Durante poco más de dos horas, las calles en el centro de Bogotá, alrededor de la Biblioteca pública Luis Ángel Arango, se fueron llenando por montones. La gente hacía fila para lograr algún cupo en el auditorio donde hablaría una ‘rockstar’ del feminismo en América Latina, Rita Laura Segato (Argentina, 74 años). Más de 300 personas asistieron presencialmente a su encuentro, cientos más se sumaron a la conversación por YouTube, y unas cuantas más llegaron hasta las sedes regionales del Banco de la República en cinco ciudades, para escucharla en transmisión en vivo.
Un día después del encuentro, a Segato se le ve cansada pero entusiasta. En la mañana estuvo en las oficinas de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la justicia transicional colombiana, desde donde asesora la investigación de los casos de violencia sexual. Desde el salón de música de la Biblioteca, le cuenta a EL PAÍS su visión sobre el poder progresista en la región, habla de su decepción con la gestión de Claudia Sheinbaum y de su ahora distante relación con Francia Márquez. Advierte, en general, sobre los límites que enfrenta el feminismo cuando entra al Estado.
Pregunta. Hace tres años, al inicio del Gobierno, usted señaló que esperaba que la voz de Francia Márquez fuera escuchada por el presidente Petro. Hoy, cuando ella misma ha dicho que ha sido ignorada, ¿cómo evalúa ese papel dentro del Gobierno?
Respuesta. Cuando Francia pensó en ser precandidata a la presidencia me pidió una asesoría, pero yo por mi falta de fe estatal en la política le dije que no estaba de acuerdo, porque corría un grave riesgo de perder su capital político principal, que era estar entre la gente. Luego ella es candidata a la vicepresidencia, junto a Petro, pero yo siempre presentí que eso no iba a funcionar y que la iba a perjudicar enormemente. Y no me equivoqué. Pero ella luego en una audición radial me acusó de ser racista, y es bastante difícil acusarme a mí de ser racista. Me acusó injustamente y ahora creo, aunque tuve miedo de haberla aconsejado mal, tuve razón.
P. ¿Entonces qué cree que le ocurrió a Francia Márquez dentro del Gobierno?
R. El Estado la vampirizó. Le sacó su fuerza, le sacó le robó su carisma. Y en el lugar dejó solo un narcisismo peligroso.
P. En varios países de América Latina, los gobiernos progresistas han llegado al poder con las banderas feministas, pero el balance ha sido agridulce, empezando por Colombia. ¿Qué dificultades encuentra ese proyecto cuando pasa del discurso al ejercicio del poder?
R. Feminizar un cargo público es una tarea muy difícil. Acabo de tener una decepción inclusive en México. Yo era una gran admiradora de su figura, de la manera en que encarna el poder la presidenta Claudia Sheinbaum, pero tuve una decepción. En México hubo un tremendo feminicidio que fue el de Fátima, es famoso en la historia por la crueldad infinita por parte de tres vecinos que matan con intensa crueldad a una niña de 12 años. Yo conocí a la madre de Fátima en su lucha en el Zócalo, y ella le ha pedido a la presidenta por meses, junto al movimiento feminista, que la reciba. Y no la recibió, ni tampoco lo hizo con las madres buscadoras. Ahí está el error de la política que considera el crimen por medios sexuales contra las mujeres como un “crimen menor”.
P. ¿Pero entonces esto es una incoherencia individual de esos mandatarios, como Sheinbaum o Petro, que se dicen progresistas?
R. No se puede leer individualmente. Es como el racismo: todos pensamos que no somos racistas, pero el racismo es el aire que respiramos. Igual con el patriarcado, es el aire que respiramos. Son estructuras muy profundas, muy plantadas. Para descomponer esa mirada sobre el mundo, que es la mirada hegemónica, hace falta todavía un trabajo muy profundo. La sociedad no va a cambiar y el rumbo de la historia no va a ir en otra dirección.
