde intentaba revivir la defensa venezolana sobre el territorio Esequibo. La boutade de Trump fue un golpe directo a su esfuerzo por presentarse como garante de la soberanía. No le quedó otro remedio que responder con lacónica diplomacia: la anexión no estaba planteada y los venezolanos aman su independencia. Ambas cosas son ciertas, pero no llegan a ser una respuesta cabal ante la desmesurada amenaza de Trump, así solo sea un mal chiste. Machado, en una posición débil frente a su principal aliado, simplemente ignoró el tema. En ambas actitudes opera el mismo cálculo: ninguna puede rebatir de frente al emperador sin arriesgar su posición, con el enorme impacto que eso tendría en sus carreras y en el futuro del país. La verdad es que Trump no se la pone fácil a ninguna de las dos.

¿Por qué Trump insiste en bromear con Venezuela y no con Canadá? Cuando el presidente dijo que “francamente Canadá debería ser el estado 51”, el primer ministro Mark Carney respondió con firmeza que Canadá no está en venta ni nunca lo estará, desinflando el tema sin darle municiones al vecino. La diferencia no es de carácter, sino de poder: Carney pudo permitirse esa firmeza porque es hombre y tiene un país detrás. Rodríguez y Machado no tienen ese lujo; su margen de maniobra depende en buena medida de la benevolencia del mismo macho alfa al que tendrían que contradecir. En la actitud de Trump hay arrogancia y sentido de superioridad etnocéntrica, mezclados con su egocentrismo de siempre. Pocos espectáculos lo satisfacen tanto como poner a dos mujeres rivales en una posición en la cual cualquier respuesta que ofrezcan será la respuesta equivocada. No hace falta llamar a esto misoginia. Basta imaginarse a Trump como un demiurgo que se divierte viendo a dos actores vulnerables moverse bajo amenaza en el escenario de un teatro que él ha creado y controla. El placer de la crueldad más pura.

Las fantasías imperiales son a veces exitosas, pero el destino de quienes las forjan no tanto. Qin Shi Huang murió envenenado con una pócima de jade y cianuro que le administraron sus propios alquimistas. Hitler se pegó un tiro al no poder confrontar la realidad de su derrota. Y, hace tan solo unos años, Muamar Gadafi, quien, como Jerjes, también se proclamó “rey de reyes” y soñó con unificar África bajo su liderazgo, murió empalado por una turba luego de ser arrastrado por las calles de su pueblo natal.

No le auguro ni le deseo ninguno de esos finales a Donald Trump. Pero los emperadores siempre subestiman lo mismo. No el territorio. No los recursos. Subestiman a la gente.

Venezuela no es un estado fallido, como él parece creer. Los venezolanos llevan décadas resistiendo, mutando y sobreviviendo a sus déspotas saqueadores.

En el supuesto negado de que se hiciera realmente de Venezuela, Trump debería recordar aquella frase atribuida al dictador Antonio Guzmán Blanco, también conocido como el autócrata ilustrado: “Venezuela es como un cuero seco. Lo pisas por un lado y se levanta por el otro”. Eso es lo que debería preocuparle cuando, sin pensar, dice que los venezolanos están “muy felices bailando en la calle”.