La política peruana está por definirse entre fantasmas que sobrevuelan Palacio y expresidentes que, desde la cárcel, conservan más influencia que cuando estuvieron en libertad. Este martes 12 se cumplirá un mes desde la primera vuelta de las elecciones generales y el conteo de actas aún no ha concluido, mientras malos perdedores, aferrados a un proceso marcado por irregularidades, han alimentado denuncias de fraude que hasta ahora no han logrado demostrar. Aun así, con el 97,9% de las actas procesadas, la segunda vuelta del próximo 7 de junio ya tiene a sus protagonistas irreversibles: Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Roberto Sánchez (Juntos por el Perú). La derecha popular frente a una izquierda pragmática a la que sus adversarios insisten en colocarle el cintillo del comunismo.
La administradora de empresas Keiko Fujimori es una política profesional —a tal punto que nunca se le ha conocido trabajo alguno— que ha sido primera dama, congresista y fundadora de su propia agrupación política. El psicólogo Roberto Sánchez ha sido ministro de Comercio Exterior y Turismo, es actual parlamentario y líder de su partido. A pesar de dichos galones, el principal capital político de ambos no proviene de sus trayectorias, sino de los legados que defienden: el fujimorismo y el castillismo. Dos herencias que parten en dos al Perú.
Durante mucho tiempo, Alberto Fujimori fue una sombra incómoda para su hija mayor. Aunque el peso de su apellido ha sido un trampolín político que la ha dejado a puertas de la presidencia del Perú en cuatro ocasiones, al mismo tiempo se ha vuelto contra ella como un bumerán en las instancias definitorias. Ser la heredera de un expresidente condenado por múltiples delitos —corrupción, lesa humanidad y espionaje, entre otros— convirtió cada campaña en un ajuste de cuentas con el fujimorismo de los años noventa. Mientras algunos analistas políticos establecían semejanzas y diferencias con su padre, ella insistía ante la prensa en que “su padre tuvo errores, pero no delitos” y que su régimen “no fue una dictadura”, aunque “por momentos haya sido autoritario”.
Por primera vez Keiko Fujimori parece haber cambiado de estrategia. Ha abrazado la memoria del patriarca fallecido en 2024 con mucho más afán e incluso ha señalado que pretende emularlo. “Quiero ser presidenta para gobernar, como lo hizo mi padre, en la cancha, caminando y escuchando, pero sobre todo cumpliendo con la palabra”, dijo hace unos días. El día en que se llevó a cabo la primera vuelta, Keiko Fujimori inició la jornada visitando a sus padres en el cementerio y estuvo un buen rato junto a la estatua del autócrata de ascendencia japonesa.
En el caso de Roberto Sánchez, su mitin de cierre de campaña, en una de las plazas más emblemáticas del centro de Lima, no pudo remitirse más a la figura de Pedro Castillo: ingresó montado a caballo con un sombrero de ala ancha, tal y como hizo el profesor en el 2021. Lo acompañaban el hermano del expresidente, José Castillo, y su hija política, Yenifer Paredes. Sánchez se ha autoproclamado como el heredero político de Pedro Castillo, hoy encarcelado por intentar un golpe de Estado en 2022. “Si llego a Palacio, lo indultaré”, es la promesa que le ha granjeado el voto de la sierra sur. Un voto reivindicativo de las zonas más pobres del Perú.
“Las figuras de Alberto Fujimori y Pedro Castillo por ahora suman más de lo que restan”, anota el politólogo José Alejandro Godoy. “Es un voto duro. Pero de cara a la segunda vuelta, la situación puede cambiar. Se puede activar el antivoto. Keiko Fujimori no solo carga con el antivoto de los noventa, sino con el suyo propio. Tiene que responder por el desempeño de su bancada y de ella como lideresa política en los últimos diez años. Si se explota ese aspecto, ella puede estar en serios problemas”, afirma Godoy, quien ha diseccionado al fujimorismo en un par de libros. A Fujimori se le acusa de ser la causante del ciclo de inestabilidad que azota al Perú por las maniobras políticas de su bancada en el Parlamento.
A fines de abril, la encuestadora Ipsos lanzó un estudio con las intenciones de voto de la segunda vuelta. Keiko Fujimori y Roberto Sánchez están empatados con 38%; el 17% votaría en blanco o viciado y el 7% no precisa. Mientras la fortaleza de Fujimori es su arraigo en Lima, la capital que concentra el 30% de la población, Sánchez posee una mayoría abrumadora en los pueblos rurales. Si Fujimori se publicita como la candidata que devolverá el orden a una nación capturada por la delincuencia, Sánchez representa la “fuerza del cambio”.
El 5 de abril de 1992, Alberto Fujimori dio un autogolpe de Estado, cambió la Constitución y se perpetuó en el poder hasta el 2000 cuando renunció por fax desde Japón, acorralado por las evidencias de una corrupción sistemática. El 7 de diciembre de 2022, Pedro Castillo dio un fallido autogolpe de Estado que no contó con el apoyo de las Fuerzas Armadas, fue vacado y encarcelado en cuestión de horas. En estos días de definición, hay quienes se preguntan si ambos casos son equiparables y si repercutirán en la segunda vuelta.
“El 5 de abril del 92 significó un quiebre institucional que terminó con la captura del Estado por una cleptocracia, propició uno de los gobiernos más corruptos de la historia mundial y una violación masiva de los derechos humanos”, explica Alonso Cárdenas, politólogo de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Lo que hubo en el 2022, mantiene, fue “una intentona que terminó como una cantinflada sin mayor repercusión que su caída”. El reto para ambas candidaturas, señala Godoy, será pedir el voto de un sector del electorado alineado con lo institucional cuando ambos poseen una vocación autoritaria, más allá de que un autogolpe sí se consumó y el otro no.
Tanto Cárdenas como Godoy coinciden en que este es el mejor escenario que Keiko Fujimori ha tenido en los 15 años que pugna por llegar a Palacio. Ya no tendrá que lidiar con su padre, con quien tenía más de un roce; nuevamente cuenta con el aval de cierta prensa masiva que la apoya abiertamente y, además, el antifujimorismo parece haberse debilitado en el último tiempo. A ello se suma que Roberto Sánchez ha partido con desventaja en el tramo final: aunque sea un hecho, todavía no se ha oficializado su pase a la segunda vuelta. Y el tiempo avanza.








