Los cubanos ante Trump: de “deportador en jefe” en Estados Unidos a “salvador” de la isla

Los cubanos ante Trump: de “deportador en jefe” en Estados Unidos a “salvador” de la isla


Juan Luis Bravo ha llegado a pensar que la noche en Guantánamo es más oscura que otras, que las de La Habana, por ejemplo, o las de Matanzas. Las horas sin luz eléctrica son, casi siempre, de entre 20 o 22 horas, como si el Dios que se olvidó de Cuba primero los hubiera borrado del mapa a ellos, los guantanameros. En cosas como esa piensa mientras ablanda unos chícharos al carbón. Al rato se encenderán las bombillas de la casa y Bravo pasará a cocinarlos a la olla de presión, consciente de que la electricidad durará muy poco, que ni tiempo le dará de terminar la comida, mucho menos de sentarse a cenar tranquilamente. “Esta situación es desesperante”, dice por teléfono desde la isla. “Por eso, si te montas en un ómnibus, lo primero que escuchas es: ‘Ojalá y venga Trump, pase lo que pase”.

Hay en Cuba personas que se preguntan, medio en broma, medio en serio: “Dime, ¿a qué hora van a llegar los americanos?” Incluso quien insinúa que es el secretario de Estado, Marco Rubio, quien verdaderamente manda hoy en el país. Está el que llama a Donald Trump “el salvador”, y otros que le dicen, a modo de chiste, “papi Trump”. Para algunos cubanos, el presidente estadounidense es hoy “la esperanza”, “la solución al problema”, el que va a “cambiar la vida en Cuba”. Para otros, sin embargo, Trump es “lo peor que le ha pasado a Estados Unidos”, el hombre “que más daño les ha hecho”, la persona que les ha “arruinado la vida”. Así se perfila hoy el inquilino de la Casa Blanca, entre salvador y traidor de los cubanos.

Casi cada noche, cuando se va la luz en el barrio de Bravo, al oriente de la isla —una zona, dice, habitada por médicos, maestros, ingenieros o abogados—, los vecinos se juntan a conversar sobre la vida, casi siempre sobre lo poco que han terminado cobrando después de tantos años de trabajo. “No es fácil ver a un profesional jubilado que cobre 2.400 o hasta 3.000 pesos (poco más de 5 dólares). Hay gente que no puede comerse un pollo, que no le alcanza el dinero para nada”, apunta Bravo, de 38 años, que ahora vive de rellenar fosforeras, un negocio que se multiplica con los apagones.

En las últimas semanas, sin embargo, la cháchara en el barrio fue otra: los vecinos empezaron a contar regresivamente los días que faltaban para que Cuba fuese “liberada”, luego de que una delegación estadounidense viajara a La Habana y pusiera un ultimátum de 14 días para excarcelar presos del Estado y dar rienda suelta a otras libertades políticas y económicas.

“Contábamos los días: faltan tres, faltan dos, falta uno para que Estados Unidos venga a liberar al pueblo”, recuerda Bravo.

Quienes esperan que Trump ponga un pie en Cuba, como ha prometido que hará, no viven únicamente en el sur de Florida. No son exclusivamente el 68% de los cubanoamericanos que le dio el voto en 2024, ni pertenecen —solamente— al ala conservadora de Miami. Una parte de los cubanos dentro de la isla ha comenzado a desear “que algo suceda”; no quieren “ver una guerra”, pero tampoco tener que “luchar” por la comida, o sortear las largas jornadas de apagones, la crisis a la que han vivido sometidos por décadas y que su Gobierno nunca ha podido solucionar. La gente está, dicen, “desesperada”.

Algunos cubanos incluso han empezado a sentirse “decepcionados” luego de que venciera el plazo de Estados Unidos y la vida en la isla siguiera de igual forma. En enero, antes de declarar el cerco petrolero, Trump dijo que Cuba estaba “a punto de caer”. En febrero afirmó que quería hacer “una toma amistosa de Cuba”. En marzo aseguró: “Cuba es la próxima”. Para abril prometió que garantizaría “un nuevo amanecer para Cuba”. Y en mayo, que iba a tomar la isla “casi de inmediato”.

Nada de esto, por el momento, ha sucedido, pero a falta de otra alternativa, Trump sigue estando en el horizonte de esperanza de algunos cubanos. “Es difícil saber exactamente cuántos en la isla apoyarían una intervención militar de Estados Unidos, pero muchos se sienten agotados por la profunda crisis económica y anhelan cambios en el sistema político. Al mismo tiempo, han expresado su preocupación por los posibles costos humanitarios y políticos de una agresión externa”, explica Jorge Duany, exdirector del Instituto Cubano de Investigaciones y catedrático emérito de la Universidad de Florida.

