Keir Starmer ha actuado más como el abogado y fiscal de éxito que fue durante gran parte de su vida que como el político que es desde hace una década. Cuando, de acuerdo con el esquema mental con que operan sus rivales de partido, la cascada de decenas de diputados pidiendo su dimisión debería haber forzado al primer ministro británico a tirar la toalla y abrir un proceso de primarias, ha decidido aferrarse a los hechos y a la norma para intentar sobrevivir.