P. En Colombia hay una candidata de derecha, Paloma Valencia, que busca ser la primera mujer presidenta de Colombia. ¿Ese podría ser un logro para el feminismo, pese a sus posturas?
R. No, no, no, no. Margaret Thatcher era un organismo de hembra de la especie. También lo era Condoleezza Rice, y pocos hombres tienen sobre su consciencia tantas muertes como ella, que encima era negra y mujer. No basta el cuerpo. El cuerpo no es ninguna garantía de nada. Thatcher fue la más enemiga de las mujeres de todos los ministros del Reino Unido. Entonces es un error del feminismo pensar que el cuerpo es una garantía. Tiene que haber una conciencia de género de que las mujeres venimos de una historia de gestión y administración de la vida diferente a la masculina.
P. Y más cuando muchas de esas mujeres se oponen a derechos ya ganados que tenemos las mujeres, como el aborto…
R. Lo del aborto es un chiste porque esas personas solo dicen que están a favor de la vida, pero no te saben decir nada más. Están manipulados para ir a la calle y no tienen una conciencia profunda de su lucha. Lo de la vida es una mentira. Por la vida vamos todos, pero la vida en todas partes. Porque si estás luchando por la vida solo cuando esta se encuentra en la barriga de una mujer, pero después de que nació entonces que se muera, entonces estás mintiendo.
P. Casos recientes como los de Gisèle Pelicot y Jeffrey Epstein han reactivado la consigna de que “la vergüenza debe cambiar de bando”. ¿Estamos ante un cambio real o todavía en el terreno de lo simbólico?
R. Yo creo que sí hay un tránsito, todavía no lo estamos comprendiendo. En un crimen sexual la figura central no es el evento principal: son los lazos entre el perpetrador y sus pares. Eso debe ser el foco del análisis y la comprensión de todo crimen de género, pero la gente no consigue cambiar el foco. En el caso Pelicot lo que hay que entender es por qué él hace eso con otros hombres, tanto que necesita a una sacrificar una víctima para sellar un lazo de colaboración y simpatía con otros hombres. Lo que yo llamo la corporación masculina. Y en el caso Epstein, las víctimas sacrificiales son cantidades de niños, hasta bebés, pero lo que hay que entender es por qué el poder se consolida mediante esas víctimas.
P. ¿Eso explica por qué había tanta gente que supo de esos crímenes y nunca denunciaron sino que omitían?
R. Exacto. Lo más importante es la lealtad es entre los miembros de la fratría, poder decirse miembros de esa corporación. Si eso no cae, no se modifica el mundo, pero si cae eso, la humanidad entera experimentará un cambio de rumbo histórico.

P. Para ir al caso de Argentina, con una figura como Javier Milei, ¿cómo ha cambiado esa sociedad con la llegada de una figura autoritaria como él?
R. Yo estoy bastante ausente de mi país todo el tiempo y ese es un problema que tengo. El tema es que cuando los errores se cometen desde el campo crítico, desde la insurgencia, desde la búsqueda de un mundo mejor para más gente, se pagan mucho más caros. Eso es lo que tengo por decir de Argentina. Hubo errores muy grandes y se están pagando de una manera carísima.
P. Usted ha trabajado el concepto de “mandato de masculinidad”. ¿Cómo puede desarmarse en la práctica, especialmente entre los hombres?
R. Los hombres tienen que desobedecer. Tienen que burlarse de ese mandato, deslizarse hacia afuera, desmontarlo. Deben trabajar en comenzar a tener relaciones entre hombres más vinculares, más verdaderas. Yo me río porque cuando los hombres se reúnen, hablan de fútbol o de otra cosa, porque el hombre no sabe conversar. Nosotros sí nos examinamos, pero no existe la conversación masculina. No saben conversar ni tienen introspección sobre lo que piensan. ¿Es raro, no? La reflexión y la palabra es lo que cambia al mundo.