Aunque muchos cubanos se resisten a que el pueblo tenga que lidiar con una intervención estadounidense, una encuesta realizada por el diario The Miami Herald en el sur de Florida reveló que el 79% de los cubanoamericanos se inclinaba por esa opción como vía para acabar con el castrismo. En eso coinciden algunos desde una u otra orilla. “La coincidencia parcial puede atribuirse, en buena medida, al fracaso de intentos previos de lograr una transición pacífica que asegure reformas políticas y económicas sustanciales en Cuba”, asegura Duany. La idea de una maniobra de Trump en la isla se intensificó con la reciente intervención militar en Venezuela, “aunque la mayoría de los cubanoamericanos busca un cambio de régimen y no una negociación con la cúpula del poder existente”.

Hay, no obstante, quien no puede mirar con buenos ojos nada que venga de Trump. “Muchos cubanos están viendo a Trump como un salvador, pero yo lo veo solo como un político, y los políticos son como los quesos: al final todos apestan”, dice May Díaz, de 36 años.

Cuando vivía en Cuba, Díaz se reviró contra el poder en las protestas de hace cinco años, las más multitudinarias de la isla. Fue golpeada, huyó del país, llegó a Estados Unidos y desde hace un tiempo vive su “peor pesadilla”. Ahora está recibiendo tratamiento para la ansiedad. Pasó cuatro meses encerrada en su casa de Houston por miedo a las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE); su caso de asilo político fue desestimado, expiró su permiso de trabajo y es una entre el más de medio millón de cubanos que hoy permanecen como indocumentados en el país.

“Soy consciente de que la causa primera de todas las desgracias del cubano es la dictadura, ¿pero acaso no se están repitiendo esos patrones desde este lado?”, se pregunta Díaz. “Estados Unidos y Cuba han pasado décadas como dos viejas chismosas gritándose cosas de patio a patio, y los cubanos en el medio. El Gobierno de Miguel Díaz-Canel y el de Donald Trump me han quitado muchas cosas. El primero me obligó a irme, como a tantos otros. La Administración de Trump me ha privado de la posibilidad de tener una vida estable”.

“El mito ha muerto”

La hija mayor de Zeny K. Cruz le ha pedido que no vuelva a votar por Trump. Cruz le ha dicho que se quede tranquila, que eso sucedió una vez en su vida, en las elecciones de 2016. En ese momento, “la gente decía que Trump sabía de comercio, de economía”. Y Cruz le dio el voto. Para los comicios de 2024, la madre no fue a votar; estaba ingresada en un hospital, pero más que nada estaba decepcionada. El próximo mes de noviembre, no se perderá los comicios de mitad de mandato, las llamadas midterms.

Su vida no ha sido fácil desde el año pasado, cuando a su pareja, Ronald Peña Quesada, lo encerraron en el centro de detención de Alligator Alcatraz, en Florida. El hombre sangra por el colon y nadie lo atiende. Ha perdido 54 kilos; la comida es pésima y ha sido golpeado por los guardias por protestar. Hace poco, vio el cuerpo inerte de otro cubano detenido en el centro, que se quitó la vida por ahorcamiento con una sábana. “Dicen que venía diciendo que se quería morir, miraba mucho al techo”, cuenta Cruz. Al menos cuatro cubanos han muerto en centros del ICE en los 14 meses de la Administración Trump.

Avances en la construcción de Alligator Alcatraz, en los Florida Everglades, en julio de 2025.

Por eso, Cruz tiene claro que no volverá a apoyar a Trump. Dice que no hay nada que pueda agradecerle, ni siquiera el precio de las compras del mercado. Ella, que ha vivido en Estados Unidos desde 1997, sabe cómo la vida hoy es mucho más cara que antes. “Cuando llegué a este país, un paquete de arroz de 20 libras costaba 2,99 dólares. Lo único que Trump bajó ahora son los huevos, ¿y con los huevos se vive?”

A finales de 2024, una encuesta de la Universidad Internacional de Florida sugería que a los votantes cubanoamericanos les preocupaba, en primer lugar, la economía y el costo de vida. Para entonces, ya Trump había anunciado que pretendía eliminar programas como el de parole humanitario, en su plan de llevar a cabo la deportación más grande de la historia de su país. Los cubanos, sin embargo, no se sintieron aludidos. Llevaban décadas convirtiéndose en residentes primero, y luego en ciudadanos. La Ley de Ajuste Cubano se había encargado de ampararlos. Tampoco creían que Trump les fuera a morder la mano tras garantizarle los votos de la comunidad en Florida.

