El recuerdo es aquello que sobrevive al olvido. De Sol Gallego-Díaz me queda en la memoria mucho menos que todo lo vivido, pero lo suficiente para saber que fue excepcional. Y que lo fue por un motivo: su valor ético.
Hay periodistas brillantes, otros son valientes y muchos tenaces. Sol fue todo eso, pero destacó por su capacidad para hacer lo correcto: plantarse y decir no; alzarse y contar la verdad a quien no quiere escucharla o cree que con el poder o el dinero puede maquillarla.
La ética suele mostrar renglones torcidos en el periodismo. Todos los días hay quienes desde sus tribunas nos dan lecciones y luego vuelven a sus cavernas. Sol era adusta, poco dada a pontificar. Solía escuchar con la mirada fija; luego garabateaba en un papel, tensaba el rostro y esperaba al momento propicio para lanzar su argumento. Sobre el feminismo, la libertad, la lucha política, la empresa periodística, los prejuicios o la deriva del mundo… Muy influida por Hannah Arendt, era una periodista comprometida con su tiempo y con unos valores claros y legibles. Nada sectaria, defendía una idea del progreso en la que las instituciones jugaban un papel fundamental, pero también la exigencia de honradez en los dirigentes políticos.
Las primeras veces que la traté, allá por los noventa, la veía distante y compleja. Alguien que respiraba otras atmósferas y con quien no era fácil congeniar. Entrabas en su despacho con respeto y salías con la impresión de haberte quedado corto en todo. Con el tiempo, como subdirector del fin de semana, la fui tratando más, especialmente en su época de corresponsal en Buenos Aires. Hicimos buenas migas. Ella sacaba temas excelentes (aún me acuerdo de cuando me descubrió en una entrevista al presidente José Mujica), era trabajadora y en sus artículos nunca dejaba de elevar la mirada. Poco a poco, esa sequedad de partida se transformó en complicidad. Era buena para reír y reírse de sí misma, y llegado el momento, quitar solemnidad a lo trivial (ese mal que tanto nos afecta a los periodistas). Pero su maestría radicaba no tanto en el análisis de la complejidad, que ejercía con brillantez en sus columnas dominicales, sino en someter cualquier cuestión al filtro ciudadano, en salir de la atrofia a la que nos conduce la vida de los conciliábulos políticos y empresariales para devolverla a la calle. “Nunca dejes de viajar en metro, de andar por los barrios, de hablar con la gente”, solía decir. En plena discusión abría las ventanas del sentido común. Era audaz intelectualmente. Excepcional en el razonamiento y envidiable en su sentido de la realidad. Pero, sobre todo, era querida.
Pocas veces he sentido una Redacción tan entregada como cuando ella llegó a la dirección del periódico en junio de 2018. Un tiempo complejo. Yo era corresponsal en Washington y ella me ofreció ser director adjunto. Llevábamos mucho tiempo sin vernos ni hablar. Acepté, pero convinimos en que no me pasara por la Redacción hasta que se celebrase la votación para mi cargo. Solo después pisé la sede de Miguel Yuste, 40. Y recuerdo que dimos un paseo por la Redacción. Nunca he visto aplaudir y abrazar a una directora de ese modo (ni de ningún otro, la verdad sea dicha). Ella despertaba un entusiasmo fuera de lo común.
Siempre lo hizo.
Y el motivo era su solidez ética. Cumplía con su palabra. Defendía fieramente el perímetro periodístico, evaluaba cualquier decisión en función de sus beneficios para el ciudadano, para el lector. Ocupó el puesto de directora dos años. Ese fue el plazo que pidió y el que cumplió. Durante su mandato, nos azotó la pandemia (ante la que ella no albergó ninguna duda) e iniciamos el camino de la suscripción digital, uno de los mayores logros del diario. Pero, sobre todo, fue un referente moral, con quien tuve momentos de complicidad (ella misma me contó que, llegada la hora, quería tomar las riendas de su destino) y que en los instantes más inesperados te sorprendía con un pequeño regalo, te pedía ver las fotos de tu hija pequeña o te invitaba a tomar una copa de vino (o más) después de un cierre tormentoso.
Sé que Sol creía en las personas. La vida, para ella, era estar aquí, en este mundo que nunca deja de girar. Y que, entre vuelta y vuelta, nos permite leer, escuchar, opinar, debatir. Ella vivirá siempre ahí. En movimiento. En las columnas y reportajes que escribió. En una Redacción cuyos pasillos fatigó como pocos. Estoy seguro de que, cuando se apaguen las luces de Miguel Yuste, aunque el edificio deje de existir, su voz resonará en algún despacho, cerca de algún ordenador o teléfono. Sobrevivirá al olvido porque ella es mucho más que un recuerdo. Es la mejor periodista.








