“¿Quién dijo que las mujeres no podemos ser plomeras?”

“¿Quién dijo que las mujeres no podemos ser plomeras?”


Verónica Virgallito se acuerda de cuando era chica y miraba, fascinada, al encargado del edificio arreglar una canilla. “Ahí estaba yo, sentada en un rinconcito, observando todo”, cuenta. Décadas después, esa curiosidad le dio una idea: formarse como plomera para tener una salida laboral propia y sostener a su familia.

Tiene 42 años, es jefa de hogar y vive con sus hijos en una situación económica inestable. Su historia está atravesada por violencias, trabajos precarios y años de supervivencia. Hoy, en recuperación y con una red de apoyo, apuesta a un oficio históricamente masculino. “Todo lo que una mujer se proponga lo puede hacer. No necesitamos solo fuerza, necesitamos maña y conocimientos”, dice.

El curso al que accedió forma parte de la Fundación Cultura de Trabajo, una organización que trabaja con personas en condiciones socioeconómicas críticas y promueve la inclusión laboral a través de la capacitación en oficios. Su propuesta es integral: no solo enseña herramientas técnicas, sino que busca generar oportunidades reales de trabajo.

“Hay una necesidad de trabajo digno, con ingresos que alcancen y derechos que permitan pensar en un futuro”, explica a Clarín Alexandra Carballo, al frente de la fundación, y agrega: “La gente quiere trabajar, no es un problema de voluntad sino de oportunidad”.

Maribel Ruiz, de 35 años, llegó al curso con una motivación concreta y también con una mirada más amplia. Vive sola en Liniers, sostiene sus ingresos con changas y combina trabajos de limpieza con proyectos artísticos. Se formó en mecánica, trabajó en talleres y atravesó situaciones de violencia de género y conflictos familiares por su vivienda.

“Me anoté en el curso porque el agua es vida y la plomería es muy importante. En principio quiero aprender para arreglar las cosas de mi casa, por si se tapa el baño o no andan las canillas, pero si además es una salida laboral, bienvenido, la plata siempre es necesaria”, cuenta.

“Me parece super necesario que las mujeres podamos saber y hacer todos los oficios. Yo hice polarizado de autos, estudié mecánica. Y ahora plomería porque las herramientas son más baratas y fáciles de conseguir”, asegura.

Como muchas otras mujeres del programa, no solo piensa en el presente sino en un proyecto colectivo: “Me encantaría formar una cooperativa y trabajar con las compañeras. Ojalá lo logremos cuando termine el curso”.

Verónica y Maribel en el curso de plomería. Foto:  Juano Tesone

Desde la fundación advierten que el acceso al trabajo está atravesado por múltiples barreras: “Hay personas que no tienen para pagar el colectivo, para comer o para vestirse adecuadamente”, señala Alexandra. En ese contexto, la capacitación en oficios cumple un rol clave. “Cuando una mujer aprende un oficio no solo adquiere una herramienta técnica: recupera la idea de que puede, de que tiene una oportunidad de salir adelante”.

La mayoría de las participantes son mujeres jefas de hogar, muchas con hijos a cargo y trayectorias marcadas por la violencia. “Cuando tienen ingresos propios, pueden elegir”, resume. Esa autonomía económica, insiste, es central: “El empleo y un sueldo digno son la base de todas las libertades”.

En un mercado laboral ya restrictivo, la situación es aún más difícil para quienes parten desde la vulnerabilidad. Por eso, la organización trabaja en articulación con empresas y el sector privado. “El Estado no llega a todos lados. Necesitamos alianzas y miradas inclusivas”, señala.

En ese escenario, la formación de mujeres en oficios históricamente masculinos no es solo capacitación: es una forma de abrir caminos. “Las oportunidades cambian la dirección de una vida. No es caridad, es una mirada responsable, igualitaria y equitativa”, explica Alexandra.

Desigualdades que persisten

La situación laboral de las mujeres en Argentina sigue marcada por desigualdades estructurales que se reflejan en todos los indicadores del mercado de trabajo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, la participación femenina en la actividad económica se mantiene varios puntos por debajo de la masculina: mientras alrededor del 51% de las mujeres forma parte del mercado laboral, en los varones esa cifra supera el 69%.

El curso, lleno de mujeres.

Esta brecha de casi 20 puntos no solo evidencia dificultades de acceso al empleo, sino también el peso de las tareas de cuidado no remuneradas, que siguen recayendo mayoritariamente sobre ellas y limitan su disponibilidad para trabajar o buscar empleo.

Entre el 37% y el 40% de las mujeres ocupadas trabaja en la informalidad. Sectores altamente feminizados como el trabajo en casas particulares, el comercio o los servicios concentran altos niveles de precarización, con escaso acceso a derechos laborales, estabilidad o protección social.

La desigualdad también se expresa en los ingresos. Las mujeres ganan en promedio entre un 25% y un 30% menos que los varones, una brecha que se amplía en el empleo informal y en los puestos jerárquicos. Incluso con igual nivel educativo, las diferencias persisten, lo que da cuenta de discriminaciones estructurales dentro del mercado laboral. El llamado “techo de cristal” continúa limitando el acceso a posiciones de poder: las mujeres ocupan cerca del 30% de los cargos directivos y menos del 20% en directorios de grandes empresas.

Alrededor de cuatro de cada diez hogares están encabezados por mujeres, una proporción que aumenta en los sectores de menores ingresos. Estas jefas de hogar suelen enfrentar una doble carga: sostener económicamente a sus familias en condiciones laborales más precarias y asumir casi en soledad las tareas de cuidado.

El resultado es lo que se llama la “feminización de la pobreza”: las mujeres están sobrerrepresentadas en los deciles más bajos de ingresos y enfrentan mayores dificultades para salir de situaciones de vulnerabilidad. La combinación de menor acceso al empleo, mayor informalidad, brecha salarial y sobrecarga de cuidados configura un círculo difícil de romper.