No obstante, no desapareció la Ley de Ajuste, pero sí el camino para llegar a ella. Un reciente informe del Instituto Cato, con sede en Washington, registró que las aprobaciones de residencia permanente para cubanos bajaron en un 99,8% entre octubre de 2024 y enero de 2026. Si durante el último mes de la presidencia de Joe Biden se aprobaron 10.984 residencias permanentes a cubanos, en enero de este año solo fueron 15.

Según el Instituto Cato, la persecución a los cubanos bajo la Administración Trump ha sido “aún más coordinada”. Desde que el republicano regresó al poder, unos 1.992 cubanos han sido deportados a La Habana y más de 6.000 enviados a México, mientras que otros han terminado en países africanos. Trump ya es conocido como el “deportador en jefe” de la comunidad. Las detenciones también han aumentado: de menos de 200 cubanos en manos del ICE cada mes, han pasado a ser más de 1.000.

“Esta ha sido la época más difícil para los cubanos. El mito de que los cubanos eran especiales ha muerto”, asegura el reconocido abogado de migración Willy Allen, quien trabaja desde hace décadas en Florida. El abogado apunta que 20.000 permisos de parole anuales destinados a ciudadanos cubanos han sido eliminados, así como las 25.000 visas aprobadas cada año desde La Habana.

“El problema no es solamente con los cubanos que viven en EE UU, sino que las entradas legales de personas que han esperado años también están en jaque”, señala el letrado. Los cubanos temen que, si Washington hace una intervención en Cuba similar a la que hizo el 3 de enero en Venezuela, los miles de solicitantes de asilo político en el país puedan quedar en un limbo peor al que se encuentran hoy. El propio Trump ha valorado la posibilidad de un regreso de los cubanos a la isla. “Tenemos decenas de miles de personas que fueron expulsadas de allí. Quizás quieran regresar”, insinuó hace unas semanas.

Allen, quien nunca antes había tenido tantos clientes cubanos —porque no les hacía falta atravesar procesos engorrosos para legalizarse en el país—, cree que va a ser complicado detener los procesos de asilo político para los cubanos si el golpe al castrismo es el mismo que le dio la Casa Blanca al chavismo. “Hay medio millón de venezolanos que sigue peleando su asilo en las cortes, porque aunque Venezuela tiene una directiva nueva, el argumento es que nada allí ha cambiado”.

A la espera de lo que vaya a pasar

Trump no prometió a sus votantes que excluiría a los cubanos de la ofensiva desatada contra las comunidades migrantes en el país, pero sí dijo algo puntual hace unos días: que debía retribuirles a quienes lo eligieron como presidente. “Obtuve el 94% del voto de los cubanos en Estados Unidos”, declaró a la plataforma de noticias Salem News Channel, inflando el dato, pues en realidad fue el 68% el número de cubanoamericanos que votó por él. Luego agregó: “Tengo una obligación, francamente, de hacer algo por Cuba”.

Mercy, quien pide ocultar su verdadero nombre “no por miedo, sino por precaución”, mira al mar detrás del malecón desde la ventana del piso 14 del Hospital Hermanos Ameijeiras, uno de los más prominentes de La Habana, pero donde también falta el agua y la comida es “pésima”. Está ingresada, pendiente de una operación. Por teléfono cuenta que ha tenido tiempo para pensar en el día en que Trump haga algo con Cuba. “Sin que me quede nada por dentro, necesitamos cambios. Ya es hora”, dice la mujer, de 45 años.

“Yo sueño con un país libre, lejos de opresión, de gobernantes oportunistas. Me gustaría ver a los ancianos sin el estrés de no tener qué comer, cómo bañarse, que no estén en la calle. Lo que quiero es una Cuba libre, pero ya la gente hasta está perdiendo la fe en Trump y en Rubio, porque no pasa nada de la llegada de quien promete salvarnos. Cuba sola no se va a salvar. Solo si ocurre una intervención de EE UU”, asegura.

Es una idea que levanta dudas en algunos. “¿Qué voy a esperar yo de un señor que tiene a su país virado patas arriba? ¿Qué va a arreglar el mío?”, se pregunta desde Houston May Díaz. “Creo que algo pasará en Cuba, pero no es lo que esperamos. Para mí, lo que viene es una dictadura con Coca-Cola. Los cubanos en este limbo migratorio estamos como si nos hubieran soltado en un coliseo con 100 leones detrás y las piernas y las manos atadas. Hoy, en este minuto, yo no soy ni de aquí ni de allá. No tengo país. No hay ahora mismo un lugar en el mundo que me abra los brazos y me permita respirar”.