Existe un conjunto de mitos profundamente instalados en lo que respecta a la salud mental y el universo laboral: que los cuadros psiquiátricos son incomprobables, que cualquiera puede simular síntomas sin ser detectado o que el diagnóstico, por sí solo, justifica una licencia.
Nada de eso resiste un análisis serio. Las afecciones en la salud mental, independientemente de la escuela desde la cual se aborden, cuentan con criterios diagnósticos definidos. Y más importante aún: la existencia de un diagnóstico no implica por sí misma una/la incapacidad laboral.
Los pedidos de licencias laborales vinculadas con afecciones psicológicas y psiquiátricas crecen de manera notable. Sólo en Estados Unidos están un 300% por encima de la pre pandemia, según ComPsych.
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En este contexto, la diferencia entre identificar una situación genuina o detectar una inconsistente es cuestión de método. La evaluación profesional no se limita a identificar síntomas, sino a determinar si estos afectan la capacidad de la persona para desempeñar su tarea. Esto requiere entrevistas clínicas rigurosas, documentación consistente y, cada vez más, el uso de instrumentos psicométricos validados.
Salud mental: es imposible fingir
Dentro de ese proceso, aparecen cuatro dimensiones clave que ordenan el análisis: la evaluación psicopatológica, las características de personalidad, la detección de distorsiones intencionales y las habilidades neurocognitivas.
Este enfoque integral permite comprender qué le pasa a la persona y, al mismo tiempo, si está en condiciones de trabajar, a partir de pruebas que permiten medir aspectos como atención, memoria, concentración y capacidad de toma de decisiones, en función del tipo de tarea que la persona lleve a cabo y considerando que estas variables son particularmente relevantes en contextos laborales en los cuales el desempeño seguro depende de esas funciones.
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Por ejemplo, en el caso de personas que manejan vehículos como grúas o que tienen acceso a la instalación eléctrica de su empresa.
La presentación de síntomas no genuinos, lejos de ser imposible de identificar, suele resultar evidente para un profesional entrenado. En muchos casos, quienes intentan sostener un cuadro inconsistente no logran ajustarse a los patrones clínicos esperables o incurren en inconsistencias.
Otros, recurren a manifestaciones exageradas, representando episodios no corroborados en el medio de la entrevista que no se sostienen en relación a lo que se conoce. Incluso, existen protocolos específicos para detectar estas situaciones.
En otros casos, temerosos de que el profesional tenga a disposición una suerte de detector de mentiras mágico, llegan a confesar abiertamente la intención durante las entrevistas, desarmando cualquier construcción previa.
Por último, no se puede dejar de lado la problemática de las irregularidades. Como lo ocurrido en Bahía Blanca en 2025, en el que un grupo de psiquiatras cobraba por emitir certificados de salud mental falsos. Un caso resonante, pero no aislado.
Las presiones internas, las interpretaciones individuales y las resistencias culturales no deben formar parte del proceso. Es imprescindible contar con un modelo estructurado, con evaluaciones interdisciplinarias, criterios homogéneos y un respaldo documental sólido.
Desde la perspectiva económica, la evaluación rigurosa reduce la duración innecesaria de licencias, evita costos asociados al ausentismo prolongado y desincentiva la repetición de conductas oportunistas. Es un hecho común que cuando un empleado detecta que un compañero con licencia psiquiátrica está de vacaciones en el Caribe, busque obtener ese mismo beneficio.
A medida que el sistema se consolida, actúa como mecanismo preventivo: la percepción de que la licencia es una herramienta necesaria para determinadas personas que sufren ciertas situaciones y no una salida fácil para faltar al trabajo termina, en el largo plazo, modificando el comportamiento.
Esto no implica endurecer posiciones ni desconocer el sufrimiento real. Al contrario: los modelos más efectivos son aquellos que, ante la duda, priorizan no agravar una situación genuina. Pero esa prudencia no es incompatible con la precisión. Es parte de ella.
Lo emocional gana centralidad en el mundo del trabajo. Por eso, la gestión de licencias psiquiátricas se vuelve un indicador crítico de madurez organizacional.
No alcanzan la empatía ni los controles superficiales: se necesitan criterios claros basados en evidencia para generar bienestar para los equipos de trabajo y, al mismo tiempo, reducir cualquier tipo de riesgo para la organización y las justificaciones no fundamentadas de quienes, sin ninguna dolencia, carecen de motivación laboral.








